26 sept 2026

El muchachito de pueblo


Consultada por el Correo Semanal de Última Hora, la compañera de Roa Bastos en los tiempos de la escritura de Yo el Supremo, cuenta la génesis de esa novela paradigmática y los entretelones de la vida del escritor.

Por Amelia Nassi (Máster en Letras)

Augusto era una persona de gustos muy sencillos, yo diría austero. No fumaba, no bebía, salvo en los brindis protocolares, por supuesto no conocía la droga. Su bebida preferida era el té. Los paraguayos que venían de Asunción traían como regalo una caja de té Lipton. No había en Argentina. Nos gustaba tomar sol, así que cuando podíamos íbamos a una zona de Buenos Aires cerca del río que se llama Núñez. Allí, además, jugábamos pelota a paleta.

Esa austeridad de la que te hablaba hacía que no fuera muy afecto a las fiestas multitudinarias, sino más bien al recogimiento de una charla entre amigos. Visitábamos a Eva y Carlos Abente.

En esas oportunidades, Augusto generalmente le leía a Carlos lo que estaba escribiendo, Carlos fue siempre su primer “oidor”. En casa de los Abente solían estar José Asunción Flores y otros paraguayos exiliados. Nos veíamos con Coty y Édgar Valdés, Tomás Eloy Martínez, Chichú y Evelio Fernández Arévalos, con la extraordinaria actriz Nelly Prono. Cuando viajaba a Argentina nos visitaba el francés Jean Andreu (el Charles Andreu Legard, personaje de Yo el Supremo), con quien mantuvo correspondencia durante toda la escritura del libro. Andreu fue quien gestionó en Toulouse el nombramiento de Augusto como profesor en la Universidad de Toulouse Le Mirail en el 76, gesto que tal vez nos salvó la vida porque Argentina estaba peligrosa para nosotros durante la dictadura militar. Emigrar a Francia fue para Augusto el segundo exilio más duro porque se alejaba de América, para mí era el primero.

Roa Bastos y la música

Tenía una voz armoniosa, cantaba bien. De joven en Asunción había cantado por radio con José Asunción Flores, a quien lo unía una gran amistad y el exilio en Buenos Aires, y con quien hizo muchas canciones. Una de esas canciones es “Cholí”, de la que tengo la partitura. Con Manuel Ortiz Guerrero hizo “Panambí verá” (“Mariposa brillante”). Cantábamos mucho, yo había estudiado piano, así que no me fue difícil aprender a rasguear la guitarra y Augusto tocaba el bombo. Era también una forma de relax. Amaba el folclore argentino, íbamos a los festivales folclóricos muy comunes en los años 60. Le gustaban.

Cuando nos conocimos, Augusto ya había publicado El trueno entre las hojas e Hijo de hombre. En esa época no escribía porque estaba dedicado a los guiones que le proporcionaban una base económica. En el año 1966 publica El baldío, selección de cuentos. Luego, vinieron Los pies sobre el agua, Madera quemada en el 67, Moriencia en el 69 y Cuerpo presente en el 71.

El germen de Yo el Supremo

En 1962 me propuso trasladarnos a Mar del Plata. Quería dedicarse a una novela, era Contravida, novela que no terminó pero que fue el germen de Yo el Supremo. Las razones las expuse en mi artículo “Contravida, novela inédita” (Acción Nº 258, año 2005). Esa novela se transformó en varios cuentos que se publicaron en Moriencia, de 1969. Regresamos a Buenos Aires y comenzó Yo el Supremo. Es importante destacar que en los 60 Buenos Aires tenía un movimiento cultural muy intenso, así como una situación política caótica. Había constantes reuniones en las librerías. Uno entraba a la de Jorge Álvarez y allí estaban debatiendo Tomás Eloy Martínez, Héctor Schmucler (director de la revista Los libros), Daniel Divinsky (creador de Ediciones De la Flor) y muchos otros. Fue en ese contexto que se plasmó Yo el Supremo, y no hubiera podido darse en otra ciudad y en otro momento histórico. El libro se publica en 1974, exactamente 14 años después de Hijo de hombre, su primera novela. La próxima novela, Vigilia del Almirante, se publica en 1992, exactamente 18 años después.

Como te decía, cuando regresamos de Mar del Plata, comienza Yo el Supremo. Dejó su trabajo de guionista y se sumergió en la obra. En esas circunstancias, la situación económica era difícil de sostener pero en 1971 recibe una beca de la Fundación Guggenheim para la creación literaria. Entonces, la pudo terminar sin apremios económicos.

El estilo de Roa Bastos

Supongo que cada escritor tiene su estilo. Augusto no era un escritor hermético, sino todo lo contrario. Me leía constantemente lo que escribía, así que fui conociendo cada frase, cada tema, cada personaje. Además, en aquella época no había computadoras, ni fotocopias. Si una plana tenía un error había que volver a pasarla. Entonces, me decía: “Patiñita, pasame esta hoja de nuevo”. Hubo momentos muy difíciles cuando ya estaba demasiado metido en el personaje, entonces yo no sabía si vivía con Roa Bastos o con el Dr. Francia.

También había momentos muy divertidos, como cuando hicimos juntos la lista de juguetes que Francia encargó para los niños. O momentos simpáticos cuando salió de su escritorio muy entristecido y me dijo: “Mirá lo que Francia le dijo a su hermana: '¿Qué quiere hacer usted en plena vejez con ese corrompido bragante? ¡Hijos huérfanos? ¡Hijarros bezoares?’ ”. O cuando la representación y desfile para el delegado brasileño Correia da Camara, en que un pequeño grupo de infantes pasaba frente al palco y daba vueltas por la Merced y volvía a pasar para alucinar que el ejército era muy numeroso. Así durante 12 horas el pobre Correia “estaba tan descompuesto que resbala sobre el pecho pringando la tornasolada chaqueta”.

El muchachito de pueblo

Creo que a Augusto hay que pensarlo como fue: un muchachito de pueblo, enviado a estudiar a Asunción. Un muchacho que ya en aquel momento tenía una gran pulsión creativa. El exilio lo catapulta a Argentina y aquí escribe toda su obra. La producción literaria paraguaya se plasmó en el exilio y desde allí vuelve a su país. Pensemos en Casaccia, Elvio Romero y otros. Pasan muchos años y ese muchachito de pueblo se convierte en un eximio escritor. A través de la palabra proyecta el Paraguay al mundo, ese su país: “una isla rodeada de tierra”. Como dice Melià: “En su exilio, Roa no dejó nunca de estar en Paraguay, al mismo tiempo que llevó el Paraguay a todo el mundo”.

Hoy, ese largo exilio terminó y sus cenizas descansan en su tierra natal.

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