<em>Blas Brítez | Periodista</em>
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Apenas terminé de leer La carretera (Mondadori, 2007), hace unos cinco meses, me senté frente a la computadora, extrañamente abatido, escribí en Google el nombre de la novela y de su autor, Cormac McCarthy, y encontré lo que buscaba y sospechaba que encontraría: la confirmación de que la versión cinematográfica del libro era inminente.
“No podría aguantar la tentación Hollywood”, me dije. De hecho, ya en agosto del año pasado estaba en plena producción y su estreno previsto para fines de noviembre del año que pasó recientemente, aunque fue pospuesto para inicios de este 2009. Es que el huraño y huidizo McCarthy se ha pasado a las grandes ligas de la ficción norteamerica-na, las que incluyen, como un conjuro inevitable y esporádicamente artístico, el correla-to cinematográfico. Esto sucede, en el caso de McCarthy, sin perder un ápice de su autenticidad narrativa.
En el año 2000, Billy Bob Thorton filmó Todos los hermosos caballos, junto a Matt Damon y Penélope Cruz, sin mayor éxito. Algo que cambió radicalmente con su anterior novela, del 2005, No country for old man (literalmente, “No es país para viejos”): filmada por los hermanos Coen, ganó varios premios Oscar y catapultó al actor español Javier Bardem a la cima de la pocas veces trascendente pero siempre deseada Hollywood.
La carretera, por su parte, le hizo acreedor del codiciado Premio Pulitzer. Y, ahora, el cineasta John Hillcoat dio movimiento y vida al guión de Joe Penhall, reclutó al montaraz Vigo Mortensen (quien en un anterior papel literario -el Capitán Alatriste, de la soporífera saga de Arturo Pérez Reverte- pasó desapercibido, cuando no simplemente olvidable), a la metamórfica y hermosa Charlize Theron, al niño actor Kodi Smit-McPhee, y rodó La carretera, a sabiendas ya de que McCarthy, por lo menos en los EEUU, es un autor aureolado, recientemente, por el cine.
La novela -que no se consigue en ninguna librería asuncena, a no ser que esté yo bastante ciego- es uno de esos artificios literarios difícilmente traspasables al cine, por lo menos en una versión fiel y directa: tiene pozos, absolutamente necesarios y hermosos, donde no pasa nada y que el espectador de cine (por ende, el director y el productor hollywoodenses) no toleraría. Es muy probable que la película llegue con mayor celeridad que el libro a Asunción. Este artículo pretende, descaradamente, contribuir a que alguna casa de libros lo traiga.
La novela
Decía al principio que había terminado abatido por la lectura de la novela. No más de 200 páginas en donde el mundo se deshace antes de que nos demos cuenta de qué es lo que ha sucedido alrededor de los personajes. Hacía bastante tiempo que un libro no tocaba ciertas fibras mías, no me dejaba tan inerme ante la historia narrada, ni siquiera con la posibilidad de buscar refugio en la complicidad lectora con ciertos personajes, con un extrañamiento atroz que, sin embargo, no mantiene aséptica distancia.
Un padre y su hijo atraviesan la desolación del páramo a que ha quedado reducido un país y aparentemente el mundo -los Estados Unidos, aunque McCarthy no lo diga-, tras una posible tragedia posnuclear. Abundan las bandas de caníbales, las huestes harapien-tas y residuales, los moribundos protagonistas del “fatigoso contraespectáculo de las cosas dejando de existir”. En el centro: dos fugitivos con un carrito de supermercado (como en una metáfora de lo que resta tras la debacle posindustrial), una larga carretera, el mar lejano y posiblemente ceniciento. Ese es el paisaje en el que se mueven padre e hijo, y ese es el paisaje que por momentos oprime al lector como la certera posibilidad de nombrar lo real a la vuelta de la esquina.
Padres e hijos
No conozco otra novela que haya desarrollado tan morosamente la relación padre-hijo en circunstancias tan desfavorables. Uno siente la amenaza de los otros como un heraldo que puede anunciar la muerte.
