Opinión

El juicio de las redes sociales

Gustavo A. Olmedo B.

“¡Todos están hablando de eso en las redes!”. “Te digo que es verdad… salió en internet”. “Murió… me llegó por WhatsApp”. Frases como estas se han vuelto comunes en nuestro cotidiano y reflejan la fuerte influencia que hoy tienen estas plataformas virtuales de comunicación.

En estos días, la directora de Capacitaciones de la Contraloría General de la República, asignada recientemente al cargo, presentó su renuncia luego de que sus fotos en traje de baño sean publicadas en las redes sociales, cuestionando su nombramiento, convirtiéndose, en pocos minutos, en una víctima de difamación y calumnia. En base a unas fotografías en Facebook fue descalificada por completo, profesional y hasta moralmente por parte de internautas y portales digitales. Los 18 años de carrera en la institución y dos títulos universitarios sirvieron de muy poco a la hora de juzgar su actuación y capacidad.

Más allá de la campaña de desprestigio que podría haber detrás, o si correspondían subir esas fotografías, muchos usuarios siguieron la línea de las publicaciones de forma acrítica, sin considerar todos los factores en juego. ¿Fueron justos los comentarios? ¿Era completa la información como para emitir un juicio de valor?

El caso pone en evidencia una serie de factores relacionados con las redes sociales, el poder que ejercen en los diferentes niveles de la convivencia humana y social, y, por sobre todo, la responsabilidad y racionalidad que exige su inevitable utilización; tanto por parte del público como de los medios de comunicación que lo utilizan como fuente de información.

En este último caso, los reclamos y las exigencias son mayores, pues, los profesionales del periodismo están llamados al tratamiento riguroso de los datos antes de hacerlos público o considerarlos materia informativa válida. Además, de ellos y las empresas del sector se esperan un manejo responsable y profesional. Se difunde lo que es veraz. Se afirma lo que está verificado y evaluado, ética y técnicamente. Así debe ser.

Por otro lado, cabe reconocer que a pesar de las insistencias de control y cuidado, las fake news o noticias falsas siguen carcomiendo la buena fama de personajes e instituciones, provocando daños irreversibles.

En algunos casos, los microclimas de comentarios y dinámicas grupales que interactúan en las diferentes plataformas originan burbujas de opinión pública; una masa irreal que presiona y hasta termina marcando líneas en medios de comunicación.

Pero las redes exigen responsabilidad principalmente de parte de los usuarios. Son estos los que determinan el tipo de contenido; qué signos –positivo o negativo- llevarán las imágenes, los comentarios, los compartidos, etc.

Una simple fotografía colgada en las plataformas, una frase o material compartido puede significar una herida incurable en la sensible reputación y el delicado prestigio personal. Las redes potencian una cultura visual, donde el “ser” se confunde fácilmente con el “parecer” de las imágenes que se cuelgan.

En esta amplia vidriera mundial somos corresponsables, incluso a nivel legal en algunos países, al dar me gusta o compartir a lo que publican otras personas. ¿Qué reproducimos?

El desafío de las redes es convertirse en herramienta para una cultura del encuentro y no factor de destrucción, morbo y violencia verbal. Para que estos espacios propicien “la solidaridad y el respeto del otro en sus diferencias”, como lo afirmó recientemente Francisco, urge promover el uso racional de las redes, evitando la reproducción de comentarios y materiales de odio; utilizando la inteligencia y el sentido común y crítico a la hora de ser usuarios activos. En medio de tantos flujos, la desinformación se cuela en los muros y perfiles, propiciando reacciones alejadas de la justicia y solidaridad; por ello, la atención y la verificación se vuelven esenciales.

El escrache virtual irresponsable y estéril es signo de una sociedad enferma. Vale denunciar, pero sin denigrar o difamar. Es cuestión de salud mental, de saber qué buscamos y quiénes somos. El problema no son las redes, sino sus usuarios. El reto es aprender a utilizarlos con inteligencia, honestidad y respeto.

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