Esa foto, ¿para qué es?”, pregunta Mirtha Noceda (42), mientras el fotógrafo dispara el flash entre la gente que ya empezó su jornada bien temprano la mañana nublada del viernes 8 de mayo. Las palabras de Mirtha, dedicada a la venta de verduras, dejan bien en claro que las mujeres tienen la voz de mando en el Mercado 4.
“Ahora hay poca venta. Digo que ha de ser por la crisis que hay en Paraguay. Pero nosotros siempre tenemos precios económicos, con verduras y frutas frescas”, describe la trabajadora que empezó ayudando a su madre hace 35 años. Su rutina comienza poco antes de la 1.00 de la mañana, hora en que se levanta para salir de su casa de Luque. A las 3.30 ya se encuentra en su puesto, preparándose para recibir a los clientes. Da por terminada la tarea alrededor de las 17.00. “Somos todas trabajadoras y luchadoras”, dice la madre de dos hijos de 18 y 26 años.
“La gente viene porque le gustan los precios bajos y también le agrada comprar de personas alegres. Esas dos cosas valen mucho”, refiere la vendedora, para quien el mercado es su mundo y su vida. “Cada día lo vivimos con alegría, a pesar de todo lo que pasamos. De repente tenemos algunas peleas, pero luego ya estamos bien. Los problemas los dejamos en la casa. Acá bromeamos, nos reímos y, gracias a Dios, siempre hay compañerismo”, describe Mirtha, mientras el coro de sus compañeras invita a llevar “verduras lindas y frescas, papa, tomate”.
Modelando
El cachacón suena con fuerza desde la radio en la Feria Aragón. Cuando los sonidos tropicales venidos de México paran, el locutor informa sobre la temperatura y luego comenta algunas noticias leídas en el diario. Son cerca de las 7.00 de la mañana. “Acá ya está todo abierto a las 4.30", describe Mercedes Brítez de Oliveira (54), quien a las 3.00 de la mañana ya está en pie para ir a trabajar.
“Acá da gusto porque estamos todas juntas, rotallá ojohe (nos reímos de nosotras mismas)”, cuenta. Antes de trabajar en el mercado —hace unos 15 años— recorría con su marido el barrio Trinidad, a bordo de una camioneta, vendiendo gallinas y huevos. Pero cuenta por qué dejó esa labor: la gente debía y no pagaba. A esto se sumó la presión alta que le produjo un derrame que le afectó el rostro. “No tengo que estar en el sol”, revela Mercedes.
Madre de tres varones y una nena rescata el buen ánimo del Mercado 4, admirado por los extranjeros que al recorrerlo lo encuentran pintoresco y atractivo. En esos paseos, relata la trabajadora, toman fotos. “Y nosotras les posamos también a ellos”, cuenta con una carcajada que se hace eco entre el techo de chapa y cientos de productos de este particular bazar.
La senda del olor
De a ratos el sol se cuela entre las nubes y algunas gotas caen golpeando el accidentado asfalto. Mientras, los ómnibus cargados de pasajeros pasan ruidosos sobre la avenida Pettirossi y otros negocios comienzan a abrir sus puertas. Modesta Velaztiquí, de unos 70 años, ya tiene listas sus hierbas aromáticas, esperando a los clientes como cada jornada en su puesto del Paseo de los Yuyos, en Pettirossi y Rca. Francesa.
“Con mi hijo alquilamos una casa acá cerca. Me levanto a las 3.00 y a las 4.00 ya estoy trabajando”, detalla Modesta, quien empezó en este sitio a los siete años acompañando a su tía. “Hay que ser un poco dura para trabajar en el Mercado 4. Y para lo que hacemos —la venta de remedios— hay que ser laboriosa, una debe encargarse de cambiar las hojas, alzar los remedios, ver las cosas que faltan. Si se es haragana, no va a andar con esto”, expresa.
