09 ago 2026

Gracias al presidente Cartes

Por Mario Rubén Álvarez – alva@uhora.com.py

Mario Rubén Álvarez

Mario Rubén Álvarez

Si solamente los stronistas nostálgicos hubieran hecho el cada vez más escaso y poco ruidoso ñembokapu del inicio del día 3 de noviembre, la fecha hubiera pasado como ya lo es: sin pena ni gloria.

Eso hubiera concordado con el paulatino olvido de las barbaridades del Tiranosaurio y el lamentable desconocimiento de lo que fue su gobierno de terror por parte de la mayoría de los jóvenes.

El que vino a salvar la fecha y a poner de nuevo ante la memoria colectiva la figura del dictador fue el presidente Horacio Cartes, incapaz de frenar su incontinencia verbal.

Al elogiarlo, no hizo otra cosa que pulsar el disparador de la memoria para recordar que asesinó a 336 compatriotas, ejecutó a 59, apresó a 19.862 personas, torturó a 18.762 y arrojó al exilio a 3.470.

Esas cifras navegan en las redes sociales, refrescan el recuerdo de los olvidadizos, despiertan preguntas y resucitan los dolores que provocó a nuestro pueblo.

Stroessner —a través de sus ta’ýra sanguinarios como Montanaro, Coronel o el comisario Cantero, Irrazábal, Cáceres Spelt, Víctor Martínez, Édgar L., “Sapriza”, Grau y Kururu Pire— enterraba vivos a los que decía que eran sus enemigos y eran solo campesinos deseosos de comer cuatro veces al día; pileteaba a los que creía que tenían algo que “cantar"; apresaba por leer Rayuela, de Julio Cortázar, y prohibía que se difundieran en las radios las obras de Méndez Fleitas, correligionario suyo al que traicionó y lo dejó morir en el destierro con la nostalgia atorada en la garganta.

Dueño no solo de vidas y haciendas, se apoderó hasta de la altura de los ríos en temporadas de creciente e hizo que la rotura de la capa de ozono pasase desapercibida en la información oficial de la Dirección de Meteorología.

La paz que impuso era la de los sepulcros. El orden, resultado de su siembra de terror.

Su casta de aduladores incondicionales —los primeros en correr la noche del 2 de febrero de 1989— le rendían pleitesía y, a cambio de su lealtad, les permitía ser un Stroessner’i en sus feudos reproduciendo su autoritarismo.

Recordar a Stroessner es revivir las negras madrugadas en que la Caperucita alimentaba su vientre para desparramar a sus víctimas en Investigaciones, la Técnica o la Comisaría Séptima.

Vano será reprochar a Cartes por recordar a su ídolo. No hay mal que por bien no venga.

Gracias a él vuelven las atrocidades stronianas y la convicción de que la historia paraguaya nunca más debe parir un monstruo como él.