Los amiwis de la función pública iban de camino para hacer una tortilla cuando descubrieron que Antonio Vierci escribe editoriales en sus ratos libres.
La revelación les agarró con los huevos en la mano -los que iban a utilizar en la tortilla- y justo cuando cruzaban frente al diario donde sospechan que el empresario devenido en periodista perpetra sus editoriales.
Y como no les gustan sus editoriales y ya estaban ahí, resignaron sus intereses gastronómicos en pos de un objetivo mayor: refutar la opinión editorial con la contundencia de los huevos.
Les sumaron unos cuantos petardos que sobraron del último clásico y que alguien olvidó en la mochila y la fiesta estaba lista.
Fue un escrache espontáneo; inesperado; que se les ocurrió nomás. De onda.
Y fue exclusivamente contra el empresario. No contra el centenar de periodistas de Última Hora, ni contra el resto de sus trabajadores, ni contra la libertad de expresión.
La omelette era para Vierci, y nadie más. Los demás ligaron de rebote. Daños colaterales, según la jerga norteamericana.
Esa es, cuanto menos, la oportuna aclaración que hicieron Coco Arce y Pedro Benítez, dirigentes del Sindicato de Periodistas del Paraguay, chulinitas ellos, quienes sin haber consultado la opinión del resto del gremio (para qué molestarnos) hicieron público “nuestro” apoyo a la ley que reduce la jornada laboral de sus amiwis, de ocho a seis horas.
Pero, volvamos a la causa primigenia del problema. El editorial que degeneró en ponche sobre la fachada del diario criticó la ley por considerar que establece privilegios para un grupo de trabajadores (los amiwis) que, entre salarios y jubilaciones, se comen hoy más del 85 por ciento de los impuestos que pagamos todos, amiwis o no.
Yo pensé ingenuamente que esa posición crítica ante la ley era apenas una opinión que compartíamos algunos periodistas de Última Hora y de otros medios. No sospechaba siquiera que nos había sido inducida por el propietario del diario -y editorialista en sus tiempos libres- al que, por cierto, nunca vi en la redacción.
Es más, hasta la aclaración de Coco y sus amiwis, tenía mis dudas sobre su existencia, la de Vierci, digo.
El hombre es como un duende financiero que se compra todas las casillas donde cae su ficha, un vicioso del “monopoli” del que muchos hablan, pero que en realidad pocos han visto.
Desconozco sus ideas políticas. Parece que ni club tiene. Por eso me cuesta entender cuál es su pérfido interés en forzar a los funcionarios públicos -ninguno empleado suyo- a que permanezcan en sus oficinas dos horas más, o dos horas menos.
Pero había sido que mis ideas y opiniones son todas inducidas por Vierci. Mis criterios, mi visión del mundo, mis críticas, todo es apenas un acto reflejo, una derivación mecánica de las ideas matrices del empresario de turno.
Soy apenas un robot y no lo sabía. Y mis colegas también.
Gracias a Coco Arce, Pedro Benítez y sus amiwis lo descubrimos.
Es cierto que la afirmación no es original. Usualmente, la primera defensa de cualquier persona o grupo afectado por una publicación es atribuir la intención del periodista a oscuros intereses del propietario del medio, aunque este en la mayoría de los casos -no siempre, por supuesto- ni siquiera esté enterado del caso.
Eso pasa en el New York Times, en el diario Clarín y en Última Hora, sin ir más lejos. Convengamos, sin embargo, en que la situación se sale de lo rutinario cuando es el propio Sindicato de Periodistas el que da como un hecho, comunicado de su directiva mediante, que todo análisis u opinión que se publique en un diario es apenas el análisis u opinión del propietario.
Los periodistas somos pues meros dactilógrafos.
Y más vale que sea así. Porque de lo contrario, si la opinión periodística de Última Hora y la de cualquiera de sus periodistas, incluido el chulinita que escribe estas líneas, fuera apenas nuestra, seríamos el próximo blanco de Coco, Pedro y sus amiwis.
Y de cualquier otro colectivo al que nuestra opinión no le resulte simpática.
¡Qué diver, che!