Correo Semanal

La honestidad de las palabras y la ética en la comunicación

 El plagio se ha convertido en una práctica más habitual de lo que se cree y cada vez son más los intrusos que deciden apropiarse de las palabras de otro.

Melany Barragán

Decía Kapucinski que el periodismo no era un oficio para cínicos. Dado el volumen de información, la rapidez con la que circula y el gran número de personas que de una manera u otra generan contenidos, me atrevería a decir que comunicar no es una actividad para cínicos. Y es que, a medida que se incrementa la capacidad para transmitir ideas y viralizarlas, se hace más necesario establecer pautas de ética y responsabilidad.

Junto con la falta de rigor, la proliferación de noticias no contrastadas y el auge de las fake news, en gran medida derivadas de la necesidad de los medios por ser los más rápidos en publicar, ganar visibilidad y generar el mayor volumen de noticias posible, aparece un nuevo fantasma: el plagio. Esta práctica se ha agudizado con el desarrollo del periodismo digital, ya que se ha acelerado drásticamente la generación de contenidos y la viralización de la información por numerosos canales, diluyéndose la autoría y facilitando su apropiación.

El plagio se ha convertido en una práctica más habitual de lo que se cree y cada vez son más los intrusos que deciden apropiarse de las palabras de otro, usurpando el nombre del autor para comercializarlas como propias. En ocasiones, esta acción es deliberada. En otras, responde más a una falta de esmero que a una mala praxis consciente en la que todos podemos ser susceptibles de caer.

No obstante, esto no le resta gravedad. Y es que, sea como fuere, esta práctica, totalmente reprobable, se vuelve aún más indigna si cabe entre aquellos que de una manera u otra se dedican al mundo de la comunicación y la divulgación. Con el plagio, no sólo se manifiesta una falta de ética, sino que también se falta a la verdad y al rigor al omitir la autoría de la información que se pone a disposición de los lectores.

Además, el plagio contribuye a degradar la actividad profesional del periodista o de aquel que, desde su campo de conocimiento, contribuye a la difusión de ideas o evidencias. Si la transparencia, la ética y la responsabilidad constituyen reglas de oro para cualquiera que aspire a participar en el debate público, entonces ¿cómo invitar al lector a pensar o repensar sus posiciones si ni siquiera somos capaces de conformar las nuestras y suplantamos las de otra autoría?

En el contexto latinoamericano, esta preocupación por la honestidad intelectual es recogida por los códigos deontológicos de las principales asociaciones de periodistas de la región. Pero, además, el respeto a la autoría de los datos y resultados forma parte del núcleo duro de las normas de rigor compartidas por estas asociaciones, por encima de otras como la contextualización de la información o la transparencia. No obstante, el establecimiento de códigos de conducta no es garantía suficiente para evitar prácticas como el plagio.

Entre aquellos que colaboran con medios de comunicación, ya sea en calidad de periodistas, literatos o expertos, se han dado numerosos casos de plagio. Algunos de ellos han tenido una gran repercusión, como el de Bryce Echenique, quien fue acusado de plagiar 16 artículos de 15 autores distintos publicados en diferentes medios de comunicación peruanos y españoles. Otros, con menor repercusión a nivel internacional, han afectado a diferentes periodistas. El argentino Guillermo Giacosa fue despedido del medio Perú21 tras ser acusado de plagiar textos de medios internacionales como Rebelión, Página 12 y La Jornada. En Colombia, la entonces editora de la sección de internacional de El Colombiano, Diana Carolina Jiménez, fue despedida en 2016 también por plagio.

Fuera de América Latina, son numerosas las experiencias de plagio por parte de a profesionales de renombre. Jayson Blair copió, cuando trabajaba para The New York Times, información de otros medios. Marie-Louise Gumuchian, ex editora de CNN también cayó en la tentación, así como Fareed Zakaria, quien trabajaba en Time y CNN o el columnista de The Washington Times, Arnaud de Borchgrave. Todos ellos debieron de afrontar las consecuencias de sus acciones y vieron mermado su prestigio.

En tiempos de creciente desconfianza, el plagio no hace más que contribuir al descrédito de la esfera pública. Los medios, como actores fundamentales en democracia, tienen la obligación, no sólo de informar, sino de actuar desde la ética, la honestidad y el rigor ya que constituyen una de las herramientas fundamentales para conocer e interpretar la realidad. Incluso, salvando las distancias, las redes sociales pueden convertirse en un espacio de conocimiento, intercambio y discusión. Sin embargo, en la práctica esta finalidad en muchas ocasiones se desvirtúa y la desinformación y prácticas poco éticas distorsionan la función de los medios de comunicación.

Por último, cabe mencionar que lo importante son las historias y el conocimiento compartido, no quien lo cuenta. Sólo así seremos capaces de dejar de lado nuestros egos, y poner el foco en la realidad que tratamos de describir o explicar que, a fin de cuentas, es lo que realmente importa.

(*) Melany Barragán es politóloga y profesora de la Universidad de Valencia y docente externa en la Univ. de Frankfurt. Doctora en Estado de Derecho y Gobernanza Global por la Univ. de Salamanca. Especializada en élites políticas, representación, sistemas de partidos y política comparada.

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