Correo Semanal

Obras de la miseria, la solidaridad y la risa

Tres libros de tres épocas distintas tienen muchas cosas que decirnos sobre nuestro tiempo y esta coyuntura sanitaria. Bocaccio, Defoe y Camus nos hablan de las pestes.

Hace poco más de un mes, el filósofo esloveno de la Universidad de Nueva York, Slavoj Zizek, publicó una columna a propósito del coronavirus. En ella –además de definirlo por su efecto sicológico; según él, con “un elemento de histeria racista”– celebró las imágenes desoladas de la universitaria ciudad china donde brotó la enfermedad: Wuhan. Congratuló sus calles y sus negocios vacíos, espectrales: Una ciudad convertida, de súbito, en una desolación del miedo, del no-consumo. Recluidas de puertas adentro sus once millones de personas.

Las fotografías de Wuhan mostraban un ámbito mercantil no listo para recibir a los consumidores con su promesa material, en este caso, fuera del alcance de la mano, contrariamente a como los ciudadanos se han acostumbrado a vivir en nuestro tiempo hiperconectado y veloz. Zizek considera esto un accidental efecto positivo del virus global. Una oportunidad comunitaria, tal vez, trascendental.

Por eso lo siguiente que resaltó el autor de El sublime objeto de la ideología es que, inesperadamente, las personas pueden encontrarse consigo mismas (y con las demás) a partir del desapego de las cosas y del aislamiento de lo mundano. Sugiere que es posible aprovechar este paisaje impuesto por la cuarentena para cultivar el pensamiento por el pensamiento mismo, a pesar de que la comunicación virtual mantiene un potente cordón umbilical con lo que hay tras los muros de las residencias. Escribe Zizek: “El tiempo muerto (momentos de retirada, de lo que los antiguos místicos llamaron Gelassenheit, el desasimiento) son cruciales para la revitalización de nuestra experiencia de vida. Y, tal vez, uno puede esperar que una consecuencia no intencional de las cuarentenas de coronavirus en las ciudades chinas sea que, al menos algunas personas, usen su tiempo muerto para liberarse de la actividad agitada y piensen en el (no) sentido de su situación”.

Una de las formas activas del pensamiento es la narración. Esta presupone un auditorio o un lector ante el cual se trata de dar coherencia al mundo que, complejo y ajeno, se desarrolla frente a nuestros y en nosotros mismos. La cuarentena, el obligado encierro de un grupo de gente (con vínculos familiares o sociales), puede empujar al desasimiento, a la búsqueda de sentido en lo que sucede en el mundo exterior, en un afuera en crisis. O, simplemente, puede hacer pasar el rato con historias orales. Esta es la base narrativa de lo que es el registro literario más antiguo de una epidemia: El Decamerón, de Giovanni Boccaccio (1313-1375).

El centenar de historias fueron concebidas, según consigna el escritor toscano en el Proemio, para “solaz” y “útil consejo” de los sobrevivientes de la más letal epidemia de la Edad Media, la de la peste bubónica. Escrita entre 1348 y 1351, la obra fue publicada cuando todavía la enfermedad seguía cosechando muertes en las principales ciudades de Europa y aún más allá. Bocaccio perdió a su madrastra y a su padre en la peste. Reconocido escritor moralista, se propuso sobreponerse a su historia particular y a la trágica de su ciudad, Florencia, contando cuentos, pequeñas novelas, dirigidos esencialmente para un público que venía adquiriendo mayor protagonismo en las letras y la vida pública, en lo que puede llamarse tal vez la primera revolución de género en Europa: El de las mujeres, cuya imagen pasiva la poesía juglaresca había transformado, pero también estaban escribiendo con independencia y genio (Leonor de Aquitania) o, como vemos en Bocaccio, constituían el público central. Habrá que esperar a la aparición de la prensa escrita para encontrar una actitud cultural parecida a la de Boccaccio.

