07 abr. 2026

La integración de las quimeras

El reciente anuncio conjunto de los presidentes de Brasil y Argentina reflota el antiguo y remanido proyecto de moneda única sudamericana. Una quimera tan poco probable como inconveniente.

Una moneda única no puede derivarse de la simple voluntad política, sino más bien requiere de la construcción colectiva y progresiva de una institucionalidad regional supranacional, que a su vez se desprende de la existencia previa de fuerte institucionalidad económica en los países que se comprometen.

Esa institucionalidad económica regional debe contener compromisos de disciplina fiscal y monetaria, con indicadores objetivos y el enforcement necesario que garantice el cumplimiento de esos acuerdos.

Estas tareas son por demás improbables en una región con la estabilidad económica frecuentemente cuestionada, por el bajo nivel de compromiso con la disciplina macroeconómica y una relativamente débil institucionalidad económica muchas veces capturada por intereses políticos. El escenario se vuelve aún más complejo cuando los países más grandes del Mercosur, quienes proponen actualmente este proyecto, no son necesariamente los más disciplinados y estables en términos económicos.

Adicionalmente, la arquitectura de compromisos que requiere una decisión de esta naturaleza implica acuerdos muy estrictos sobre metas objetivas de inflación, déficit fiscal, deuda externa y una autoridad monetaria supranacional que vele por la estabilidad monetaria. En un proceso de integración donde existen asimetrías de tamaño, de poder y un historial de incumplimientos de los compromisos, garantizar el cumplimiento de las metas y penalizar el incumplimiento es de difícil ocurrencia.

En el caso emblemático del euro, desde la creación de la comunidad del carbón y el acero en 1951, se han venido edificando instituciones supranacionales, en un proceso incremental, progresivo y consistente, siendo que la unión monetaria y la consecuente creación del euro, no son más que el resultado natural de ese proceso de construcción de una integración profunda. Además, la arquitectura institucional del BCE se construye sobre la base de un historial de estabilidad económica de las mayores economías del bloque, y de un Bundesbank cuya fortaleza institucional y credibilidad no resisten dudas. El Mercosur, por su parte, no ha sido capaz de acordar ni una sola institución supranacional en todo este tiempo.

Lo importante es entender que el simple anuncio de una potencial moneda regional no traerá la disciplina fiscal que es necesaria para tener una economía menos volátil y una inflación baja y estable.

En definitiva, la consecución de una unión monetaria, o la constitución de una moneda única, es el paso más avanzado de integración regional y el fin de un proceso de integración comercial, de factores de producción y de coordinación macroeconómica exitoso, y tiene su origen teórico en las contribuciones pioneras de Mundell (1961), a través de la teoría de las áreas monetarias óptimas (AMO), concebida como “acuerdos monetarios” capaces de aumentar la eficacia de los regímenes cambiarios flexibles en su rol de ajustar desequilibrios tanto internos como externos. En este sentido, un AMO es recomendable cuando se cumplen algunos requisitos previos tales como alto grado de integración comercial, elevado comercio intraregional, adecuado nivel de apertura de la economía, elevada movilidad de factores de producción, previa convergencia de variables macroeconómicas, efectiva comunicación para el logro de una adecuada base de apoyo ciudadano, a lo que hay que agregar el factor de la previa fortaleza y credibilidad de la instituciones económicas de los países.

Estas condiciones no se cumplen en la región, por lo que no están dadas las condiciones para una moneda única sudamericana.

Los esfuerzos deberían focalizarse, entonces, en aquellas decisiones que faciliten y profundicen el comercio entre los estados parte y que proyecten al Mercosur como una plataforma eficiente de inserción al mundo. Si somos capaces, como proyecto regional, de facilitar el comercio, de abrir las economías al mundo, de garantizar la libre movilidad de nuestros factores productivos, de independizar nuestras instituciones económicas del ciclo político, acordar y cumplir compromisos de estabilidad económica a nivel regional a través de un proceso de armonización de variables y coordinación de políticas macroeconómicas, y se genera adhesión y confianza de los ciudadanos, entonces, recién ahí, podríamos sentarnos a conversar sobre la moneda única.

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