30 ene. 2026

Olimpiadas Londres 2012

Confieso que el tema de las Olimpiadas me atrajo siempre y este año intenté buscar ratos sueltos para ver algunos de los deportes. Una gripe no deseada y bien fuerte me encerró en una habitación. Circunstancia que me dio la oportunidad de conocer algo más de estas Olimpiadas.

Ante todo, me sentí más unido a los países del mundo entero. Seres humanos como nosotros de los que conocemos algunos de sus problemas y muchas de sus aspiraciones. Era como tener la madre tierra en la mano y recordar y reflexionar. Era gozar cuando algunos de estos países pequeños lograban una medalla de oro, plata o bronce, ante otros que aparecen gigantes ante ellos. El David, aunque fuera en un juego, vencía al Goliat, y esto sienta bien. Nos iguala y aumenta nuestra estima hacia los que pasan desapercibidos.

Por eso, para mí al menos, el punto culminante fue cuando el Comité Olímpico, en la grandiosa fiesta de clausura, entregaba la medalla de oro del maratón, la prueba grande que dio sentido a las Olimpiadas, a un corredor de Uganda, por cierto la única que consiguió su país, y la de plata y bronce a dos de Kenya. Recibieron los honores más importantes ante el auditorio más extenso del mundo.

Como educador, valoro los muchos sacrificios durante años que supuso el que trabajaran por tener la marca necesaria, y mucho más el que esta fuera grande como para ganar las medallas.

Ayer hablaba en clase con los jóvenes del Bañado Sur y todo esto les impactó. Eran del tercero de bachillerato y el año próximo quieren entrar en la Universidad Nacional, en competencia con otros compañeros de colegios privados mucho mejor preparados. Y algunos lo consiguen, pero cuánto sacrificio significa eso, arrancando desde tan abajo, por el abandono de las autoridades educativas.

No queda más espacio. Le dejo otros comentarios al lector.