30 may. 2026

“La agricultura familiar debe dejar de subsistir y pasar a hacer negocio”

El titular agrícola afirmó que su gestión apunta a dejar atrás el asistencialismo a la agricultura familiar e impulsar su inserción en el mercado. Reiteró, además, que el Gobierno quiere seguir vacunando contra la aftosa.

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Paz en el campo. El ministro Carlos Giménez sostiene que solo hay paz en el campo cuando se vende la producción.

A poco más de dos años de asumir al frente del Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG), el ministro Carlos Giménez traza un balance de su gestión centrado en un cambio de enfoque: pasar del asistencialismo a la construcción de una agricultura familiar integrada al mercado. En esta entrevista, aborda los avances en horticultura –con el tomate como caso emblemático–, la lucha contra el contrabando, el acceso al crédito, la comercialización, el precio de la carne, la sanidad animal y la postura del Gobierno sobre la vacunación contra la fiebre aftosa. Giménez defiende la planificación productiva, la formalización y la sostenibilidad como ejes para garantizar ingresos estables al productor y precios justos al consumidor.
–Ministro, desde que asumió, ¿cuál considera que fue el mayor logro de su gestión?
–Desde el inicio nosotros diagramamos claramente nuestras acciones como institución. Paraguay tiene dos tipos de agricultura bien definidas: la agricultura empresarial, extensiva, exportadora, que genera gran parte del PIB, y la agricultura familiar, que históricamente estuvo marginada y con problemas recurrentes de mercado, crédito y presencia del Estado. Nuestro mayor logro fue sincerarnos con la agricultura familiar, iniciar un diálogo real y empezar a cambiar el enfoque: dejar atrás el asistencialismo y trabajar para que el productor sea eficiente, se inserte en el mercado y mejore su calidad de vida.

–¿La agricultura familiar fue entonces el principal foco de su gestión?

–¡Sin duda! Encontramos que durante años el Estado acompañó con recursos importantes, pero sin resultados sostenibles. Eso generó un sector productivo ineficiente, que reclamaba cada vez con más fuerza. Nosotros dijimos: “Vamos a planificar políticas públicas que realmente mejoren la vida de la gente”. Un ejemplo claro es el tomate. En diciembre de 2023, el kilo llegó a costar G. 25.000, un precio traumático e inflacionario. A partir de ahí, trabajamos en un plan de producción sostenible, fortaleciendo la horticultura, que es clave porque genera ingresos cotidianos.

–¿Qué cambió concretamente en la producción hortícola?

–Hicimos un trabajo técnico, con selección rigurosa de beneficiarios y un fortalecimiento interno del Ministerio. Hoy podemos decir que este año solo importamos tomate un mes; los otros once meses fueron con producción nacional. Actualmente, el kilo de tomate está entre G. 4.000 y G. 6.000 en finca, y en góndola ronda los G. 7.000 u 8.000, muy por debajo de los G. 10.000, que consideramos un precio razonable y no inflacionario.

–¿Cómo se logra evitar esas subas y caídas bruscas de precios?

–Con oferta sostenible. Antes había meses con sobreproducción y otros sin nada, lo que fomentaba la especulación. Hoy logramos producir durante todo el año. Incluso este año, por primera vez, con producción de verano. En febrero, cuando inicia el periodo escolar y aumenta la demanda, ya teníamos tomate nacional. Eso generó ingresos importantes para los productores; verlos vender a buen precio fue una enorme satisfacción.

–¿Y qué pasa cuando hay sobreoferta?

–Ahí entra la planificación y la diversificación. No se puede apostar a un solo rubro. Si el tomate baja, pero el locote está bien, el productor equilibra. Esto es agronegocio. La agricultura familiar no puede ser solo de subsistencia; debe ser un negocio.

–Usted suele hablar de mercado. ¿Realmente hay mercado para la agricultura familiar?