La vendedora de yuyos menciona la falta de infraestructura en sus puestos. “Luz lo que nos hace falta. Algunas veces no hay venta durante el día, pero a la tardecita vienen los compradores y acá es muy oscuro”, especifica la yuyera que con su trabajo crió a sus seis hijos.
“Este es otro problema”, puntualiza al señalar un caño roto desde donde el agua servida fluye calle abajo, a lo largo del Paseo de los Yuyos, hace tres días. Un rato después, a las 7.30 de la mañana, unas yuyeras y otros comerciantes improvisan una barricada, la atraviesan con una larga bandera paraguaya y cierran la avenida Pettirossi. A gritos piden una solución inmediata al nauseabundo problema.Y con más gritos responden a los desaforados bocinazos de los automovilistas.
Hagan lío
“Rohechase hova kuéra ha tou oñecomprometé ha oarreglá (queremos ver sus caras y que ellos vengan a comprometerse y que lo arreglen). Ndai katuvéima ni roguapy rokaru (no podemos más sentarnos ni a comer). “Demasiado puercos ya son. Ellos no escuchan a la gente pobre. Pero para cobrarnos el canon no dicen nada. Tenemos que estar al día. Solo cuando cerramos la calle nos hacen caso”, indica Amelia Insfrán, una de las antiguas trabajadoras del mercado y que, al igual que los demás, está cansada del pestilente manantial.
El traspaso de responsabilidades entre la Essap y la Municipalidad dilataba la solución, mientras las trabajadoras lidiaban con el insalubre problema que espantaba a los clientes. No era la primera vez que este percance sucedía. Los caños antiguos ya no resistían la presión del agua servida. Pero en esta ocasión fluía mayor cantidad de líquido. Algunas trabajadoras también señalaban que ese agravante se debía a las obras que se realizan en el vetusto edificio central de esta zona de compras.
El día anterior a esta medida, mientras Vida conversaba con Víctor Agüero, director del mercado, la charla se interrumpió a raíz de una llamada. Era una persona que le reclamaba una solución al problema del agua servida. Agüero explicaba a su interlocutor que ese trabajo estaba a cargo de Essap. Finalmente —gracias a la medida ejercida por todos—, los obreros de la entidad encargada de proveer agua repararon la calle.
Día a día
“Nosotros acá somos administradores de conflictos”. Esta frase pinta de cuerpo entero el día a día de Agüero y los demás funcionarios. En el mayor centro de compras del país circulan al día unas 20.000 personas, cifra que llega a 60.000 durante fin de año. “Acá siempre hubo mucho desorden”, comenta Agüero, quien está en el cargo desde hace más de un año, pero que desde pequeño acompañó a su madre, quien vendía carne en este emblemático sitio.
Actualmente una de las cuestiones pendientes es la actualización de la ordenanza 145/2000, que regula el funcionamiento del Mercado 4, revela.
Es responsabilidad de la Municipalidad autorizar el uso de la vereda para los permisionarios. Estas personas —unas 2.680, según la cifra que maneja Agüero— cuentan con una casilla donde venden sus productos.
Este marco señala un espacio determinado que deben cumplir los permisionarios. Sin embargo, la normativa establece la colocación de toldos y muebles bajos, no casillas. Esta palabra no figura en el documento. “Por lo tanto, no regula absolutamente nada”, aclara Agüero, quien agrega que los permisionarios pagan G. 5.000 por día por el uso del espacio. “Hay conflictos permanentes entre frentistas (propietarios de locales) y los permisionarios. Nosotros tenemos que conciliar los intereses económicos de ambas partes”, ilustra el director del mercado.
Hasta ahí nomás
Cuando Agüero asumió el cargo, una de sus primeras medidas fue suspender los permisos para nuevas casillas. “Algunas personas vienen e instalan sus puestos cuando llueve o un domingo, y tenemos que desalojarlas”, sostiene. Otro punto —entre varios que señala— es la verificación constante de que los vendedores respeten el límite marcado por la raya amarilla. Esta delimitación está pensada para que los vehículos tengan espacio para circular en caso de emergencias. De no cumplir con esto, se exponen a multas que van desde G. 350.000, la primera vez, hasta la clausura del espacio concedido.
