La economía paraguaya cerrará el 2025 con un crecimiento cercano al 6%, según proyecciones del Banco Central. Con ello, encadena varios años consecutivos por encima del 4%, nada fácil crecer sobre lo que ya se creció, y se posiciona como una de las economías de mayor expansión en la región.
Sin embargo, el crecimiento, por sí solo, no responde todas las preguntas que nos hacemos todos en general. La primera y, quizás, la más evidente. ¿Por qué el avance del PIB no se refleja con la misma intensidad en el ingreso real de los trabajadores?
La inflación está contenida en términos agregados, pero los salarios siguen ajustándose con cautela y, en muchos hogares, el poder adquisitivo continúa erosionado por el peso de los alimentos.
En mercados donde el ingreso disponible es limitado, los consumidores compran menos, comparan menos y presionan menos sobre los oferentes.
De ahí surge la segunda pregunta: La percepción social. ¿Cómo se explica que, en un año de expansión récord, persista una sensación de estrechez en amplios sectores? El empleo formal aumenta, pero la calidad del ingreso y su nivel siguen siendo un límite para que el crecimiento se traduzca en bienestar tangible. A esto se suma una inquietud de largo plazo: ¿Cuándo llegará el efecto derrame? ¿Cuándo la inversión comenzará a orientarse con mayor fuerza hacia sectores socialmente sensibles y estratégicos, como transporte público alternativo, sistemas ferroviarios, alcantarillado, saneamiento, salud y educación?
El crecimiento no puede quedar concentrado solo en rutas, edificios corporativos o proyectos de baja capilaridad social. Los proyectos sociales siguen siendo, en gran medida, los grandes ausentes.
Estas preguntas no tienen respuestas inmediatas ni un único responsable. No las tiene un gobierno ni una autoridad económica ni un periodo presidencial. Son parte de un proceso.
Y quizás lo más difícil de ese proceso sea sostener la disciplina y la coherencia cuando los beneficios no son inmediatos. Tomó más de 20 años construir una macroeconomía saludable; ojalá tome menos tiempo ver su impacto pleno en la vida cotidiana.
Paraguay enfrenta desafíos complejos: Una clase política capturado por intereses particulares, una ciudadanía aletargada que tolera injusticias persistentes y un Poder Judicial condicionado por prácticas que limitan su independencia. El crecimiento económico, por sí solo, no corrige esas fallas.
Por eso es que quizás pese a que la economía paraguaya crece y lo hace sobre bases más sólidas que en el pasado, hay que reconocerlo, el crecimiento no es neutro: Las decisiones económicas se toman en un ámbito político estrechamente vinculado al sector empresarial, lo que puede introducir sesgos en las prioridades y en el ritmo de las transformaciones necesarias.
Creo que hay necesidad de romper ese vínculo, sino ampliarlo: Incorporar con mayor fuerza la dimensión social, la productividad y la calidad del empleo en la agenda del desarrollo.
Entonces, finalmente, pregunta, entonces, ya no es solo cuánto crece la economía, sino qué intereses ordenan ese crecimiento y cómo se reparte su impacto en el tiempo.