Podés tener una ferretería y vender coquitos a escolares, que en lo único que se asemeja a los elementos que se venden en un negocio como estos es que los panecillos son tan duros, que se parecen a los bulones. Pero no importa porque es para los escolares y, se supone, es un regalo. No de la ferretería desde luego, sino del Estado, que da alegremente una licitación a quien no corresponde.
En este país esto es posible, todo se puede en contravención a las leyes mínimas de higiene: una ferretería es el lugar menos indicado para vender pan. Pero aquí se puede...
Podés tener una funeraria y vender, primero leche (otra vez los escolares en cartelera) y después gasoil que es algo que da la vaca y la tierra, que es donde van a parar los féretros, así que algo tiene que ver con la empresa de marras. En este país de maravillas y milagros para algunos, esto se puede.
Podés ser pobre, luego político y enriquecer de una manera tan meteórica, que des envidia a la NASA por ese desafío a la velocidad que tiene a mal traer a los científicos de allá. Es más, hasta te podés dar el lujo de no dar ningún tipo de explicaciones sobre ese incremento dudoso a tus arcas porque tu declaración jurada todavía está en blanco.
Podés un día pedir fiado y después tener una estancia con casa incluida. En este país esto se puede porque las leyes y los tribunales están hechos para los “peces chicos”, llámense tortoleros, ladrones de gallinas, cacos a domicilio y otros rubros pequeños por el estilo. Cuando un hombre poderoso haga lo mismo en vez de robo, diremos “malversación”, si es un influyente político que desvió una suma sideral, no llamaremos eso estafa, sino “lesión de confianza”. Con estos paliativos verbales, el perdón no se hace esperar y si no hay indulgencia que valga, no se preocupe, con solo esperar la extinción de la causa esto se puede y aquí no ha pasado nada. Porque en este país todo se puede.
No hace falta cumplir con las promesas electorales, porque se supone que no es otra cosa que el mismo comportamiento cuando uno quiere conquistar a una chica. Se le dicen todo tipo de piropos, halagos y bondades, se le atribuyen todo tipo de atributos y, cuando has logrado tu objetivo. La chica deja de ser esa princesa encantada que se creía o que le hicieron creer. Algo así pasa con la gente, otrora votante, que dejó de creer por ejemplo en el “tractor amarillo” que no bien fue elegido se encargó de incumplir la promesa ciclópea de eliminar los baches de Asunción. Al final lo único cierto de tales elecciones es que el tractor era un dibujo animado. Pero no importa, porque en este país eso puede, es un territorio de milagros y versares varios.
También se puede ser honrado. E´a, ¿quién es el loco que dijo eso?
Pero sí, es cierto; también se puede.