–Absolutamente. Decir que no hay mercado es falso. Lo demostramos con números. En ferias, pasamos de G. 54.000 millones en 2023 a G. 76.000 millones en 2024, y en 2025 superamos los G. 100.000 millones ya en octubre. En total, la agricultura familiar está generando alrededor de USD 56 millones. Eso es mucha plata. El problema es que durante años se promovió una agricultura de subsistencia, no una agricultura de mercado.

–¿Cómo evitar que la asistencia se convierta en asistencialismo?

–El Ministerio no debe ser asistencialista. Debe dar el impulso inicial, mostrar el camino y luego ayudar a que el productor se autofinancie. Hoy asistimos a unas 61.000 familias, con un presupuesto 34% menor que antes. Nuestro objetivo es que cada año un porcentaje de esas familias se formalice, acceda a crédito y sea autosustentable.

–Justamente, el acceso al crédito sigue siendo una dificultad…

–Crédito hay. El problema es la informalidad. Para acceder a crédito hay que demostrar capacidad de pago. Por eso insistimos en vender, facturar, mostrar cuánto se produce. Hoy hay líneas del Banco Nacional de Fomento, con hasta dos años de gracia y plazos de hasta diez años. Queremos que el productor sea cliente del sistema financiero, no dependiente del Ministerio.

–¿Qué rol juegan las ferias en este proceso?

–Son fundamentales. El ingreso promedio por familia en una feria es de G. 2 millones a G. 2,5 millones. Muchos productores descubren que pueden vender lo que antes se desperdiciaba: limón, aguacate, frutas del patio. Eso cambia la mentalidad; dejan de verse como pobres y empiezan a verse como productores con oportunidades.

–Pasando a otro tema: el contrabando sigue afectando a la producción nacional. ¿Qué balance hace?

–El contrabando es un negocio y siempre va a existir mientras sea rentable. El mejor antídoto es la autosuficiencia: si tenemos oferta todo el año, deja de ser atractivo traer productos de afuera. Hoy hay una sensación de paz en el campo porque el productor está vendiendo. Cuando puede vender, no se presta a shows políticos ni a manipulaciones.

–En cuanto a la carne, Paraguay ganó mercados, pero el precio interno subió. ¿Cómo evalúan esta situación?

–La FAO nos confirmó un dato importante: cuando baja el precio internacional, la baja se traslada rápido al productor; cuando sube, la suba se traslada de forma lenta y parcial. Hay una fuerte concentración en la industria, un oligopolio. El 70% de la carne se exporta y solo el 30% queda para consumo interno. Ese 30% debe tener un precio acorde a la capacidad adquisitiva del paraguayo. Un aumento del 17% es muy fuerte y es inflacionario.

–¿Qué se puede hacer para mejorar el acceso a la carne?

–Hay que fortalecer los circuitos cortos: mataderías municipales, mercados locales, con control sanitario. Se trabajó mucho en exportación, pero se descuidó el consumo interno. Eso hay que corregir con políticas públicas.

–Finalmente, sobre la fiebre aftosa: ¿cuál es la postura oficial del Gobierno respecto a la vacunación?

–La postura del Gobierno es clara: seguir vacunando. Paraguay tiene una frontera extensa con Brasil, Argentina y Bolivia. Un brote sería catastrófico. No podemos arriesgar nuestro principal patrimonio, que es la ganadería. Este es un tema que debe seguir discutiéndose con el Senacsa, los gremios y el Gobierno, pero no es perentorio. Ya está calendarizada la vacunación para 2026. La prevención es la mejor herramienta y hoy no hay ninguna ventaja económica real en dejar de vacunar..

Hay un oligopolio en la industria cárnica (...). Solo el 30% de la carne queda para consumo interno y debe tener un precio acorde a la capacidad adquisitiva del paraguayo.

Nuestro mayor logro fue sincerarnos con la agricultura familiar y cambiar el enfoque: dejar atrás el asistencialismo y trabajar para que el productor sea eficiente y se inserte en el mercado.

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