12 abr. 2026

La dama de los tambores

En Cambá Cuá, los tambores se fabrican con mano femenina. Desde hace cinco años, Dominga Medina y su esposo Jorge Núñez hacen los instrumentos con los que un grupo de afrodescendientes ejecutan sus músicas y acompañan sus bailes.

Fabricante de tambores

Revista Vida

Foto: Andrés Catalán.

Soy la única”, repite Dominga Ina Medina. Lo dice con orgullo y está segura de que no existe otra mujer en el país que se dedique a fabricar tambores y tamboriles. Por eso resalta este hecho cada vez que alguien le pregunta sobre su singular actividad, que se desarrolla en la no menos singular comunidad de Cambá Cuá.
El lugar en el que se asentaron los afrodescendientes que acompañaron en su exilio al caudillo oriental José Gervasio de Artigas es hoy un populoso barrio enclavado en Fernando de la Mora, en el límite con San Lorenzo. Sus habitantes se esfuerzan por mantener vivas las tradiciones que sus mayores les legaron, entre ellas, la música y la danza.
Hija de la necesidad
Ambas manifestaciones artísticas, el baile y la música de ascendencia africana, se sostienen en los sonidos que producen los tambores y tamboriles, que cada 6 de enero acompañan las celebraciones en homenaje a San Baltasar, el rey mago de piel muy oscura que en la tradición representa a quienes provienen del continente cuna del linaje humano.
Un lustro atrás, la capilla de Cambá Cuá, lugar de reunión para feligreses y artistas —casi todos son ambas cosas en la comunidad—, se quedó sin sus tambores. Lo que motivó esta situación es una historia que Ina y Jorge, su marido y compañero de labor, prefieren no repetir, tal vez porque esconde un desencuentro entre hermanos, por algún asunto baladí que no fue bien resuelto.
Como en el cuartel —cuando hay que despertar a la tropa—, compara Jorge, el 5 de enero a la noche y el 6 de enero a la madrugada hay que tocar el tambor, izar las tres banderas, la de la patria, la de la Iglesia y la de la comunidad, roja y amarilla.
Ese día, hace unos cinco años, en el que las banderas estaban pero los tambores no, Ina decidió poner —literalmente— manos a la obra y fabricar ella misma los instrumentos. Ya había hecho algunos intentos porque se había interesado en la manufactura de los tambores observando a sus primos, quienes a su vez habían heredado los conocimientos de sus antepasados.
Labor pareja
“Si ellos pueden hacerlo, por qué yo no”, se envalentonó Ina y comenzó una tarea en la que encontró una gratificación quizás más espiritual que monetaria. Hasta entonces se dedicaba a las labores domésticas y Jorge, maestro mayor de obras devenido en vendedor de seguros, nunca se planteó otras ocupaciones.
Años atrás, afrodescendientes uruguayos visitaron Cambá Cuá para instruir a los paraguayos en técnicas más avanzadas de fabricación de tambores. Y la técnica se enriqueció.
“Teníamos un tambor con base de metal. Antes era más fácil conseguir un pedazo de chapa, doblarlo y hacer el tambor. Mucho antes, se talaba un árbol, se cortaba y se le iba haciendo un hueco, dándole forma”, recuerda Jorge.
Ina y Jorge fueron dos de los 16 interesados que decidieron inscribirse en el curso de una semana de duración que ofrecieron los uruguayos, y los únicos que finalmente se dedicaron al oficio de fabricantes de tambores.
El proceso
La confección comienza con la elección de la madera, que puede ser de cedro o de pino. Comúnmente es este último el material más utilizado, porque es más económico pero de calidad inferior. Ambas se obtienen en el depósito de maderas.
El material pasa después por la carpintería, en donde se lo corta en tablitas rectangulares. Luego, Jorge se encarga de darle forma en su domicilio con sus propias herramientas. Ahí asume la tarea Ina, quien se encarga de hervir las duelas durante cuatro horas y de colocarlas después en los bastidores para que adquieran una forma curva.
Las que están mejor dobladas se eligen para formar parte del tambor. De lo bien curvadas que estén depende que queden parejas, por dentro y por fuera, para que el uso de la lija y la escofina sea menor, explica Ina, quien se turna con Jorge para esta tarea.
Las duelas son pegadas entre sí con cola y así la base del tambor adquiere su característica forma ahusada. Un bombo, el mayor de esta familia de instrumentos, requiere el ensamblaje de 42 tablitas.
La membrana se confecciona con cuero de caballo, que se compra en la curtiembre. “Ponemos el cuero en un tambor con cal durante una semana; al cabo de ese tiempo, se saca y se pela. Voy cortando por pedazos y los dejo dos días en agua, porque se endurece de nuevo, poco antes de armar el tambor”, explica la artesana.
El toque final lo da Jorge, encargado de pintar los instrumentos con los colores que identifican a la comunidad, el rojo y el amarillo que la tradición pictórica atribuye a San Baltasar, y el negro de la piel de los afrodescendientes.
Cotización
Ina ya lleva confeccionados alrededor de 40 tambores desde que empezara este oficio hace cinco años; 20 de ellos para la capilla.
Dos de los tambores de Ina ya fueron vendidos a compradores del exterior. Uno de ellos vino desde Japón para adquirir un instrumento y otro desde Estados Unidos. Un tercero fue obsequiado a la embajadora de Estados Unidos.
El tambor más pequeño tiene un costo de fabricación de G. 200.000 guaraníes y se puede vender hasta por G. 400.000. Confeccionar un bombo, el de mayor tamaño, puede tener un costo de G. 600.000 y un precio de venta superior al millón de la misma moneda.
Ina y Jorge aspiran a ser miembros de la Asociación de Artesanos del Paraguay y también a acceder a la ayuda oficial y que Cambá Cuá forme parte del circuito turístico de la Secretaría Nacional de Turismo (Senatur).
Otro objetivo, más modesto pero no menos significativo, es convertir al centro comunitario de Cambá Cuá en sede de una exposición permanente de tambores y tamboriles, en la que también funcione una carpintería. Así, la tradición africana en Paraguay estará a salvo y sobrevivirá para beneficio de otras generaciones.


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