Opinión

La pequeña amiga Libertad

Carolina Cuenca Por Carolina Cuenca

Estoy recordando a Quino y sus personajes de Humano se nace y de la inolvidable Mafalda, especialmente a su pequeña amiga Libertad, al leer algunos titulares de Medios y análisis en las redes sociales, en este tiempo duro que vivimos, y digo duro no solo por la peste o la corrupción que son problemas antiguos, sino más bien por este rápido y resignado descendimiento de las expectativas que experimentamos los comunes.

Guste o no a los nuevos jefes y gurús de la aldea global, la civilización occidental de la que somos parte y de la que ellos disfrutan, incluso para tratar de aplastarla por completo con propuestas delirantes como el transhumanismo determinista (h+) o los movimientos deconstructivos como la ideología de género, es esta y no otra civilización la que nos ha dejado una herencia luminosa al descubrir ante nosotros la valía de todo ser humano por compartir en su esencia este ser libre. Sí, libre, no solo igualitario o idéntico, como nos insisten ahora los lobbies tan bien financiados.

Es verdad que el proceso de reconocimiento de la libertad como un don y un camino propiamente humano, humanizante y civilizatorio nunca ha terminado, solo ver a los chicos estupidizados con ciertos “juegos” cibernéticos o a sus padres consumiendo a boca llena los nuevos opios del consumismo reinante y ya tenemos una idea de cuánto falta aún por superar. Pero es evidente que esta pandemia de la pérdida del sentido y el descreimiento en la libertad es tan o más preocupante que la causada por el maldito virus, ya que va de la mano con el ahuecamiento mental, con la colectivización de la desconfianza mutua y el sálvese quien pueda, y es sabido que sin razón y sin voluntad no hay libertad y, por tanto, tampoco civilización, sino selva, barbarie y crueldad.

La violencia y las polarizaciones extremas en las que nos quieren enfrascar desde el Poder a los comunes, haciéndonos renunciar a nuestra libertad, a partir del miedo y de la deformación de la conciencia moral, pretenden convertirnos en zombis cínicos, pero con billetera y pasaporte identitario en el bolsillo. Y también pretenden convertir nuestros derechos individuales en excusa para el aislamiento existencial. Ojo, sin virtud y sin verdad tampoco hay libertad.

Sin verdadera libertad de conciencia, expresión y educación nos convertimos en caricaturas de nosotros mismos y deformamos la vida en común. He ahí la trampa mortal de esta tentación totalitaria que nace de la desconfianza de los poderosos en los sistemas democráticos, de la cobardía de los intelectuales y maestros, del servilismo de cierta Prensa y del activismo brutal de ciertos agentes culturales embarcados en su reingeniería social. No es correcto seguir ese libreto porque nos llevará al desastre.

Quino tenía un don para hacer reír y pensar. Pero su obra artística e intelectual sería impensable sin la libertad personal que poseía. En su descripción de la pequeña Libertad esta aparecía chiquitita, corajuda y directa. De esa alegoría tenemos nostalgia en este tiempo.

Es verdad, la libertad no es un fin en sí mismo, pero es el único modo verdaderamente humano de estar en el mundo. Ya hablemos de vacuna, de fe, de fútbol o de transformación educativa, nunca, nunca, nunca podremos dejar fuera a la pequeña libertad, sin perder también altura humana. Sin ella se achica también la esperanza, se adormece la creatividad, se entumece el bien común. Anochece y los sueños se apagan.

Prefiero un mundo imperfecto y libre que uno supuestamente tan perfecto, igualitario y controlado que no requiera personas libres y dignas que arriesguen, creen y aporten para el progreso humano.

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