Opinión

El hilo se corta por lo más delgado

Darío Lugo – @darilu1970

En varios planos de la realidad social se tejen las pugnas cotidianas por el poder, por el acceso a la disponibilidad de recursos y por reivindicar intereses sectarios o mayoritarios. Como resultado de esas idas y venidas, de ese tire y afloje, generalmente el padecimiento recae en el sector más desprotegido, más aún con el flagelo de la pandemia.

Tan solo hay que acceder a los medios o a las redes que evidencian el rosario de quejas, pedidos de auxilio y llantos varios para dimensionar mínimamente lo que se multiplica en el entorno de los hospitales, con familiares desesperados, asistiendo al viacrucis en la compra o búsqueda frenética de medicamentos e insumos, ya que los hospitales están colapsados de pacientes y carecen de elementos mínimos para hacer frente al aumento de casos.

Se traslada ese angustioso reclamo al terreno de la inmunización, ya que detrás de la falta de los inoculantes hay una fuerte danza de intereses de alto nivel, pasando por los importadores privados y llegando incluso al plano diplomático: el compromiso con Taiwán es muy fuerte, que no le permite a Paraguay la libertad de concretar acuerdos con la gigante China continental para dotar de vacunas a cantidades en escala. Una vez más, la población anhelante ve pasar los cargamentos que sí llegan a los países vecinos con gran cantidad de ampollas para su gente.

La descarga de municiones contra el Gobierno errático se patentizó desde los iniciales pedidos de mayor dotación en los sanatorios, la salida a las calles de médicos hastiados de las carencias, y llegó hasta grupos de la población que expresaron su descontento hasta cerca del Congreso Nacional, desatándose una oleada de noches furibundas en las que reinaron la bronca y la represión.

Como colofón, se gestó rápidamente un pedido de juicio político para los principales referentes de la cúpula del Poder Ejecutivo sin mayores resultados, en medio del desorden administrativo, de las mentiras y medias verdades en torno a la llegada de más vacunas, y de la aplicación de medidas exageradas para quienes reclamaron la inoperancia oficial. Resultado: una caza de brujas para “dar el ejemplo”, traducido en la detención y prisión preventiva de tres jóvenes que “osaron incendiar” Colorado Róga.

Sumado a esta maraña de situaciones en las que la ciudadanía –ya desesperanzada por lo que ve– reclama justamente y recibe respuestas gubernamentales ingenuas o bien represión directa, se asiste a nuevas restricciones para circular y desarrollar actividad lucrativa que permita oxigenar a miles de familias paralizadas por el poco o nulo dinamismo que –en algunos casos– ya lleva un año, con sectores sumamente endeudados.

Ciertamente, el objetivo es aminorar la cantidad de casos que deban necesitar una cama urgente, pero las medidas recaen de nuevo con fuerza despiadada sobre ámbitos que ya vinieron cumpliendo a rajatabla los consabidos protocolos y en espacios donde no se contemplan contagios masivos; mientras quienes pueden, siguen viajando orondamente o plasmando encuentros abiertamente ociosos, sin las mínimas medidas de distanciamiento ni protección.

Ante el clamor de humildes trabajadores por compensar las restricciones, el Estado suelta con cuentagotas alguna asistencia económica (que no llega a todos los que la urgen: la informalidad es mayoritaria y no hay registros de las changas u ocupaciones temporarias); en tanto que no se tiene la menor decencia frente los aumentazos en el sueldo de algunos funcionarios públicos o en la sobrefacturación de licitaciones para obras, muchas de ellas innecesarias en tiempos pandémicos.

En esa lucha desigual, con la ciudadanía sujeta a imposiciones antidemocráticas y con autoridades desapegadas de su rol e improvisada en sus acciones, asistimos al casi eterno escenario donde el hilo se corta por la parte más débil. Tal como se observa en general, se avizora poca mejoría y los cambios parecen ya una inquebrantable utopía.

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