Por Alfredo Boccia Paz - galiboc@tigo.com.py
En estos días participé de un seminario internacional sobre la Operación Cóndor en Brasilia, organizado por la Cámara de Diputados del vecino país.
Los brasileños -con cierto atraso con respecto a los países de la región- han instalado una Comisión de Verdad y se vuelcan a descubrir lo sucedido en el pasado reciente. El evento fue oportuno para reencontrarme con los más importantes investigadores de la memoria histórica sudamericana, uno de los temas que me apasionan.
Fue inevitable que en las charlas informales surgieran preguntas del tipo ¿hubo un golpe de Estado en Paraguay? ¿Por qué? A mí, más que contestarles, me interesaba saber qué pensaban ellos -periodistas, sociólogos, historiadores-, todos bien informados en cuestiones políticas, desde una visión más alejada de las pasiones que hoy enfrentan a la sociedad paraguaya.
El contexto general que tienen del Paraguay es el de un país con una histórica vocación autoritaria, con una democracia joven y frágil que no pudo dar solución a los problemas derivados de la desigualdad y la pobreza y con una derecha terrateniente y retrógrada. Las opiniones sobre Lugo variaban según el mayor o menor peso que cada interlocutor otorgaba a los escándalos que jalonaron su vida y a su falta de cintura política. En lo que había unanimidad era en que no se lo podía acusar de ser socialista ni de haberse sumado al polo bolivariano. Lo de Paraguay, lo dijo alguien, era solo un progresismo retardado.
La desconfianza sobre los motivos que llevaron a la destitución de Lugo se centra en la imagen de enorme corrupción que tiene el Parlamento y en la sujeción de los partidos tradicionales a los intereses de los verdaderos poderes fácticos del país.
No les extrañó que las Fuerzas Armadas se hayan mantenido prescindentes durante la crisis.
El neogolpismo ya no las necesita como en la década del setenta, por lo menos en las democracias menos sólidas, como la de Honduras y la de Paraguay. Hoy los golpes son más amables, tienen un barniz de legalidad y ya no derraman tanta sangre. Pero los intereses que los mueven siguen siendo los mismos.
El daño producido a una institucionalidad -que ya era gelatinosa antes de lo ocurrido- se aprecia en la tapa de la revista Carta Capital, que trae la foto de Lugo con la frase: “En lo del vecino es más difícil recibir una multa de tránsito que destituir un presidente”.
Dejaron, sin embargo, un resquicio al optimismo. Sostienen que hay procesos sociales que no podrán ser contenidos. Al respecto, el periodista uruguayo Samuel Blixen recordó una anécdota de los años en que era preso político durante la dictadura. Decía él que los compañeros se preguntaban por qué habían fracasado, teniendo la razón. Entonces les habló de la poco conocida cuarta ley dialéctica de Marx: se trata de un retroceso transitorio del avance. Algunos tardaron en enterarse de que la ley no existía.