La mayoría interpreta la palabra “extraño” por su acepción de distinto o extravagante. En realidad, la flexibilidad de este vocablo nos permite aplicarlo también a la tarea de los padres adoptivos en su sentido de movimiento súbito, inesperado y sorprendente.
Luego de ver la película La extraña vida de Timothy Green, una pequeña fábula de Disney sobre la paternidad y la adopción, me quedé pensando en la necesidad que tenemos en nuestro país de un mayor acercamiento educativo a este tema que le resulta “extraño” a la mayoría.
Aunque parece que son hasta invisibles en nuestra percepción de la conformación social de nuestro entorno, en realidad hay muchos casos de adopción.
Me sorprendió intentar hacer una lista mental de todos los padres adoptivos concretos y reales que conozco: una tía que es madre del corazón de una de las jovencitas más dinámicas de mi familia; un matrimonio del barrio que acogió a un niño con problemas de salud; una amiga que es madre del corazón de una pequeña superviviente de abandono; un colega cuyo primer hijo le llegó de manos de un cura caritativo; otra colega que después de los 40 corrió el riesgo de ser madre para ayudar a crecer a una hermosa niña; una familia numerosa que acogió a dos niños adoptivos para engrandecer más aún su corazón; un matrimonio cuya hija adoptiva tiene alto perfil cognitivo y ahora está introduciéndose en una experiencia vocacional religiosa y así podría continuar...
¿Por qué será que un fenómeno que manifiesta de una manera tan sensible la nobleza humana es, a la vez, tan poco visibilizado en nuestra sociedad? La extrañeza hacia la adopción quizás nos venga de un cúmulo de prejuicios que deberíamos intentar analizar más razonablemente para luego superarlos, si queremos.
Antes que hablar de adopción, creo que el punto clave es intentar comprender qué es la paternidad (para ambos sexos). Como lo plantea la película que mencioné, quien más, quien menos, desea experimentar este faceta de nuestra naturaleza, pero lo hacemos en diferentes niveles. A nivel puramente biológico, a nivel psicoafectivo y en él encontramos a veces una serie de factores preocupantes como las proyecciones, las obsesiones, las frustraciones: ¿cuántas personas solo quieren hijos para llenarles el vacío existencial? Más arriba se encuentra ese nivel de paternidad que yo llamaría de sencillez realista. Lo viven esos padres que al abrirse a sus hijos no pretenden de ellos nada más que la felicidad.
Visto de esta manera, sea fruto de la biología o de la acogida del corazón, la paternidad es una extraña aventura, humana y humanizante, que vale mucho la pena y deberíamos crear condiciones más favorables para que ocurra también mediante la adopción.