24 oct 2026

El detonador solitario

Fue una puesta en escena con altísima carga simbólica. El video grabado en su planta cementera de Vallemí muestra a Horacio Cartes accionando una carga de explosivos en una cantera mientras advierte: “Quiero que todos estén atentos... y para quienes les pueda interesar, ojo”.

El gesto admite varias lecturas.

La primera es una metáfora sobre quién tiene el control real. Es un mensaje a la disidencia y a sus propios aliados. Él sigue decidiendo cuándo y qué estalla en la política paraguaya.

La segunda es la advertencia de depuración interna: el líder está dispuesto a dinamitar acuerdos, estructuras o liderazgos si lo amenazan. La tercera lectura es la más incómoda: el espectáculo del poder cuando ya no puede disimular su fragilidad.

Si las interpretaciones son variadas, se debe a que se trata de la imagen bizarra de la más curiosa de las crisis de la ANR. Todos dicen amar a Cartes, pero todos lo traicionan. O, para ser más precisos, todos parecen amar al Cartes que conviene y traicionar al Cartes que manda. Es también peculiar que todo ocurra en un escenario de fragmentación de la oposición.

No hay amenaza externa que, por ahora, ponga en riesgo su hegemonía; hay, en todo caso, una amenaza interna: su propia lógica de poder.

Hay otra imagen que recorre los pasillos del poder: la de un Horacio Cartes rodeado de ausencias. La estampida de los ingratos fue silenciosa, pero perfectamente sincronizada.

El hombre que alguna vez fue el titiritero de nuestra política mira alrededor y descubre que los títeres aprendieron a cortar sus hilos. Es un general que se ha quedado sin tropa. Pero en la otra acera, hay una gran tropa sin generales: una inmensa maquinaria electoral que empieza a quedar huérfana de conducción estratégica.

Es por eso que Pedro Alliana se enfrenta a un problema paradójico. Abandonó a Cartes porque este le quería imponer un vicepresidente y ahora, blindado por el bloque de gobernadores, comprueba que tampoco tiene autonomía para elegir un nombre.

Ya le dijeron que su idea de hacer una encuesta no corre. Sus nuevos tutores territoriales tienen sus propias exigencias. Alliana conoce el viejo aforismo: “Tener un vicepresidente es como dormir con alguien que todas las noches sueña secretamente con convertirse en tu viuda”. La ironía es que se trata de lo mismo que pretendía eludir bajo el ala del cartismo: el dilema de la autonomía y el compañero de fórmula.

Los gobernadores, esos nuevos virreyes que manejan los 600 millones de dólares de Hambre Cero y que le juraron lealtad, no son homogéneos. Tienen intereses dispares y compiten con los de otro contingente político poderoso y de extracción departamental: el de los diputados. Ensayarán una fórmula incierta: un cartismo sin Cartes. Algunos de ellos ya han mantenido reuniones con Arnoldo Wiens. ¿Le parece difícil de entender? Pues, para usar un término de los sociólogos, problematicémoslo aún más.

Hablemos del sentido de ese inexplicable abrazo entre Cartes y Mario Abdo. Ese encuentro entre dos archienemigos históricos es el giro más confuso de todo esto. Por supuesto que no se explica desde la ideología, sino desde la supervivencia del poder y el control económico. Primera clave: el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Para Cartes, es una forma de cercar al presidente díscolo; para la disidencia, una oportunidad de reconfigurar fuerzas. Segunda clave: el pragmatismo colorado. Sus peleas internas pueden ser sangrientas, pero las alianzas son líquidas. Lo que parece confuso en términos éticos es perfectamente lógico en la realpolitik paraguaya. Cartes recurrió a su peor enemigo para demostrarle a Santiago Peña que la estructura de la ANR puede asfixiar su gobernabilidad.

Por último, dos cosas que hemos dicho muchas veces: la bicefalia en el poder no funciona y Cartes era un gigante con pies de barro. La estructura del cartismo dependía de su liderazgo económico y se desmoronaría si este se interrumpía. Acaba de ocurrir: los muchachos encontraron otra fuente de financiación. Eso sí: si yo fuera uno de ellos, no estaría tranquilo viendo a don Horacio pasearse con el botón detonador en la mano.

Más contenido de esta sección