MISIONES
Nació con apenas 30% de capacidad para ver, una reducida visión heredada de su padre, que alcanzó también a otros tres hermanos suyos de los ocho que integraban la prole familiar. Así como su progenitor, Rubén Acosta Caballero, no solo heredó la escasa vista, sino que en los genes también alojaba el virtuosismo musical. De oído supo acompañar con una guitarra –cuando tenía 12 años de edad– las polcas que escuchaba en su natal Santa Rosa, Misiones.
De forma inesperada, le surgió la oportunidad de destacarse en una radio de Alto Paraná, en una época en que viajó allí para trabajar en la cosecha de algodón. Tenía 25 años y notaron rápido su cualidad frente al micrófono. A partir de entonces, empezaba su destino como músico y locutor, tal como le gusta presentarse a Rubén.
Dentro de una familia grande y repleta de historias, Rubén –de 51 años– creció en un hogar donde la música, el esfuerzo y la unión familiar eran parte de la vida cotidiana.
Rubén no pudo asistir a escuela por múltiples factores por lo cual no aprendió a leer ni a escribir, pero desde pequeño descubrió que su inteligencia seguía un camino distinto: Uno guiado por el oído, la intuición y una sensibilidad especial. A los 12 años, mientras otros niños estudiaban con cuadernos, el trataba de aprender a ejecutar la guitarra escuchando polcas en casetes y tocando las cuerdas buscando hallar las notas en forma empírica, su padre no podía enseñarle porque era surdo, según contó.
Con paciencia, tanteaba las cuerdas hasta que los sonidos empezaban a encajar. Su primo, el músico Vicente Caballero, al escucharlo, quedó sorprendido por su talento natural y comenzó a enseñarle los nombres de las notas que Rubén ya había descubierto por instinto.
A los 25 años, viajó a Alto Paraná para trabajar en la cosecha de algodón, y allí, por participar de un simple sorteo, terminó cantando en una radio local. El locutor era el profesor Rodrigo Rodríguez, quien reconoció de inmediato su talento y su soltura frente al micrófono y se ofreció a ayudarle a aprender convirtiéndose así en su mentor.
“Este es para tu oficio, me dijo el profesor y fue así que desde 1999 hasta el 2001, me dio espacio para ir a practicar con su ayuda en su espacio y me enseñó lo que debía hacer para ser un buen locutor, así conseguí otra herramienta para salir adelante”, comenta.
Así se convirtió en una de las voces de la radio de la ciudad de María Auxiliadora durante esos años, compartiendo en guaraní historias, canciones y mensajes que llegaban al corazón de la gente.
Con el tiempo regresó a Misiones, conoció a una bella joven que se convirtió en los ojos y formó su propia familia. Desde hace 15 años, comparte su vida con Magdalena Cantero, su compañera de lucha y de sueños. Juntos criaron a dos hijos, Adolfo y Romina quienes crecieron viendo en su padre un ejemplo de esfuerzo, humildad y perseverancia.