Tres obras iguales y distintas

Dividido en diez días con diez relatos contados por diez narradores, el Decamerón es –además de un libro en el que siete doncellas y tres varones jóvenes se encierran a raíz de la epidemia a contar historias–, un perfecto resumen de los traumas y cambios sociales de la época de Bocaccio: La del surgimiento de una moral más laica, la de la expansión del comercio en el ámbito de las viejas y nuevas ciudades, entre ellas la de la rica Florencia; la de los efectos devastadores de la Guerra de los Cien Años y el golpe de gracia de la peste. Amor, libertad, risa, vicios y virtudes desfilan así en una comedia humana bien distinta de aquella del también florentino Dante Alighieri, quien el siglo anterior a Boccaccio todavía estaba nimbado por la tensión religiosa, entre otras herencias de la Alta Edad Media.

Casi cuatrocientos años después, Daniel Defoe (1660-1731) recordó la gran plaga que azotó a Londres en 1665. Publicada en 1772, Diario del año de la peste es una obra que mixtura la crónica periodística, el ensayo y la novela, acaso también la historia, traspasados por la necesaria intrepidez de su narrador y de sus personajes en un contexto social herido por la peste bubónica. Lo que en Boccaccio es moral distendida por la risa, en Defoe es un moralismo crítico hacia una humanidad sumida en la crudeza y la conciencia de su finitud.

El periodista que había en Gabriel García Márquez siempre prefirió al Defoe del Diario antes que al de Robinson Crusoe. Intuía el autor de Crónica de una muerte anunciada que la relación de hechos verídicos, por medio de la vitalidad descriptiva de la literatura, era una forma nueva que el también periodista que había en Defoe reveló seductor cóctel narrativo, hoy vuelto común en el paisaje literario, un poco menos en el periodismo. Defoe no contó la historia de la peste en los tiempos del mal; la contó, sin embargo, de una manera que los lectores sintieran como si la leyeran en las frescas noticias del día.

En nuestra era de redes sociales, histeria y sicosis, la siguiente cláusula sobre la contaminación y su expansión comunicativa resulta encantadora, aunque no se hayan conocido entonces las fake news: “En aquellos días carecíamos de periódicos impresos para divulgar rumores y noticias de los hechos, o para embellecerlos por obra de la imaginación humana, como hoy se ve hacer”. El hoy de Defoe, entonces, también es nuestro hoy. O esta frase igual de certera e intemporal: “Sin embargo, parece que el Gobierno estaba bien informado del asunto, y que se habían celebrado varias reuniones para estudiar los medios de evitar la reaparición de la enfermedad; pero todo se mantuvo muy secreto”.

En el siglo XX, los filósofos existencialistas franceses apelaron a la literatura para decir, encarnadas en personajes humanos y contradictorios, sus reflexiones sobre un mundo que –como el de Boccaccio, como el de Defoe– había resultado golpeado por la historia y estaba en franca transición hacia otro apenas entrevisto después de las guerras mundiales. En 1947, Albert Camus (1913-1960) convierte a las ratas (una presencia artera y dominante también para sus precursores de los siglos anteriores) en trasmisoras de una enfermedad más abstracta, menos manejable, que las que propiciaron las narraciones de Bocaccio y Defoe. La peste es, finalmente más una angustia epocal que la contaminación sanguínea de la salud. Por ello, las muertes que provoca la plaga, los efectos devastadores y sorprendentes en la población de una ciudad, Orán, que como la Wuhan que ve Zizek ha debido clausurar sus murallas para permitir la entrada de un tiempo muerto, uno en el que la solidaridad de la comunidad, a pesar de los embates, es la baza de salvación física y metafísica.

El Dr. Rieux, el enmascarado narrador de La peste, concluye: el coronavirus también nos obliga a re-inventar el comunismo basándonos en la confianza en las personas y la ciencia”: “Hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio”.

En la cuarentena que impone hoy el miedo, practicar el desasimiento de las cosas, la atención al otro inmediato y, finalmente, contar o leer historias de la literatura y de la realidad, pueden ser nuestra superación inmunológica y neuronal de la peste, del sin sentido.

Dejá tu comentario