Cada persona es un misterio insondable. ¿Quién puede suponer conocer el corazón del hombre? ¿Qué cosa podría llenarlo tanto como para borrar en él todo rastro de deseo y necesidad? La repentina y trágica muerte del talentoso actor Robin Williams, ocurrida el lunes último, en un caso de suicidio aún no confirmado oficialmente, no deja de sorprendernos a todos los que de alguna forma nos emocionamos, reflexionamos y divertimos con tantos de sus personajes y películas.
En diferentes filmes, Williams supo interpretar a personas especiales, de esas que no se encuentran con frecuencia, que buscan la vida plena, aquella que va más allá del simple éxito o la acumulación de dinero, que aman la existencia y se divierten en ella, y brilló al meterse en la piel del inolvidable profesor que provocaba a sus chicos a encontrar esas exigencias profundas y molestosas que arden en el corazón de todo humano, que nos hace tales, aunque –paradójicamente– nos empecinamos en atenuar, en pos de una corrosiva comodidad. Encarnó a seres humanos valiosos, que hicieron del dolor y sacrificio un escalón para seguir adelante, y de la alegría un arma vital.
Pero como parte de una ironía inexplicable de la vida, este magnífico actor, que tan bien había enfrentado en sus películas la desesperanza y la falta de sentido, termina en las garras de la depresión, uno de los males más grandes y difundidos de nuestro tiempo, hasta un final trágico e inexplicable.
¿Cómo puede un hombre con tanta fama, trayectoria y dinero tomar una decisión tan extrema? ¿Por qué un hombre con tanto talento y recursos puede sucumbir? Estas son preguntas que nunca tendrán una respuesta definitiva.
No en vano la madre Teresa decía con frecuencia que la mayor pobreza del mundo moderno es la soledad y el no sentirse amado, porque solo un amor gratuito sostiene la vida. Pero más allá de las especulaciones, los análisis y el drama de la depresión y sus causas, este lamentable suceso nos invita a reconocer en el hombre esa exigencia infinita, incapaz de quedar satisfecha con simples destellos y ruidos temporales. Además nos provoca a extender nuestra mano y ofrecer nuestra ayuda a aquellos que sufren el drama de la depresión.
Nos dejó un hombre con ojos tristes y gran sonrisa, reconocen sus colegas, a lo se tendría que agregar un gran corazón; quizás inquieto por aquello que personificaba frente a lo que experimentaba cada día en las turbulencias de su vida privada. “El día de hoy no se volverá a repetir. Vive intensamente cada instante...”, exponía este actor en un filme. Un mensaje que vale recordar para entender cuánto necesitamos de un sentido para vivir con plenitud nuestro presente.