Cada 11 de octubre, Paraguay conmemora el Día del Poeta Paraguayo en homenaje a Natalicio Talavera, considerado el primer poeta paraguayo después de la Independencia. Poeta, escritor, periodista y soldado durante la Guerra de la Triple Alianza, Talavera murió en 1867, en el campamento de Paso Pucú.
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Más de un siglo después, la poesía sigue buscando maneras de decir quiénes somos. Para el poeta, escritor y periodista Mario Rubén Álvarez, puede partir de la memoria de un valle; para la poeta Lourdes Espínola, atravesar fronteras y lenguas; y para la escritora y gestora cultural Celeste Galeano, encontrarse con las personas en la vida cotidiana.
Además, para conmemorar la fecha, el grupo cultural Solicitun invita a participar en su círculo de poesía paraguaya, un espacio pensado para amantes de la literatura y la poesía interesados en compartir, leer y reflexionar sobre la obra de autores nacionales.
La iniciativa, que tendrá lugar este sábado 10 de octubre, desde las 16:00, en la Biblioteca Municipal de Ciudad del Este (Av. Bernardino Caballero casi Av. 29 de Septiembre), busca difundir la riqueza poética del Paraguay y fomentar la lectura colectiva en un ambiente abierto y participativo.
Memoria y territorio
Para Mario Rubén Álvarez, uno de los lugares de origen de su poesía es Potrero Yvate, el valle donde transcurrió parte de su infancia, en el distrito de 25 de Diciembre, Departamento de San Pedro.
“Mi valle, Potrero Yvate —ubicado en el distrito de 25 de Diciembre, departamento de San Pedro, km 132, ruta III— sigue siendo una de mis fuentes de inspiración cuando de anclar en un sitio concreto mi poesía se trata”, señala el autor de Entonces, amanece (2023).
A los seis años, Álvarez dejó Potrero Yvate para trasladarse a Asunción. El viaje, realizado por tierra y agua a través del río Paraguay, quedó en su memoria y reapareció luego en sus poemas.
“De esa compañía, a los seis años, por tierra y agua —el río Paraguay— vine a Asunción. Y volví siempre a casa haciendo el itinerario inverso. En el recuerdo me quedan los paisajes de mi tierra y los que desfilaban, fugaces, ante mis ojos al andar caminos unidos a la atmósfera espiritual que les rodeaba”, cuenta.
Poemas como Autobiografía, Preguntas a mi madre, Declaración de amor a Potrero Yvate, A flor de ausencia y Eternidad de la nostalgia recuperan ese vínculo. También lo hacen Techaga’u rata y Yvága Potrero Yvate, musicalizados, según el autor.
En esa obra aparece una palabra que Álvarez considera fundamental: nostalgia. Para él, no es lo mismo que la tristeza.
“Predomina la nostalgia, que no es tristeza. La nostalgia se redime con el regreso, con un abrazo. La tristeza no. Reconstruyo en la memoria aquello que fue y sigue acompañándome, dándome identidad y temas de inspiración para dejar constancia de mi vínculo tenaz con ese universo que partió de mi infancia y perdura”, expresa.
Potrero Yvate también cambió con el tiempo. “Ya no es la loma de diez casas desperdigadas en un pajonal. Es un pueblo’i hecho y derecho, de aire y comodidades urbanos”, describe. La ruta asfaltada, la llegada de nuevos pobladores y el crecimiento del lugar modificaron el paisaje, aunque —dice— conserva para él “el mismo encanto de siempre”.
La memoria histórica también está presente en su escritura. Su poemario El combate invisible (2024) está inspirado en la Guerra del Chaco. Y aunque su poesía parte del arraigo, Álvarez sostiene que desde allí nombra otras realidades y expresa su compromiso con el país y su gente.
“Deseo que la larga noche del Paraguay —sumada a la dictadura y al saqueo del Estado por sectores que anteponen el interés personal al bien común— abra paso, muy pronto, al amanecer de un tiempo nuevo”, añade.
La palabra como resistencia
Álvarez considera que la poesía paraguaya está viva, pese a que la palabra literaria suele ser infravalorada. “Hay muchos jóvenes y no jóvenes escribiendo”, afirma. También destaca a quienes, desde su generación y el Taller de Poesía Manuel Ortiz Guerrero, siguen escribiendo con la convicción de que la poesía puede ser “un arma de resistencia”.
“Hoy los que la acechan tienen otros disfraces, pero su propósito sigue siendo el mismo: silenciar, desbaratar, desacreditar, corromper, ignorar las voces disconformes que tenazmente siguen soñando tiempos mejores para la patria”, sostiene.
