Opinión

La agenda inmoral

Carolina Cuenca

Sé que es más políticamente correcto hablar hoy de ética en vez de moral, porque este último concepto ha sido vilipendiado en nombre de la libertad desde hace demasiado tiempo. Tratar de hablar de moral en muchos ambientes como el político es visto por algunos como un intento de imponer una religión, más o menos.

Sin embargo, el ser humano es un ser intrínsecamente moral, le inspira el bien y rechaza el mal, aunque a veces no nos ponemos de acuerdo con los límites y hoy hasta se confunden los tantos. La moral, aunque no la mencionemos, es la que mueve a la indignación ante la corrupción, es la que fortalece las instituciones sociales, es la que debería enseñarse en la casa, como decían las abuelas sabias.

Cuando hablamos de desarrollo, y es lo que se hizo en Nairobi, Kenia, días pasados, en una cumbre internacional con muchos desafíos y también cuestionamientos, sin duda, debemos hablar de economía, de bien común, de empresa, de Estado, de cuidado de la naturaleza, pero en ninguno de esos temas podemos dejar de lado la moral.

Hay una postura sobre el desarrollo global que podríamos denominar estructuralista, ya que considera que abriendo ministerios y generando burocracias estatales con dinero del pueblo, ya se logra instalar el tema desarrollo y se avanza en una agenda ideal. La trampa está en que sin compromiso personal y libre de los pobres en su desarrollo, la pobreza es solo un instrumento de poder que en nada favorece a los pobres. Además, si los pobres se desarrollan, esos ministerios desaparecen, también sus presupuestos se destinan a otros menesteres, muchas oenegés y su folletería cara deberán trabajar en otros rubros… sin pobreza qué sentido tiene “la clase dirigencial” de ciertos eternizados intermediadores sociales, etcétera.

Otros ven el desarrollo desde la perspectiva de una ética nominalista, donde supuestamente bastaría cambiar el lenguaje, la etiqueta, para mejorar o empeorar la situación. Así, surgieron los discursos sobre si llamar pobres o excluidos o en situación de desarrollo a quienes hoy, hoy, hoy no llevarán suficiente comida a su familia, ni dormirán en una casa decente. Como ejemplo bien actual, hemos escuchado una vez más en Nairobi, y esto viene imponiéndose sobre todo desde la Conferencia de El Cairo hace 25 años, como algunos capos de la Cosa Nostra global instalada en esa cumbre, venden la idea de que lo esencial como factor de desarrollo económico es cambiar la expresión “control de la natalidad” por “promoción de la salud sexual y reproductiva”, aunque ambos incluyen el aborto como medida preponderante para atacar la pobreza matando niños en el vientre de sus madres, y promueven una “sensibilización” sistemática y mundial (alias ideologizado endurecimiento sicológico y espiritual para desechar la culpa que trae consigo el asesinato de inocentes). Es la agenda inmoral y fracasada que está llevando a buena parte del mundo al invierno poblacional, a problemas de seguridad social insostenible y problemas migratorios acuciantes. Paraguay presentó reservas a la agenda inmoral, el pobre paraguayo ve en la vida de sus hijos, de sus niños, una inspiración no una causa de su mal. Pero sus políticos se debaten intensamente sobre si terminar de aceptar el dinero y la nueva ética globalista pasando por alto su moral ancestral de respeto a la vida o resistir con decoro y apostar por políticas alternativas de desarrollo real, que requieren recuperar la dignidad de quienes no buscan depender, sino liberarse de la burocracia, el honor de quienes muestran su laboriosidad y su honestidad como medallas, la fortaleza y la solidaridad familiar en la comunidad de personas libres. Sería razonable y justo recomponer el tejido moral de la nación como verdadero factor de desarrollo sostenible, como predicaba monseñor Rolón contra la dictadura, pero no sé si la moral está en la agenda de nuestros gobernantes.

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