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“No me daban trabajo porque nunca me afilié a la ANR”

Nunca ocupó un cargo público y vive de sus honorarios; sin embargo, hasta el más poderoso baja la cabeza ante sus regaños y acata sus instrucciones con obligada sumisión. González es el médico que todos quieren cerca cuando la parca les pisa los talones.

Es el médico oficial de la Embajada de los Estados Unidos y el primero al que acude cualquier integrante de la Casa Blanca que recale aquí por accidente, lo que incluyó ya a dos vicepresidentes y una conocida primera dama. Figura en la agenda de todo hombre y mujer con poder económico o político en Paraguay, aunque vive exclusivamente de sus ingresos como médico y jamás se afilió a un partido político.
¿Cuál es el secreto de este médico en cuyo dispensario podemos encontrar haciendo turno a la gente más influyente del país; empresarios, políticos, periodistas, artistas y religiosos? Buscando respuesta fuimos hasta su consultorio privado, chiquito y modesto, asentado en el mismo barrio donde nació. Esta fue parte de nuestra charla.

–¿De dónde salió Carmelo González Doldán?

–De acá mismo, del barrio Pinozá. Nací en la vivienda familiar, con una partera empírica, en 1952; me crié en una escuela de aquí a la vuelta, hice la secundaria en el Colegio Nacional de la Capital, unas diez cuadras más arriba y, finalmente, estudié medicina en la Universidad Nacional de Asunción (UNA).

–Pero, no te quedaste acá.

–Terminé en el 77, con un promedio de 4,8 sobre 5, y de ahí procuré ir a los Estados Unidos. Rendí los exámenes para homologar mis estudios como un egresado americano más, conseguí la visa, hice las entrevistas para hacer la residencia y obtuve lugar en la ciudad de Búfalo, en el Estado de Nueva York.

–¿Directo de la UNA a Búfalo?

–Antes hice un internado rotatorio y una residencia en el Hospital Universitario en Asunción. Y después me fui, como un recluta nuevamente, a comenzar el internado rotatorio allá. Hice la residencia en clínica médica, después rendí el board de medicina interna, un examen de prestigio que felizmente pasé; después rendí el flex, que es el examen de la licencia para practicar medicina en el estado de Nueva York, y después hice como posresidencia el fellowship en critical care; básicamente, es la especialización en el cuidado de pacientes críticos, los que están en la terapia intensiva.

–¿Cómo te convertiste en jefe de residentes en Nueva York siendo extranjero?

–Ellos tienen un sistema de evaluación muy riguroso. En los tres años de medicina uno tiene que rendir permanentemente, y son los directores los que deciden quién ocupa ese cargo. Supongo que tuve un rendimiento aceptable, por eso me eligieron.

–¿No debe haber muchos paraguayos que alcancen ese cargo?

–No creas. Los paraguayos que van allá son muchos, y los exámenes son muy difíciles; así que los que están trabajando allá probablemente sean la mejor gente de la medicina paraguaya. Y muchos de ellos fueron jefes residentes.

–Si ya podías ejercer medicina allá, ¿por qué decidiste volver?

–Nunca se me pasó por la cabeza quedarme. Le prometí a mi padre que volvería. Somos cuatro médicos en la familia y mis dos hermanos mayores se fueron y nunca volvieron. Eso creó en su momento un serio problema, sobre todo con papá. Yo quería aprender allá y volver. Era imposible quedarme. Soy amante de los asados y de la música, de la familia y de la guitarra… Y esas cosas no las tenés allá. La vida es un canje, nunca se gana ni se pierde todo. Las cosas que hay acá no hay allá y las que hay allá no hay acá.

–Volviste con todos tus títulos, pero no pudiste trabajar en un hospital público, ¿por qué?

–No pude porque mi carpeta no tenía el moño colorado mandatorio de la época. No te lo decían directamente, pero era obvio. Un profesor me dijo que sin la filiación nunca iba a trabajar, pero que él podía resolverme el problema. Me afiliaría con dos o tres proponentes y ya… y nadie se tendría que enterar.

–Una afiliación clandestina…

–Así mismo. Yo llegué con una especialización en cuidados intensivos cuando la terapia intensiva estaba en pañales y no pude trabajar. Me quedaba afiliarme o pelear el privado… Y fui a pelear el privado. Entré primero al Sanatorio Migone gracias a unos médicos que también habían estudiado en Estados Unidos y luego me pasé al San Roque, que por entonces era un sanatorio pequeño con ocho habitaciones… Y ahí comencé, y este año cumplí tres décadas con ellos.