Ante un presente que describe como difícil, los poetas, señala, siguen apostando por “la belleza de las palabras para decir las verdades necesarias e imprescindibles”, y por mantener en alto “las banderas de los sueños, la esperanza, la resistencia y la solidaridad”.
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11 de octubre: Día del Poeta Paraguayo y su aporte a la cultura
Ciclo vital
De aquella cómplice mirada inicial
de aquellos monosílabos
de aquel número telefónico
de la cita inaugurada
de las manos encontradas
de aquel beso naciendo al azar
de la despedida sin límites
de las otras presencias
de las risas y horas compartidas
de nuestros cuerpos marcados en mutuo fuego
mañana
dolorosamente
no quedará sino el recuerdo
una memoria sepultada bajo otras memorias
huyendo hacia el olvido.
(Del poemario A flor de ausencia)
Cruzar fronteras, encontrar una voz
Para Lourdes Espínola, el desplazamiento geográfico y lingüístico forma parte de su trayectoria literaria. La poeta y escritora publicó, tradujo y dialogó con lectores de distintos países.
“Por múltiples razones vivenciales para mí, siempre fue importante cruzar fronteras literarias y lingüísticas, determinado también por el hecho de haber vivido en varios países”, señala, al recordar que a los 20 años se trasladó a Estados Unidos junto a su esposo, poeta, diplomático y profesor universitario.
“Así viví en otra geografía, y me sumergí en otra lengua. La distancia me brindó la posibilidad de manejar el material literario de otra forma; mi inserción en las letras anglosajonas culminó con mi cuarto libro de poesía publicado por Latitudes Press de EEUU”, recuerda.
Sus lecturas de autores franceses la acercaron a sus traductores Claude Couffon y Adélaïde de Chatellus. Couffon tradujo al francés poemas de Tinta de mujer y Las palabras del cuerpo.
“La posibilidad de nuevos lectores de otras culturas siempre me pareció muy emocionante y alentadora”, cuenta. También publicó en portugués As nupcias silenciosas, traducido por el poeta Albano Martins, y tres de sus últimos libros aparecieron en España.
Traducir poesía, sostiene Espínola, exige algo más que trasladar palabras. “Si el traductor es también poeta, será un nuevo poema recreado en otra lengua con su musicalidad y su simbolismo”, explica.
Ese recorrido también acompañó la construcción de una voz propia. “Quería asumir mi propio rostro, mi esencia femenina y escribí desde ‘el yo femenino’, creando una ruptura con mi poesía inicial”, dice sobre el proceso que vincula con una toma de conciencia de la condición femenina.
Al observar el presente literario paraguayo, Espínola evita un diagnóstico cerrado, pero destaca el crecimiento de la escritura de mujeres y de los espacios de publicación y difusión. Menciona a las nuevas editoriales y a Escritoras Paraguayas Asociadas (EPA), de la que es autora fundacional y cuya presidencia ejerció durante cuatro años.
La poesía sale de los libros
La escritora y gestora cultural Celeste Galeano, directora del Centro Cultural Punto Divertido, busca acercar la poesía a la experiencia diaria.
“Desde el Centro Cultural Punto Divertido creemos que la poesía debe formar parte de nuestra vida, porque nos ayuda a mirar lo cotidiano con otros ojos y a conectar con nuestra sensibilidad”, afirma.
Con esa idea nació el Club de Poesía de la Vida Cotidiana, que se reúne una vez al mes bajo la dirección del escritor Genaro Riera Hunter. Allí, cuenta Galeano, “la palabra, las emociones y las experiencias se transforman en poesía”.
Los encuentros del primer semestre tendrán continuidad en un libro colectivo que reunirá textos de quienes participaron. Galeano observa en la poesía paraguaya “un momento de gran vitalidad”, con nuevas voces, editoriales independientes, encuentros, lecturas y talleres que acercan el género a públicos diversos.
Una poesía que sigue buscando su lugar
En estos tres recorridos, la poesía aparece ligada a la memoria de un territorio, al cruce entre lenguas y a la posibilidad de compartir experiencias cotidianas. Son caminos distintos, pero conectados por una misma búsqueda: encontrar palabras para nombrar lo vivido y acercarlo a otras personas.
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Más de un siglo después de la muerte de Natalicio de María Talavera, la poesía paraguaya continúa cambiando de voces y escenarios. Mientras haya paisajes que recordar, fronteras que cruzar y experiencias que nombrar, seguirá encontrando dónde permanecer.