A propósito del estreno de la película paraguaya con coproducción internacional Narciso, dirigida por Marcelo Martinessi, volvemos –una vez más– a mirar un episodio de nuestra historia que incómoda, que duele y que, sobre todo, interpela.
El asesinato de Bernardo Aranda en 1959 no fue solo un hecho policial.
Fue el detonante de algo mucho más profundo: Una maquinaria de persecución, estigmatización y violencia dirigida hacia personas cuya única “falta” era su orientación sexual. Así se inscribió uno de los capítulos más oscuros de nuestra memoria colectiva.
Y es aquí donde surge una pregunta que no deja de resonar: ¿Cómo es posible que una sociedad, aun con antecedentes históricos de persecuciones brutales en el mundo, haya replicado mecanismos similares de exclusión casi sin resistencia?
Dicho de otro modo, el problema no radica únicamente en no aprender de la historia, sino en algo más incómodo, en la facilidad con la que ciertos sistemas logran instalarse cuando encuentran condiciones propicias.
Porque lo que este episodio revela –y lo que vuelve a poner sobre la mesa esta película– es que los sistemas de persecución no se sostienen solo por la voluntad de un líder autoritario. Se sostienen, también, en una trama más compleja: El miedo, el silencio, la necesidad de pertenecer y la presión social.
En ese sentido, el Paraguay de 1959 vivía bajo un régimen donde el control no era únicamente físico, sino profundamente psicológico. El terror no comenzaba en las cárceles; empezaba en la mente. En la sospecha. En la mirada del otro.
Y cuando el miedo se instala de esa manera, la sociedad entera se reconfigura. Las personas no necesariamente acuerdan con la violencia, pero aprenden a convivir con ella. A naturalizarla. A callar.
Sin embargo, no hace falta que todos estén de acuerdo para que un sistema injusto funcione. Basta con que suficientes personas sientan que no pueden hacer nada.
Mirar hacia atrás, entonces, no es un ejercicio meramente histórico. Es una necesidad ética.
Por fortuna, el arte coloca su mirada reflexiva en situaciones como esta y se compromete en la tarea de activar la conciencia colectiva, en este caso, con Narciso, primero vino el libro de Guido Rodríguez Alcalá, y ahora la película de Martinessi.
Por otro lado, el presente tampoco ofrece garantías.
De ahí la importancia de recordar la historia a través de las ventanas del arte.
Y es que vivimos en un mundo atravesado por la información y la exposición constante, pero eso no nos vuelve automáticamente más conscientes. A veces ocurre lo contrario: la simple repetición nos insensibiliza y la complejidad nos paraliza.
En tanto que cambian los contextos y las formas, ciertos mecanismos persisten. La estigmatización, la construcción de “otros”, la necesidad de señalar a alguien como diferente, siguen siendo herramientas disponibles en cualquier sociedad, a pesar de los errores cometidos en el pasado.
Por eso, el valor de propuestas como Narciso, en todos sus formatos, no radica solo en reconstruir un hecho histórico, sino en obligarnos a mirar aquello que, de alguna manera, todavía nos habita.
¿Qué hacemos hoy frente a lo que nos incómoda?, ¿hasta qué punto cuestionamos los discursos que circulan?, ¿dónde trazamos el límite entre el silencio prudente y la complicidad?
Quizá no se trata solo de aprender o no aprender la lección. Se trata de reconocer que todos somos susceptibles al miedo y a la presión del entorno.
Y que la responsabilidad comienza cuando, incluso sabiendo eso, decidimos no repetir.
Porque la historia no se repite sola. Se repite cuando las condiciones lo permiten. Y también puede dejar de repetirse cuando una sociedad decide, finalmente, mirarse de frente y actuar de forma diferente, pintando una realidad distinta.