Desde hoy, 18 de diciembre, faltarán exactamente 14 días entre la culminación del 2025 y el inicio del 2026. La fecha coincide exactamente con lo que ocurrió el año pasado.
Son dos semanas las que quedan a este periodo de tiempo, días en que la carrera por llegar a ninguna parte empieza a lo loco. El tiempo en que los perros le meten pata al acelerador intentando romper la barrera del sonido y cruzar la esquina en rojo antes que dé verde al otro lado.
Este periodo del reemplazo de un calendario, el embrague de la cordura parece soltarse alrededor del mundo. Las fauces del consumismo y el capitalismo desaforado engullen los billetes que pudieron llegar a los raquíticos bolsillos, cual Kraken en periodo de hambruna.
En las películas podemos ver como las estampidas de compradores se abalanzan en los comercios en estas fechas. Esas avalanchas humanas y el frío extremo son las imágenes con las que nos familiarizamos.
Las que si conocemos plenamente, son los sonidos, olores y ruidos que son habituales en Navidad, Año Nuevo y un poco menos Día de Reyes, en la roja tierra guaraní.
Por ejemplo te altera todo mal el sistema nervioso cuando la ANDE corta el cable de internet y no tenés como trabajar en forma, desatando una catástrofe humanitaria en esta vida moderna.
El calor extremo es un símbolo de estos días. A partir de las 9.00 de la mañana las gotas de sudor irán multiplicándose hasta ser involuntaria ducha al atardecer.
Entre el 23 y 24 aparecen improvisados rings. Un roce, un adelantamiento, unos segundos de más en el semáforo representan el campanazo que da inicio a puteadas mutuas, lanzamientos de objetos y finalmente épicos intercambios de puñetazos en el caliente asfalto.
El pire vai colectivo no solo está en el tránsito. Los supermercados también han tenido sus memorables veladas boxística como previa a la noche de paz, noche de amor.
No puede olvidarse las horas previas a la madre de todas las batallas en esta época del año: La mesa familiar de Nochebuena.
Los nervios de punta aparecen porque justo se acabó el gas cuando estaban preparando por primera vez la sopa, el pollo aún tiene plumas y la carne todavía respira.
En el momento del forzado encuentro familiar con la comida lista, es declarado Defcon 4. Se dice lo justo hasta que el tío hurretroll planillero jura que viviemos en un paraíso y sus palabras son seguidas por el primo pubertario de 48 años pubertario que sigue parasitando en la casa materna.
Pareciera ser que compartir ese momento viene con licencia para poner sobre la mesa los resentimientos de hace tiempo.
¿Por qué fulano se quedó con el terreno de la abuela si él nunca le visitaba? ¿Porqué mengana no compró el regalo para la tía Filomena? Mientras de fondo suena la musiquita del arbolito y el espantoso “Faltan cinco para las 12”.
Pero dentro de todo, el 24 sigue siendo tranqui. Son los tres último días del año y el primero donde reina el desmadre.
Es el momento en que muchos no solo eligieron para tirar la casa sino hasta el alma por la ventada. Algunos terminan amaneciendo en un pesebre y otros en el Medio Oriente.
A todo esto ¿Porqué muchos lugares dejaron de regalar calendarios? Antes era una satisfacción recibir los almanaques que ayudan a medir el tiempo de manera casera.
Además muchos de estos tenían imágenes de paisajes idílicos. Y que lo digan los gomeros, dueños de talleres y otros que también usaban estos calendarios no solo para saber qué día aparecía el mboi del mes sino para apreciar, involuntariamente también sus clientes, señoritas con trajes de Eva.
Si bien haber completado 12 meses es una alegría que tiene que celebrarse, tampoco es motivo para enloquecer sin sentido. Es mejor darse el tiempo para disfrutar de lo que queda del año. Es aplicarle nomás Keep calm ha he’u nde clericó.