Confesaré que detesto desde el fondo del alma cuando veo que esos videos y memes donde una madre o padre, a manera de chiste, blande una zapatilla o un cinto con la intención de golpear a sus hijos.
Estos materiales suelen presentar como algo gracioso ese tipo de violencia que durante muchos años fue normalizada en la sociedad, como una “forma de educar”.
“Qué pio, no es para tanto. Es para reírnos nomá ko”, seguro estará diciendo más de alguno y otro estará diciendo disparates.
Pero sí es para algo. Es para mucho. La violencia hacia los niños y adolescentes de parte de un adulto mayor, esté bajo su tutela o no, ni por si acaso tiene gracia alguna.
Cuando en las noticias aparece el caso de un niño o adolescente que ha sido brutalmente golpeado por su padre, madre, padrastro, tío o quien sea, la indignación puede leerse en los comentarios de las redes.
Tampoco falta, entre el repudio generalizado aquellos que buscan minimizar el hecho, diciendo que les sirvió en su vida.
“A mí me pegaron y salí bien igual”. “Gracias a que me corrigieron fui una persona, no soy ladrón ni me perdí”. “Yo no me quedé mal, ahora nomás la generación de cristal”. Blablablá.
No. No es porque te pegaron saliste bien ni sos buena persona. De hecho, saliste muy mal para justificar semejante salvajada y, de paso, sos mala persona por no tener empatía por el niño golpeado cobardemente, ¿o acaso pensás que alguien de 8, 10 o 12 años tiene posibilidad alguna de defenderse frente a un adulto que solo piensa descargar toda su rabia y frustración acumulada sobre él?
Esas expresiones justamente demuestran que estamos ante una parte de la generación de padres y madres que no entendieron otra forma de diálogo que no sea el cinto, arreador, cable o zapatilla o cualquier objeto contundente listo para lastimar al niño o niña.
Personas de 30, 40 o 50 años y más que crecieron con esa conducta aprendida de sus mayores, quienes también aprendieron de los suyos un único idioma: el de los golpes.
Generaciones de adultos rotos por dentro, que llegado el momento de ejercer su rol de formadores de nuevos integrantes de la sociedad no sabían qué hacer y que recurrían al cinto al mínimo error.
Es así que tenemos una buena parte de la actual generación de padres y madres a quienes se les pierde la pelota en estos tiempos. Navegan entre la violencia apenas contenida o la permisividad exagerada. “La crianza respetuosa no falló. Fallaron los adultos que confundieron respeto con permisividad”, dice un flyer que me compartieron en estos días.
“Ahora ya no le podés tocar ni pegar a tu hijo porque te viene la policía, la Codeni, etc.”. Así es, señor, señora. Nunca luego debió pasarte por la cabeza semejante idea, más aún si tu hijo es chiquito.
Hace una década, en Paraguay fue promulgada la Ley 5659/2016 “de Promoción del buen trato, crianza positiva y de protección a niños, niñas y adolescentes contra el castigo físico o cualquier tipo de violencia como método de corrección o disciplina”.
En su primer artículo, explica que la normativa tiene por objeto la protección de niñas, niños y adolescentes contra el castigo físico y otros tratos crueles, inhumanos o degradantes. Agrega además que toda persona responsable de la patria potestad, tutela, tutela dativa, tutela especial, guarda, crianza, educación, cuidado, atención, asistencia, orientación, tratamiento y protección de niñas, niños y adolescentes, tiene prohibida la utilización del castigo físico y de todo tipo de tratos crueles, inhumanos o degradantes como forma de corrección o disciplina. No estaría mal que este artículo lo tenga pegado en la pared de la casa.
En los últimos años hubo importantes cambios de paradigmas en lo que respecta a la crianza positiva para con los hijos. Incluso es un tema que es conversado con los alumnos y padres en las escuelas y colegios. Si bien es buen avance, todavía quedan muchos padres y madres que lo tienen como tarea pendiente.
Es categórico que son tiempos difíciles, es innegable que no existe un manual para ser padres, es cierto que cada familia es un mundo aparte. Es cierto también que podemos criar mejores personas si ponemos de nuestra parte.