Otro factor que se genera con la instalación de permisionarios sin autorización son las conexiones clandestinas. En la zona los transformadores de la Ande están totalmente colapsados y el peligro es latente, señala el director. La remodelación del edificio central y su entorno se presenta como una salida al desorden general, señala con esperanza. “Tendremos un edificio moderno. El actual, además de ser precario, no cuenta con planos”, manifiesta y agrega que para hacer frente a los conflictos que aparecen, el diálogo y la paciencia son esenciales.
Nuevo rostro
Los golpes de martillos, gritos de obreros y la vibración de las máquinas se han sumado al barullo típico del Mercado 4. Son los trabajos que se están haciendo en el edificio central, que está cambiando de cara. “Esto apunta a la seguridad de las personas”, menciona la doctora Teresa León, coordinadora del Proyecto de Mejoramiento del Mercado 4.
Técnicos de la Facultad de Ingeniería de la UNA determinaron que la estructura —de 60 años— sufre riesgo de derrumbe. Por ello se procedió a demoler tres de sus pisos y lo que quede —la planta baja y dos pisos más— será renovado, incluída la parte delantera y trasera, hasta la calle República de Colombia. “No queda fuera de agenda seguir ordenando el mercado, que tiene sus riesgos por el desorden y el hacinamiento”, pormenoriza y hace referencia a que el proyecto tiene un costo de unos USD 6.200.000, financiados por la Itaipú Binacional. “Hay una proyección de cuatro años para remodelar una buena parte del mercado. De hecho —puntualiza la coordinadora—, como contrapartida, la Municipalidad de Asunción debe realizar la puesta a punto de la avenida Rodríguez de Francia”.
La doctora León detalla cómo será el nuevo rostro del remozado edificio. En la planta baja se ubicarán las zapaterías, las carnicerías con tecnología actualizada, entre otros negocios. En el segundo piso estará el comedor, similar a un patio de comidas, siempre con las características del mercado y se tiene pensado que funcione en horas de la noche. En el tercer piso, la escuela del mercado, con todas la condiciones establecidas por el MEC. Por último la terraza donde habrá ferias de productos frutihortícolas. El entorno apunta al mejoramiento de las veredas y la construcción de techos formando una galería. “Queremos lograr un lugar digno para esas personas que trabajaron toda su vida en el mercado y criaron hijos que ahora son universitarios”, se explaya la coordinadora, estimando la culminación de los trabajos para enero del 2016.
El temor
“Estamos de acuerdo con las mejoras que están haciendo, pero no con la forma”, menciona Jorge León, presidente de la Asociación de Comerciantes y Permisionarios del Mercado 4. Él y otros comerciantes ubicados sobre la calle Battilana serán afectados en la segunda etapa del proyecto. Comenta que los trabajos no se hacen a la noche, como les habían prometido. Además, refiere que las calles donde se realizaron algunas reparaciones no quedaron en buen estado, como es el caso del asfalto de República de Colombia, que aún no ha sido recapado.
El temor de los trabajadores es que una vez que salgan de sus puestos, los pierdan. Según comenta, han exigido a las autoridades la firma de un documento, ante escribano de la República, en el que textualmente figure que volverán a ocupar sus lugares una vez finalizadas las tareas. Esa especificación les dará mayor seguridad de volver. “Nosotros estamos abiertos al diálogo, nuestra intención es trabajar. Pero si no hay garantías, no vamos a salir”, reitera León y estima que la cantidad de los permisionarios es de unos 5.000, doblando casi la cifra dada por el director general.
Teresa León exhibe el certificado que expide la Municipalidad a los trabajadores reubicados por las obras, actualmente más de 600. En el documento figuran el nombre del permisionario, su número de cédula, las dimensiones del puesto y su ciudad de residencia, con la firma de las autoridades municipales. León subraya que este certificado de ocupación será expedido también a los de la calle Battilana.
