Y está bien, sin duda, todos ellos tienen su atractivo y potente estímulo, incluso variables que podrían estar colaborando con el desarrollo de ciertas habilidades. Pero lo cierto es que las pantallas se están llevando cada vez más toda nuestra atención, sacando a muchos la oportunidad de contemplar la Luna y apreciar su luminosidad; es decir, de toparse con la realidad y todas sus variaciones e imprevistos; esos que despiertan la curiosidad y creatividad y conducen a la persona a la acción, y alientan la autenticidad, esa va en contramano de la peligrosa “vida aparente”, el invisible muro que aís-la.
Las pantallas y con ella toda la realidad virtual llegaron para quedarse y ser parte cada vez más importante en nuestras vidas. Por ello, el reto es convivir con ellas de la manera más inteligente y razonable que podamos; será siempre la inteligencia natural más potente en esencia que la inteligencia artificial, porque ésta última, aunque capaz de procesar millones de datos por segundo, solo reacciona con la rígida y programada acumulación de datos, es limitada; a aquella, a la primera, sin embargo, la mueve un corazón humano insondable e insaciable, algo más potente que un reactor nuclear. No tiene límites.
Ante el desafío interesante de tomar como “aliados” al mundo virtual y sus herramientas, cabe tener claro algunos puntos. Lo primero es tomar conciencia de la tremenda necesidad que tenemos los seres humanos de estar en contacto con lo “real”. Solo de la realidad aprendemos. Solo con ella nos desarrollamos; ella esconde y revela la verdad de las cosas, porque es la realidad –y no el barullo de los pensamientos e interpretaciones y prejuicios– la que guarda y hace florecer los hechos; esos acontecimientos que “atropellan” la existencia y hacen nacer las preguntas esenciales que nos recuperan en nuestra humanidad; de ella nacen los deseos eternos de amor y justicia que alimentan el corazón y marcan un sendero a seguir, aquella búsqueda implacable que nos rescata. Y es que, quien no huye de su realidad, sino que la enfrenta y asume, creciendo con ella y transformándola, tiene un punto a favor.
Sumergirse en el mundo virtual, convirtiéndonos en héroes de algoritmos en videojuegos, o personajes exitosos y siempre sonrientes en las redes sociales, no termina haciendo el “clic” con lo que somos realmente y nos defrauda. Por otro lado, desapegarnos del mundo de las pantallas y sus encantos; regular su impacto puede implicar compromiso y sacrificio. Comprometer el tiempo de uno para diseñar opciones. Buscar alternativas para los hijos o familiares exige esfuerzo y creatividad, así como el trabajo en equipo. No quedarse solos es clave. Hay muchas personas con las mismas dificultades e interesadas en salirse un poco más del mundo virtual para volver a saborear el real, donde se respira, se huele, se toca, se mira a los ojos, se abraza. No se trata de estar en contra de las pantallas, sino de reconocer su influencia, su impacto y tratar de tomar el control frente a ellas. Somos seres sociables, necesitados del semejante, de ese “otro” que incluso puede molestar; de esa convivencia que siempre nos devolverá lo humano, de la realidad que nos alimenta y nutre. En este tiempo de vacaciones, es grande el desafío de volver a plantearse en qué invertir el tiempo libre sin caer en puras redes sociales o atrapantes videojuegos.