Por quién votar?” Es una pregunta genuina, pero quizás mal planteada en este tiempo de incertidumbres y desencantos. Quizás, lo más inteligente sea cuestionarnos “¿Quiénes somos los votantes hoy?” Sacar por un momento el foco de los candidatos y sus grupos de poder y mirarnos a nosotros mismos, los votantes.
La idea fuerza de la política parece hoy encasillada en el poder y sus ganancias materiales y efímeras, incluida la sensación de triunfo ante los contrincantes. Casi no se escuchan propuestas porque el contenido está desacreditado como su discurso. Lo que interesa a muchos es subir a la nave vencedora y ver quemarse la del enemigo electoral.
Pero no es un fenómeno solo local, es global, crece la desconfianza hacia los poderes políticos, pero también crece de nuevo el interés por influir en la política. Parece un contrasentido, pero tiene su explicación.
Siguiendo el pensamiento del filósofo francés Jacques Maritain, lo que urge no es vencer en las votaciones de este domingo ni siquiera fortalecer la democracia meramente estructural, sino más bien recuperar el “sujeto de la política”. Lo que urge es restituir en el centro de los debates a sus protagonistas, las personas concretas, con sus aspiraciones y necesidades reales, con sus paradojas existenciales y con su dignidad ontológica. La actividad del Estado debe estar relacionada con la actividad social y personal de los ciudadanos de a pie.
Maritain aclaraba que el ser humano es ciertamente un individuo que compite y busca éxito en sus empresas frente a la sociedad que le exige un altruismo que, a la vez, obstaculiza. Es muy difícil practicar la virtud y triunfar como individuos en la sociedad que exige éxito, pero a la vez espera una bondad que no enseña ni premia.
Pero los votantes no somos solo individuos en busca de nuestros afanes egoístas, somos persona (seres humanos dotados de inteligencia, voluntad y libertad).
Si el sujeto político es una persona, con dimensiones espirituales, sociales, racionales, emocionales y físicas, eso implica que los gobernantes deben dejar de encasillarnos como simples átomos aislados individualistas. También implica que el ser humano de carne y hueso, con sus grandezas y bajezas, es un fin para el Estado y no un medio con el que rellenar planillas y establecer políticas intromisivas, forzando una burocratización y protocolización desmedida de la vida social. El votante no es una masa a quien controlar. Es libre.
Maritain sostiene que el Estado no es un sujeto de derechos absoluto ni un fin en sí mismo. Es un instrumento o un organismo técnico al servicio del cuerpo político y de la realización del ser humano y la sociedad. Por tanto, pretender que los candidatos sean ídolos de bronce a quienes rendir pleitesía en un paraíso materialista o mercantilista es un engaño y una deformación. El Paraguay que queremos, lo tenemos que hacer nosotros (ñande mante jajapóta), como decía la Iglesia en una campaña del año 1997.
Tampoco podemos reducir el sujeto político a un simple “ente económico”, como proponen los marxistas y otros. Es triste ver cómo se mencionan solo obras materiales a la hora de mostrar méritos de gobierno o aspiraciones. El “Humanismo Integral” de Maritain aboga por la atención del bien común que implica un desarrollo moral de la comunidad, pluralista y orgánica, cuya soberanía no nace desde arriba, sino desde abajo.
Hacer comunidad es el gran paso hacia el desarrollo real. Entonces, los buenos gobernantes serán aquellos que reconozcan su rol subsidiario y fomenten las agrupaciones libres en las comunidades (familias, asociaciones, clubes, gremios).
Además, la política está unida a la ética. No es técnica de dominación ni fruto del marketing; lo que la hace interesante es que desde ella realmente se puede hacer el bien y evitar grandes males, siempre que cumpla su rol subsidiario, sin pasar por encima de las personas, las familias y las comunidades, que son anteriores y más esenciales que los aparatos administrativos.
Recuperar el sujeto político exige que las decisiones de Gobierno se funden en los derechos humanos, en la ley natural y en sentimientos positivos que hacen posible la convivencia como son la solidaridad y el respeto.