Ayer y hoy
Hay cosas que cambiaron a lo largo de estas décadas en el Mercado 4. Ya no están los frondosos árboles que daban sombra en el medio de la avenida Rodríguez de Francia. Tampoco los vendedores con sus parlantes en la mítica Feria Aragón. Y dicen que bajó muchísimo aquella epidemia de carteristas. Pero los que día a día llevan el pan a la mesa del hogar, sienten que lo que más se redujo fue el circulante de dinero.
Norma Salinas (44), propietaria del comedor San Miguel, ubicado en el edificio central, recuerda cómo hace unos años empezaban a trabajar a las 2.00 de la mañana. A esa hora los clientes llegaban para satisfacer el apetito matutino. “Esto ya estaba lleno. Como se prohibía vender cervezas, las cargábamos en pava”, confiesa riendo.
“Siete por ahí somos las más antiguas. El resto es gente nueva”, enumera y detalla que son alrededor de 70 personas las que trabajan en esa zona específica del mercado. Entre las delicias hay, una recomendadísima degustada por quien escribe estas líneas: el caldo de pescado, con el ejemplar emergiendo del plato. Este manjar, acompañado de un vaso de jugo, requiere de la módica inversión de G. 14.000.
Vengan todos
Existe temor por ir al comedor, relata Norma. "¿Escuchás ese ruido que hacen ahí arriba con sus máquinas?”, pregunta al referirse a los trabajos. “Pero no hay ningún peligro”, dice. La trabajadora expresa su disconformidad cuando las noticias señalan al mercado como una bomba de tiempo. “En el mercado conseguís cosas frescas, nuevas. No es como en el súper. Acá encontrás de todo. ¡Todo! Este es un lugar para los pobres. Valoro mucho este sitio”, resalta la cocinera.
Norma cuenta la competencia que hay entre cada uno desde su puesto. “A los clientes tenés que llamarles. Pero cuando termina la jornada, somos amigas otra vez. Hablamos de todo un poco y hasta compartimos dos o tres cervecitas”, afirma e insiste en que los clientes gustan de ir a ese lugar. “Hay quien me dice que ni en su casa le tratan tan bien como acá”, relata con una sonrisa Norma.
Ella, al igual que otras personas llegaron hasta el Mercado de la mano de sus madres o tías. Fueron creciendo al ritmo del trajín y el color de este sitio que es lugar de trabajo y segundo hogar donde se gradúan cada día en la universidad de la vida.
Texto: Carlos Elbo Morales / Fotos: Fernando Franceschelli.
Un poco de historia
El Mercado Municipal número 4 existe desde 1944. Se formó luego del desmantelamiento del Mercado Guasu, ubicado en el predio que actualmente forma parte de la Plaza de la Democracia. Postales de antaño, con burreritas llegando del interior, el caos actual y el futuro cercano, confluyen en el encanto de este pintoresco centro de compras, el más grande del país.
¡Permiso, permisooo!
Hace 40 años que Alberto Sanabria (55) se abre paso entre la multitud, entre gritos de: "¡Permisoooo!”, llevando y trayendo diferentes productos y bultos en su carretilla para sus clientes. Oriundo de Ypané, pasa la noche en el mercado, para al día siguiente, a las 3.00, empezar a trabajar. La experiencia y la destreza son importantes para manejarse en su tarea diaria, menciona Alberto. “Los días de lluvia tengo más trabajo, porque ahí muchos no vienen”, asevera y agrega que antes eran 60 personas las que se dedicaban a esto, pero ahora son menos. “Está la competencia de los supermercados. Ahora no tenemos ni la mitad del trabajo”, asegura. Ya cuando termine su día en el mercado, a las 9.00 de la mañana, irá hasta su casa, donde trabajará en su chacra de la cual traerá los productos para vender en el mercado.