30 may. 2026

El carnaval de Lima, una fiesta derrochadora de agua en mitad del desierto

El carnaval de Lima no tiene disfraces, máscaras o desfiles, ni tampoco reinas, comparsas o chirigotas, ya que el agua empapa los barrios más populosos de la ciudad, la segunda más grande del mundo sobre un desierto, en una derrochadora batalla acuática clandestina, perseguida con grandes multas.

Pobladores del Callao se bañan y celebran los carnavales en piscinas instaladas en las calles frente a sus casas acompañados por música y cerveza en Lima (Perú). EFE

Pobladores del Callao se bañan y celebran los carnavales en piscinas instaladas en las calles frente a sus casas acompañados por música y cerveza en Lima (Perú). EFE

EFE

Bajo el sol estival de los cuatro domingos de febrero, los limeños se lanzan agua con la única premisa de que nadie se salve, sin acordarse aparentemente del estrés hídrico de la ciudad, donde solo llueve un promedio de siete milímetros al año y el agua disponible no alcanza para abastecer a sus diez millones de habitantes.

En el Callao, la ciudad portuaria de Lima, los vecinos ocupan la vía pública con piscinas portátiles, y la familia y vecinos, sin importar la edad, terminan empapados, en un ambiente donde la cerveza corre de mano en mano durante horas, mientras la salsa y el reggaeton calientan aun más el ambiente.

Conscientes del malgasto de agua, el Servicio de Agua Potable y Alcantarillado de Lima (Sedapal) advirtió de que Lima derrochó 120.000 metros cúbicos de agua en febrero del año pasado, lo que equivale a treinta piscinas olímpicas.

“El derroche se da mayormente en zonas donde utilizan conexiones clandestinas o conexiones que no cuentan con medidor, e incluso usan sin autorización los grifos contra incendios”, alertó la especialista comercial de Sedapal, Cecilia Maurtua.

Para prevenir actos vandálicos, algunos distritos de Lima prohibieron la instalación de piscinas en sus calles, como Barranco, donde la multa es de 1.900 soles (unos 620 dólares), al aludir motivos de higiene y seguridad, y la sanción se eleva a los 3.040 soles (unos 990 dólares) para quien se atreva a mojar a otro viandante sin su consentimiento.

Además, la Policía dispuso a 10.000 agentes para preservar el orden público durante estas celebraciones, y vigilar que no se cometan situaciones de abuso y delitos contra el patrimonio y contra la tranquilidad pública.

Las autoridades castigan así una tradición que se practica desde, por lo menos, el siglo XVIII, afirmó a Efe el administrador del proyecto historiográfico Lima Antigua, Vladimir Velásquez,

Para Velásquez, los carnavales de Lima estuvieron “siempre” marcados por las clases sociales, ya que las familias pudientes celebraban bailes privados con antifaces, pero en las zonas más populares se lanzaban agua, incluso a los tranvías, lo que provocaba su avería por cortocircuito.

“Desde los tradicionales balcones que antes abundaban en Lima, las damas rociaban agua a los caballeros, y estos les respondían disparando agua mediante una especie de jeringas. Se utilizaba a modo de coquetería”, indicó Velásquez.

También se lanzaban huevos rellenos de agua perfumada, “pero en otras ocasiones llevaban agua sucia”, e incluso se utilizaban chisguetes de perfume, que “provocaban ardor si caía en los ojos”, y también de éter, usados en hurtos como somnífero para dejar inconsciente a las víctimas, relató Velásquez.

A mitad del siglo XIX, el literato peruano Manuel Atanasio Fuentes criticaba el carnaval limeño como “esos tres funestos días” donde “las dos terceras partes de los habitantes de Lima pierden el juicio, y la otra tercera es la víctima de aquella locura”, en la que “lo de menos es que un balde de agua puerca malogre su vestido”.

“No se puede salir a la calle sin exponerse a ver brotar cataratas de todos los balcones y ser acometidos por pandillas de gente soez, que en esos días no reconocen jerarquía superior”, describió Fuentes en su libro “Lima. Apuntes descriptivos, históricos y de costumbres”, de 1867.

El mayor esplendor del carnaval limeño se dio durante el mandato del presidente Augusto Leguía (1919-1930), quien instauró pasacalles con carrozas, máscaras y muñecos, pero después la fiesta “se deformó”, según Velásquez, hasta regresar al lanzamiento de agua de la actualidad. Fernando Gimeno

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