Correo Semanal

Nélida Piñón renacida

 

María Angélica Troncoso

Cuando no has leído a una mujer, ella no existe”. La brasileña Nélida Piñón resume así la forma en que la sociedad invisibiliza a escritoras por prejuicios que han tenido que enfrentar a lo largo de la historia y que siguen vigentes no solo en Brasil o Latinoamérica, sino en el mundo entero.

La primera mujer en presidir la Academia Brasileña de las Letras (ABL) no ha sido invisible, pero ha tenido obstáculos, y en ese camino ha sentido miedos en un mundo rodeado de sueños, pasiones y aventuras que contó en una entrevista con Efe y de las que habla de manera muy íntima en su más reciente obra, Uma furtiva lágrima, que se lanza este jueves.

Esta brasileña, hija de inmigrantes gallegos, que junto a escritores de la talla de Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y Julio Cortázar hizo parte del llamado “boom latinoamericano”, es autora de una veintena de libros, entre ellos Tebas de mi corazón y La república de los sueños, una mujer dulce que, a sus 82 años, camina despacio, pero siempre erguida, y cuya voz parece cantar en prosa lo que le recuerda la memoria.

–Como escritora usted ha tenido un camino exitoso. Ha recibido innumerables galardones y reconocimientos y fue la primera mujer en ganar el premio Juan Rulfo. ¿Cómo ha sido ese recorrido?

–Desde muy temprano me di cuenta de que padecía limitaciones, restricciones, aunque las mías eran menores que las de otras mujeres. He podido cumplir un destino con muchos sacrificios y dificultades y con muchas injusticias de reconocimiento, por eso me puedo dar el lujo de ser una feminista histórica.

Las mujeres pueden ser grandes escritoras, pero la evaluación que se hace de ellas es inferior y para eso hay una técnica muy interesante que aún sigue vigente. La gente simula que no ha leído, porque eso neutraliza, y cuando tu no has leído a una mujer, ella no existe.

Hábito y vicio

–Usted dice que su nueva obra nace con una “sentencia”. ¿Cómo fue eso?

–Soy escritora en tiempo integral y tengo el hábito, el vicio, la obligación de pensar todo el tiempo. No me veo en silencio mental, no puedo darme el lujo del silencio verbal. Escribir para mí es un oficio de fe, es una gran pasión.

Sin embargo, este libro sale por una circunstancia especial. Me decretaron la muerte, me dijeron que tendría seis o nueve meses de vida (tras un diagnóstico de un cáncer). Comenzamos el tratamiento y vencí todo eso, pero de inmediato lo que quise fue hacer un diario de la muerte. El diario del cortejo fúnebre de una mujer que tiene mucho amor por la vida y que siempre estuvo involucrada con las circunstancias humanas.

Con ese diario empecé a hacer una validación estética, cívica y moral de la vida; pasé revista a un acervo de ideas y conceptos y fui escribiendo y emergiendo en algunas memorias, personales y colectivas.

–Dentro de esa valoración que hace de la vida usted habla del mundo a través de la historia y de las civilizaciones. ¿Cómo ve el mundo actual?

–Hay una tragedia en el mundo. Europa no está bien, África se está desocupando. La gente está dejando sus tierras para vivir en otros países. Nadie quiere ser de algún sitio y nadie quiere hacer un esfuerzo para mejorar su país y quedarse. Pero uno entiende. La gente no soporta más la pobreza, la miseria.

Veo a Estados Unidos y a la presidencia actual; veo en nuestra América a Venezuela, que es algo tremendo, veo a Brasil. Todo es polarización; nadie llega a un nivel mínimo de diálogo.

–¿Y qué lleva a eso?

–La pobreza y la ausencia de educación. En Brasil, por ejemplo, algunos gobiernos dejaron la marca de la popularidad, pero nunca hubo un interés real de hacer de la educación un movimiento redencional.

La educación es muy precaria, el nivel de analfabetismo es inmenso y los que pasaron por una escuela no entienden lo que están leyendo. Vivimos una especie de travesía del desierto.

–La teología y la religiosidad están presentes en un tono más académico que personal a lo largo de su obra. ¿Es creyente?

–Soy una mujer de fe más que de religión. El dios en el que creo no me molesta, no avala mis condiciones de conciencia y ha permitido que tenga mis opciones morales, estéticas y mis valores. Dios nunca me molestó, creo que ha sido mi amigo y creo que neutraliza los efectos demoniacos del mundo.

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