En conferencia de prensa, al ser consultado sobre la defensa del modelo de familia tradicional y que si ello no incluye a las familias conformadas de otra manera, señaló: “Respetamos por supuesto si hay una madre soltera que tiene un hijo. Para nosotros la familia tradicional es papá, mamá, niños”.
Horas después, y tras las críticas en redes sociales y medios de comunicación, el novel ministro tuvo que aclarar. “Es indiscutible y admirable el rol de las madres solteras en la construcción del país. Es mi deseo y compromiso que su esfuerzo y dedicación se vea reflejado en el desarrollo de nuestra niñez...”, expuso en redes sociales.
Está claro que nadie, en su sano juicio, podría cuestionar el valor de la mujer que diciendo sí a la vida, con valentía, coraje y amor asume el papel de madre y padre, para luego con esfuerzo y sacrificio educar, alimentar y cuidar a sus hijos sin contar con el debido acompañamiento del padre de los mismos, como corresponde por justicia y derecho.
Ningún paraguayo podría negar el papel fundamental que cumplen estas madres en un país en donde, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), el 37,2% de los hogares tiene como jefa o cabeza del núcleo familiar a la mujer. En este sentido, hay que decir que tristemente, Paraguay se caracteriza por un gran porcentaje de hombres cobardes, inútiles e irresponsables en este campo. Pero este es un tema para un artículo mucho más extenso.
Por otro lado, esta “pifiada” del nuevo ministro también expuso de manera más visible la necesidad que existe en muchos ámbitos de volver a valorar y respetar el modelo natural de familia, conformada por la madre, el padre y los hijos; un modelo que no siempre se puede alcanzar o mantener, pero que es el deseado por cualquier persona.
No se trata de despreciar o juzgar las otras realidades a nivel de familias ni decir que ellas son peores o mejores –esa sería una discusión que buscan aquellos que tienen otros objetivos e intereses ocultos–, sino de reconocer lo ideal como aquello a lo que habría que apuntar, “como una brújula”, señaló un experto; un modelo propicio que es posible y real; de hecho hay millones de núcleos afectivos viviendo así, con sus dificultades y crisis, pero existiendo de manera positiva. La sociedad no puede ni debe dejar de aspirar y luchar por aquello ideal, en el ámbito que sea.
Y aquí también llama la atención el “escándalo” que en la actualidad provoca el hablar de la familia natural o familia tradicional. Es extraño como se ha instalado esa mentalidad que supone que afirmar la riqueza de algo tan sencillo y natural que muchos de nuestra generación pudimos experimentar: Un padre, una madre y hermanos, y que también querríamos para nuestros hijos, es considerado hoy violencia y discriminación.
Es notable como se quiere instalar la idea de que cuando se afirma el ideal de familia está ofendiendo o despreciando a la madre soltera. Eso no es así. Estaríamos, en todo caso, ante una ignorancia o manipulación con otros fines.
Por ello tampoco es cierto que este modelo ya no exista o no tenga valor. O, peor aún, afirmar que uno es retrógrado o caníbal simplemente porque quisiera tener una familia así. Salvo excepciones, son pocos los que no querrían conservar a sus padres juntos por mucho tiempo.
Está visto que el modelo de familia de mamá, papá e hijos está siendo atacado ideológicamente, como afirman muchos estudiosos de las nuevas ideologías. La familia tradicional es un paradigma positivo y hay que reconocer su valor. Al igual que la madre soltera, aquella debe ser valorada, respetada y apoyada en todo sentido.