–¿Y cómo ese médico díscolo, que no quería afiliarse, terminó convirtiéndose en uno de los principales referentes de la medicina clínica en el país?

–No sé si soy referente, pero sí te puedo asegurar que hago medicina con pasión. Respeto profundamente a ese paciente que me ofrece su vena para que yo le ponga un catéter y le gotee una medicina que él no sabe si le habrá de curar. Él no sabe si yo sé la dosis, las contraindicaciones. Él pone en mis manos lo más valioso que tiene, su salud. Y yo le retribuyo con lo mejor que puedo dar, con lo que sé.

–¿Cuál es el secreto del ojo clínico de Carmelo? Según tus pacientes, siempre das en el blanco con el diagnóstico?

–No sé si hay un secreto, ni si es tan así como decís, pero hay algo que aprendí en la consulta, y es que el ser humano es un compuesto de cuerpo, alma y espíritu (o como le quieran llamar). Generalmente, la gente que está enferma -que tuvo un infarto, por ejemplo, también padece mentalmente la enfermedad. Está preocupada, quiere saber si volverá al trabajo, cuántos años vivirá, cuanto más habrá de soportar, los gastos que le acarreará a su familia. Entonces, siempre está preocupada. Por eso, muchísimas veces, el paciente viene más por una dolencia síquica que física. Y de eso solo te das cuenta si le das tiempo, si le escuchás, si observás sus gestos, cómo se mueve… Y ese es el secreto: dedicarle el tiempo necesario para saber qué es realmente lo que le está pasando.

–Tu primera impresión no viene del resultado de los análisis laboratoriales?

–Nunca. Eso es solo si es necesario. Te digo más, en mi consulta médica, el 80% de los pacientes viene con dolencias síquicas, con miedo, con angustia, con depresión, más que con un problema real de artritis o de infarto o cualquier cosa de esas.

–Un presidente, Nicanor Duarte, te ofreció ser ministro de Salud, y le dijiste que no, ¿por qué?

–Le pregunté cuánto era el sueldo. Y lo que me dijo no me alcanzaba. Tenía tres hijos en edad de estudiar y créditos que tomé para construir y mantener la casa. Le pregunté si al salir de la oficina podía seguir haciendo consultas médicas, y como me dijo que no, tuve que rechazar su oferta.

–Se te rió en la cara, seguro. Como diciéndote que eras un ingenuo al suponer que tus ingresos se limitarían al sueldo.

–Y no sé, yo vivo de mis honorarios. Igual le agradecí mucho, hasta hoy. Yo soy hijo de un fundador del febrerismo y sé que, si me nombraba, muchos médicos de tradición y militancia colorada se iban a molestar. Fue un gran gesto de su parte.

–¿Nunca te picó el bicho de la política?

–Me interesa brutalmente, pero tenés que tener dinero para hacer política; o hacer alguna macanada para sobrevivir… Y eso no me interesa.

–¿Cómo ves hoy a la medicina paraguaya?

–Creo que está mejorando. Hay mucha gente joven que está volviendo de especializarse afuera y le está dando mucha fuerza. Pero hay un problema. Si vos, por ejemplo, vas a los Estados Unidos a tratarte por un dolor de pecho, ya sea que vayas a la Costa Este o a la Costa Oeste, sea California o Florida, te van a dar básicamente el mismo tratamiento, porque todos los médicos pasaron por los mismos exámenes y las mismas exigencias; la diferencia estará en el talento de cada médico.

–Acá no es así.

–No. Acá de mil muchachos que egresan cada año, un máximo de trescientos tiene lugar para hacer una residencia; el resto tiene que ubicarse como sea, e irán a mironear algo, como mucho. Hay demasiada diferencia en la formación de los médicos.


Muchísimas veces el paciente viene más por una dolencia síquica que física; y de eso solamente te das cuenta si le escuchás y observás sus gestos; ese es el secreto: dedicarle tiempo.


No sé si soy un referente, pero sí te puedo asegurar que hago medicina con pasión. Respeto profundamente a ese paciente que me ofrece su vena para que le ponga un catéter y le gotee una medicina que él no sabe si le habrá de curar.

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