Para el padre, la sentencia sartreana que habla de la otredad infernal nunca es tan cierta como ahora que el mundo conocido es hostil, una cuestión de vida o muerte; para el niño, todavía una naturaleza tan poco culpable, es la sos-pecha de la existencia de un mundo posible y mínimamente humano en medio de la catástrofe. De ritmo lento, alejado de esos picos de tensión al servicio del lector fugitivo, La carretera es un largo soplo de un viento que quiebra la piel y desgasta el magiste-rio de la esperanza poco a poco. Uno cree que la escapatoria es simplemente imposible. ¿Cuál es el futuro si uno ya vive en él? ¿Dónde está Dios?, se preguntan el padre y el hijo. Las respuestas están en la misma carretera que recorren, en la intransigencia de mantenerse vivos cuando el propio Dios ha muerto.
Mucho se ha hablado de la influencia de Faulkner en McCarthy. Y con razón. Ser un fabulador del Sur más primitivo y oscuro no es la única coincidencia. También el afán de enfrentar y rebelar al hombre contra el dedo acusador del destino lo es. Claro, en la estela de los trágicos griegos, de Shakespeare, de Dostoievski y de Onetti. Aunque sue-ne fácil decirlo, esa literatura no es la más fácil de las que se han escrito a lo largo del tiempo. Abundan las cómodas mistificaciones, las obviedades pasadas por originales, los juegos de la ficción que dicen satisfacer el entretenimiento (su primera finalidad, afirman) mientras banalizan el sustrato existencial que narran. Su aparente dificultad espanta, según los moralistas de la complacencia. Tal vez... ¿pero no es un derecho te-ner en la literatura una reserva de lo osado, de lo difícil, inclusive de lo “aburrido”? Me parece que sí... En todo caso, McCarthy es un heredero de una línea genética literaria norteamericana que busca lo prodigioso en lo más común o le mira la cara al abismo sin demasiado miedo y con arrojo.
Prosa y poesía
La prosa del escritor estadounidense es proteica. Por momentos late en ella la violencia apocalíptica que la misma historia le exige. En otros, una poética piedad humana la hace flotar un poco sobre la superficie del horror. A veces, la sequedad de los diálogos entraña algo profético, aunque lo que se diga no sea más que lo necesario e inmediato. En ese intento, narrado en las primeras páginas, de sacarle gasolina a una manguera de una estación polvorienta, con la certeza de que lo que queda es un olor convertido en “rumor tenue y rancio”, se puede sentir ya la inmensa y peligrosa soledad del mundo en el que recalan los personajes. El hálito de vida es el fuego que llevan, la llama imaginaria pero real que con denuedo defienden hasta hacerla llegar a un lugar indeterminado (proba-blemente inexistente ya) donde se pueda volver a comenzar el mundo y la vida, aunque ya no se pueda.
Hermoso libro, realmente, el de Cormac McCarthy. Una épica del desastre y del amor. No necesita de la película para ser lo que es, aun cuando ésta probablemente se hará más conocida que el original libresco. Incluso hay quienes predicen que Vigo Morten-sen competirá con Sean Penn por la estatuilla del “tío Oscar”. En todo caso, todo sea por alertar acerca del futuro baldío que entrevé el escritor.
Perfil de McCarthy
Cormac Mac Carthy nació en Providence, Rhode Island, EEUU, el 20 de julio de 1933. El crítico literario Harold Bloom le ha nombrado como uno de los cuatro mayores nove-listas norteamericanos de su tiempo, junto a Thomas Pynchon, Don DeLillo y Philip Roth.
Es autor de los siguientes libros: El guardián del vergel, 1965; La oscuridad exterior, 1968; Meridiano de sangre, 1985; Todos los hermosos caballos, 1992, primer volumen de la “Trilogía de la frontera” y ganador del National Book Award; En la frontera, 1994, segundo volumen de la “Trilogía de la frontera"; Ciudades en la llanura, 1998, tercer volumen de la “Trilogía de la frontera"; No es país para viejos, 2005; La carretera, 2006, ganador del Premio Pulitzer de Ficción en 2007.