En el siglo XXI, el capital humano es el activo más valioso de las naciones. Para Paraguay, un país históricamente dependiente de la exportación de materias primas y de una economía de servicios de baja complejidad, la transición hacia un modelo de desarrollo sostenible y equitativo depende, en gran parte, de la calidad de su sistema educativo. Bajo esta premisa, la educación en Paraguay no es solo un derecho fundamental, sino la herramienta estratégica necesaria para romper el ciclo de pobreza, reducir la desigualdad y diversificar la matriz productiva nacional.
Paraguay ha experimentado un importante crecimiento económico en las últimas décadas; sin embargo, este “milagro” macroeconómico no se ha traducido de manera proporcional en una mejora del bienestar social. Una de las razones en la persistente brecha de capacidades. Mientras el mundo avanza hacia la economía del conocimiento, el sistema educativo paraguayo sigue arrastrando deficiencias estructurales heredadas de décadas de baja inversión y desinterés político.
Según los resultados de pruebas internacionales como PISA-D, una mayoría alarmante de los estudiantes paraguayos no alcanzan los niveles mínimos de competencia en lectura, matemáticas y ciencias. Esta realidad evidencia que el problema no es solo de acceso en el que se han logrado avances en la matriculación, sino fundamentalmente de calidad y pertinencia. La educación que se imparte no está alineada con la necesidad de pensamiento crítico y las exigencias de un mercado laboral globalizado ni con las necesidades de innovación que requiere el país.
La relación entre educación y desarrollo económico es directa. Una fuerza laboral educada es más productiva, lo que permite atraer inversiones de mayor valor agregado y generar empleos de calidad. En Paraguay, la alta tasa de informalidad laboral (que ronda el 65%) está estrechamente ligada a los bajos niveles de escolaridad. Una persona que no termina la educación secundaria está condenada a empleos de baja remuneración, sin seguridad social, perpetuando así la pobreza y vulnerabilidad intergeneracional.
El sistema educativo actual actúa como un espejo de las desigualdades persistentes en lugar de ser un igualador social. Las escuelas públicas carecen de infraestructura básica, conectividad y docentes capacitados.
El bilingüismo guaraní-castellano representa un desafío pedagógico único. Si no se implementan programas de educación bilingüe efectivos que respeten la lengua materna del estudiante mientras se garantiza la competencia en la lengua de instrucción científica y comercial, se está marginando a una gran parte de la población del acceso a niveles superiores de conocimiento.
En Paraguay, la cobertura en educación inicial sigue siendo baja. Al descuidar esta etapa, el Estado permite que las deficiencias cognitivas y nutricionales afecten el rendimiento futuro de los estudiantes. Para alcanzar el desarrollo, es imperativo que las políticas públicas prioricen la estimulación temprana y la nutrición, garantizando que todos los niños y niñas lleguen al sistema escolar con las mismas capacidades biológicas y cognitivas para aprender. La educación escolar básica y media tienen brechas en coberturas y adolecen de baja calidad del aprendizaje.
El desarrollo moderno exige la transición de una economía de “extracción” a una de “creación”. Esto requiere de una reforma profunda en la educación superior y en la inversión en investigación y desarrollo. La universidad paraguaya debe dejar de ser meramente profesionalizante para convertirse en un centro de generación de conocimiento.
La educación no es un gasto, sino la inversión más rentable que Paraguay puede realizar para asegurar su futuro. El crecimiento económico sin una base educativa sólida es frágil y excluyente. Para que Paraguay logre dar el salto cualitativo hacia el desarrollo, debe existir un pacto nacional que trascienda los periodos gubernamentales y coloque a la educación en el centro de la agenda de Estado.
El camino hacia el desarrollo exige cerrar las brechas de cobertura y calidad, proteger la infancia y adolescencia y dignificar la labor docente. Solo cuando el sistema educativo logre transformar el bono demográfico –esa gran cantidad de jóvenes que posee el país– en un bono de talento y productividad, Paraguay podrá reclamar su lugar como una nación desarrollada, justa y soberana en el concierto internacional.