Si uno quiere asomarse al futuro político del país, conviene empezar por mirar hacia atrás. No por nostalgia, sino por método. En política, las tendencias históricas no son oráculos infalibles, pero sí brújulas bastante confiables. Y en el caso del Departamento Central –donde se concentra nada menos que el 27% del electorado nacional– ignorar esa brújula sería un acto de voluntarismo.
Central ha sido, durante tres décadas, un territorio de continuidad política sorprendente. El Partido Colorado, hoy en el gobierno, ha oscilado entre el 45% y el 49% de los votos en las seis elecciones municipales celebradas desde 1996. Una variación mínima para un periodo tan largo. Nada indica, al menos por ahora, que 2026 vaya a romper ese molde.
El bipartidismo paraguayo también ha encontrado en Central su bastión más sólido. Entre colorados y liberales se han repartido el 91% del voto municipal desde 1996. Las terceras fuerzas, aunque presentes, han jugado más bien el papel de bisagra, pequeñas en volumen, pero capaces de inclinar la balanza cuando se alinean con uno de los dos grandes. San Lorenzo podría ser el ejemplo más visible este año, con acuerdos que podrían alterar el equilibrio en el distrito más poblado del departamento.
Ahora bien, que las tendencias sean estables no significa que sean inmutables. La política latinoamericana ha demostrado, una y otra vez, que los puntos de inflexión existen. Argentina vivió uno recientemente con la irrupción de un espacio emergente que rompió el tablero. Pero en Central, al menos por ahora, no se observan señales de un terremoto electoral. Todo apunta a un nuevo capítulo del clásico paraguayo.
Ese es, de hecho, el escenario que parece asumir el propio gobernador de Central, Ricardo Estigarribia, quien ha puesto sobre la mesa una meta ambiciosa para su partido; recuperar terreno y elevar a trece el número de intendencias bajo control liberal. Hoy tienen diez. Para lograrlo, deberán retener lo que ya poseen y reconquistar distritos pendulares como Itauguá, Nueva Italia o Ñemby. Incluso Luque aparece como una posibilidad, aunque más lejana.
Pero nada de esto ocurrirá en el vacío. Mucho dependerá del estado en que lleguen los partidos a las elecciones generales de octubre de 2026. Las internas de junio serán decisivas. Una interna mal gestionada puede dejar heridas que no cicatrizan a tiempo. También pueden aparecer sucesos desafortunados que afecten la credibilidad de los proponentes. El caso del niño Tobías, arrastrado por un raudal en San Lorenzo, dejó al intendente Felipe Salomón –que busca la reelección– en una posición más frágil. En el PLRA, las fricciones entre movimientos internos como Diálogo Azul y Frente Radical amenazan con convertirse en obstáculos difíciles de superar si no se resuelven pronto.
Central, como siempre, será un termómetro del país. Y aunque la historia reciente sugiere continuidad, la política tiene la costumbre de recordarnos que nada está escrito hasta que se cuentan los votos. El 2026 no será la excepción.