18 oct 2026

Mi hija me llamó buitre

—Profesor, ¿me permite hacerle una pregunta?

Estaba yo leyendo unos días atrás en la cafetería de la universidad donde enseño, en los Estados Unidos, y me vino a hablar una señora de la limpieza.

—Claro, señora —le contesté.

—Mi hija estudia en una universidad fuera de aquí. Me cuesta muchísimo y apenas me da para mantenerla. Me llamó buitre. Me molesté y me dijo que le dijeron en clase que quienes tenemos bienes y los alquilamos somos unos parásitos, unos buitres.

Quedé atónito. No supe qué responderle. Aparentemente la hija jamás se preguntó si su mamá maltrataba a los inquilinos, o si ese bien fue conseguido gracias a sus ahorros durante años. Era un juicio de valor meramente ideológico. Puede parecer una historia sin trascendencia, pero no lo es. Y tampoco es ficticia. Algo me pareció preocupante. ¿Acaso no estamos frente a una de las señales más graves de la crisis de Occidente? ¿O estoy dando un gran salto?, pensé.

¿Crisis de Occidente? Debo detenerme en este primer interrogante y analizar dos puntos. En primer lugar, el rechazo, casi denigratorio, hacia la propiedad privada. Es una postura que tiene mucha aceptación por parte de algunos académicos que, paradójicamente, gozan de esos beneficios. Son muchos los que rechazan abiertamente esta y otras ideas occidentales, infectados por el pensamiento marxista y posmarxista idealizado. En segundo lugar, la crisis no es solo que Occidente haya creado ideas —las marxistas— que atentan contra su propia tradición. Toda civilización tiene sus luchas y contradicciones. La crisis surge cuando ya no somos conscientes de los elementos que nos permiten identificarlas.

No exagero. Hay posmodernismos que atentan contra la razón y la verdad; teorías de género y que no admiten una naturaleza humana, y un positivismo jurídico que reduce el derecho a la ley. No solo estamos hablando de una crisis ideológica. Parece que Occidente ha decidido negar sus propias raíces. Pero entonces surge la segunda pregunta: ¿acaso no estoy dando un salto muy grande al pasar de una clase universitaria a una crisis de Occidente? No lo creo. Lo que se aprende en las clases llega a más personas. Se difunde en redes sociales y en el periodismo superficial. Solo hay que leer X por un momento y uno se dará cuenta de que las frases reemplazan a la razón, y la opinión a la verdad.

Permítaseme concluir con dos puntos. El primero es que solemos hablar de esta crisis como si proviniera de una amenaza externa. Reparese que no solo Europa y los Estados Unidos son Occidente. También lo es América Latina, y es el Paraguay. La crisis yace, en buena medida, en todos lados. Occidente dejó de ser solamente una geografía —si es que alguna vez lo fue— para convertirse en una manera de pensar y entender al hombre y al mundo.

Y esa tradición lleva la controversia dentro de sí desde sus orígenes. Los sofistas eran griegos. Sócrates también. Marx nació en la tradición filosófica occidental. Su ateísmo y su materialismo, aunque contrarios a algunos de los fundamentos más queridos de esa tradición, pertenecen a esa misma historia intelectual. La crisis de Occidente no es, por tanto, la irrupción de algo extraño, sino una disputa de Occidente consigo mismo.

Y aquí aparece mi último punto: la educación. Es allí donde se libra hoy buena parte de la disputa por Occidente. Y no es casual. Los griegos llamaron paideia a la formación del hombre: no la mera instrucción, sino el cultivo de lo mejor de su naturaleza. Werner Jaeger mostró que esa idea está en el origen mismo de Occidente. Una civilización se conserva en la medida en que educa a sus hijos. Por eso la educación no es un asunto técnico ni solo de competencias, como pretende PISA. Y no es difícil advertir cierta rabia, envidia o resentimiento contra los valores de una civilización de cuyos beneficios disfrutan sus propios críticos. Refutan racionalmente el valor de la razón, niegan una naturaleza humana común mientras proponen antropologías fundadas en la autopercepción y reducen el derecho a una expresión del poder.

La paradoja es notable: utilizan las herramientas de Occidente para cuestionar sus propios fundamentos. Y cuando esas contradicciones llegan a las aulas convertidas en consignas, la educación deviene adoctrinamiento. Tal vez esa sea la crisis más profunda: una paideia al revés, una civilización que instruye a sus hijos a desconfiar de sus propios padres. Eso fue lo que me preocupó de aquella charla: que la alumna condenara la propiedad privada y, de al mismo tiempo, la disfrutaba. Cuando se educa con ideologías en lugar de auténtica filosofía, Occidente empieza a perder una de las cosas que lo hacen posible: la libertad de pensamiento. Y así se suicida.

(*) Dr. en Filosofía

Dr. en Filosofía
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