Inesperadamente algunos de los presentes interrumpen a Jesús para avisarle que fuera están su madre y otros familiares. Andan buscándole, quizá porque la conversación se ha prolongado más de lo debido. Era ya habitual: la muchedumbre gozaba al escuchar al maestro de Nazaret; todos “se quedaban admirados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene potestad y no como los escribas” (Marcos 1,22). Jesús aprovecha la interrupción para desvelar algo inesperado: El verdadero parentesco con Jesús procede, más que de los lazos de la sangre, de la escucha de su palabra.
Así actuaba María, la madre de Jesús: antes de concebirlo en su seno escuchaba a Dios, ponderaba en su corazón esas palabras, y las ponía por obra. Y así dio como fruto virginal al mismo Hijo de Dios. Ella es modelo de los discípulos de Jesús. Escuchándole e identificándonos con sus enseñanzas no solo somos sus discípulos sino que nos convertimos en hermanos de Jesús, hijos de un mismo padre.
Solo así podremos dar fruto que muchos descubran su parentesco con Dios, su filiación divina. Como enseñaba san Josemaría, “ningún hijo de la Iglesia santa puede vivir tranquilo, sin experimentar inquietud ante las masas despersonalizadas: Rebaño, manada, piara, escribí en alguna ocasión. ¡Cuántas pasiones nobles hay, en su aparente indiferencia! ¡Cuántas posibilidades!” (San Josemaría, Forja, n. 901).
(Frases extractadas de https://opusdei.org/es-py/gospel/2023-09-26/)