Opinión

Lo que Miguel Prieto no es

Alfredo Boccia Paz - galiboc@tigo.com.py

Imposible no impresionarse ante la noticia de que, después de seis décadas, el Partido Colorado haya perdido la intendencia de Ciudad del Este. Sobre todo, cuando la derrota no le fue infligida por el PLRA, sino por un variopinto conglomerado de partidos y movimientos pequeños.

El nombre del joven abogado que fue capaz de catalizar tantas voluntades dispersas se propagó más allá de las fronteras esteñas y dio origen a entusiastas especulaciones sobre lo que eso significaba.

Lamento decepcionar a quienes creen que lo de Miguel Prieto es un cambio fundamental de la política paraguaya. Los votos que obtuvo fueron un merecido castigo a los corruptos políticos tradicionales. Se lo tienen merecido, pero el Paraguay seguirá siendo bipartidista por un buen tiempo. Si no me creen, lean las conclusiones de la investigación de Marcello Lachi, publicadas en el libro Correligionarios.

Miguel Prieto no representa un movimiento ideológicamente homogéneo. Proviene de una familia colorada y él mismo intentó afiliarse a la ANR. Pellizcó el voto de una parte de los colorados, liberales e izquierdistas y de casi todo el resto del espectro político más interesado en expulsar del poder a los bandidos que en discutir matices doctrinarios.

Miguel Prieto no significa el fin de la vieja política.

La prehistoria suele reaparecer en nuestro presente con increíble capacidad de adaptación a las nuevas circunstancias. Esos dinosaurios no comen vidrio. Intentarán envolver al recién llegado en la telaraña pegajosa que los hizo ricos. Y entenderán que lo que sí cambió es que hay que respetar más el peso de las protestas de la calle.

Felizmente, Miguel Prieto tampoco es un ingenuo.

Mantuvo una tozuda coherencia en su larga resistencia a la prepotencia del clan ZI, lo que le dio legitimidad como candidato a intendente. Llegado allí, mostró buen juego de cintura eludiendo, a izquierda y derecha, exigencias de “cuotas de poder” y entendiendo que si el PLRA no se sumaba a su candidatura, no cambiaba nada. Al fin y al cabo, el día de las elecciones, buena parte de sus mesas fueron cuidadas por colorados y liberales.

Puede que Miguel Prieto no sea una bisagra histórica en nuestra política. Pero no subestimemos a alguien que logró atraer todo el voto bronca de una gran urbe. El hombre debe ser honesto y capaz, por eso tanta gente creyó en él. Su futuro es promisorio, solo que eso no basta. Ahora tiene que demostrar su verdadera fibra.

Menudo reto el suyo: erradicar la corrupción municipal de la ciudad, que la tiene incorporada estructuralmente de modo paradigmático. Corrupción consuetudinaria y de fama cinematográfica. Allí recién sabremos quién es Miguel Prieto. Si consigue estar a la altura, hará historia; de lo contrario, será llevado por los vientos efímeros. Alienta recordar que el orgulloso grito de victoria de sus adherentes fue “!Sí, se pudo!”.

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