En tiempos de la dictadura, no era aconsejable transitar por Presidente Franco entre Nuestra Señora de la Asunción y Chile.
Allí, a mitad de cuadra, estaba apostada la oficina del jefe de Investigaciones de la Policía de la Capital, Pastor Coronel. En el lado este acechaba la del director de la Sección Política, el comisario Alberto Cantero.
Atreverse a pasar por ahí era correr el riesgo de ser apresado por el guardia que estaba en la puerta por haberle mirado de reojo. O ver la escena de una madre que imploraba ver a su hijo al menos por un instante.
Hasta allí eran traídos algunos presos políticos. No todos volvían a salir con vida de ese infierno anclado en pleno centro capitalino.
No es mi propósito rememorar calamidades que ojalá hayan sido tempestades alejadas para siempre, aunque es bueno recordar a los jóvenes -que creen que uno peca de un exceso de imaginación cuando les habla de estas cosas - que Stroessner mataba a sus enemigos (los verdaderos y los inventados) sin piedad alguna.
La intención es contarles que al lado de donde era el salón de don Pastor -como le llamaban mansamente los sampedranos obsecuentes, macheteros de Santaní incluidos-, donde Cantero sentaba sus reales... funciona una biblioteca...
Sé que no va a creer que el rincón de las picanas eléctricas sea ocupado ahora por libros primorosamente encuadernados, y que en vez de ser recibidos por policías con caras modelo Kururu Pire, la bienvenida sea dada por unas amabilísimas mujeres.
Y que en vez de que a uno lo lleven hacia adentro para abrirle la puerta de una celda o arrojarle al famoso sobrado que había delante de dos calabozos, la guía le muestre hileras e hileras de textos.
Lo que parecería caer de maduro es que los materiales guardados sean los relacionados al dolor y los vejámenes. Que los documentos del Archivo del Horror estén allí. O que los manuscritos con manchas de sangre reaparezcan conservados a modo de imborrable testimonio. Nada de eso.
Tampoco en las páginas de los volúmenes cabalga el Quijote o blanden sus espadas los mosqueteros de Dumas. No está Gregorio Samsa -el hombre que se convirtió en insecto en la novela de Kafka “La metamorfosis"- buscando una pared para trepar, ni Melquiades -el de “Cien años de soledad”, de García Márquez- trata de vender en Macondo un imán como la última conquista de la ciencia.
Es imposible hallar la poesía musical y desgarrada de Manú, o una joya de Hérib Campos Cervera. Mucho menos, la llamarada de los versos de Emiliano R. Fernández camino a los frentes de batalla del Chaco.
Por más biblioteca que sea, no hay un Roa Bastos hurgando el humor de Francia en el viento norte.
Para el lenguaje simbólico, sin embargo, estas ausencias son irrelevantes.
Los temas de los libros son demografía, biología, medio ambiente, meteorología, geografía, geofísica, metodología, cartografía y edafología de los suelos. El rápido listado sigue con hidrología, oceanografía e incluso ciencias espaciales.
En el espacio dedicado a información y documentación hay complicados mundos de números, datos estadísticos y documentos diversos, también como corresponde... porque la biblioteca es del Ministerio de Hacienda.
-Y no oyen, de pronto, que los fantasmas caminan entre los libros... tal vez un grito desgarrado y desgarrador...- es una pregunta casi obligada a las bibliotecarias.
-Sí. A veces se escuchan ruidos como de cosas que se caen. O de cadena de baño que alguien estira-, confirma una.
Más allá de los espíritus de la biblioteca, acaso Asunción no ofrezca nada tan esperanzador como convertir un lugar de torturas en biblioteca.