06 mar. 2026

El asedio ruso de Mariúpol, una herida abierta para los ucranianos cuatro años después

Cuatro años después del inicio del asedio ruso a Mariúpol, las heridas siguen sin curarse para los ucranianos que se enfrentan a la pérdida de sus seres queridos y hogares allí, mientras piden la liberación de los soldados defensores supervivientes del cautiverio ruso.

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Durante tres meses, las hostilidades continuaron en la ciudad de Mariúpol, Ucrania.

Según las autoridades ucranianas, los tres meses de asedio a la ciudad portuaria de la región de Donetsk -de fines de febrero a mediados de mayo de 2022- dejaron al menos 25.000 civiles muertos, y los ataques de la artillería, la aviación y los tanques destruyeron o dañaron el 95 % de los edificios.

“Un día quiero volver y buscar la tumba de mi madre y visitar el lugar donde murió mi hijo”, dijo a EFE Olena Marchenko, residente desplazada de una ciudad que antes de la invasión contaba con unos 430.000 habitantes.

Recuerdos dolorosos

Marchenko es una de varias docenas de padres y madres que han expresado su dolor en unos cuadros que ahora se exhiben en Mariupol Reborn, un centro de apoyo a los residentes desplazados de esa ciudad en Leópolis (oeste).

En su pintura, rodeada de fotos que muestran su vida anterior a la invasión, representó a su hijo Kirilo, de 31 años e hincha entusiasta de su equipo de fútbol, vestido de portero.

Mientras su hijo luchaba en las filas de las fuerzas ucranianas, cercadas en Mariúpol por unas tropas rusas numéricamente superiores, Marchenko cuidaba a su madre gravemente enferma.

“Recuerdo ver gente mirando sin poder hacer nada cómo sus seres queridos se quemaban vivos tras ataques rusos”, relató.

Nunca pudo recuperar el cuerpo de su hijo, que, según se enteró más tarde, murió el mismo día en que lo hizo su madre, agotada y sin acceso a medicamentos cruciales debido al aislamiento total de Mariúpol.

“La gente enterraba a sus seres queridos en el mismo lugar en el que los habían matado y muchos cuerpos siguen allí, esperando a ser encontrados”, dijo.

Frenando a las tropas rusas

Olesandr Grianik, de 28 años, fue uno de los voluntarios que entraron en la ciudad cercada en helicóptero, en una arriesgada misión para introducir medicinas y munición y evacuar a heridos.

Soldado experimentado de la Brigada Azov, unos meses antes de la invasión había abandonado la vida militar, pero rápidamente se sumó a la defensa de Kiev y después de Mariúpol, donde las fuerzas rusas rodearon a muchos de sus compañeros.

“No nos lo dijo y sólo habló con nosotros un día antes de morir por una bomba rusa de tres toneladas lanzada sobre Azovstal”, dijo a EFE su padre Serguí, aludiendo a la fábrica que se convirtió en el último reducto de los defensores, que acabaron por deponer las armas en mayo de 2022.

Serguí pintó una instantánea del vídeo grabado por la cámara GoPro de su hijo durante su aterrizaje, mientras que su madre, Olga, representó el grito de dolor que la desgarró por dentro.

“Trasladar este dolor al lienzo se lleva una parte de él”, explicó a EFE.

Olga Grianik está convencida de que el sacrificio de su hijo ayudó a Ucrania a ganar un tiempo precioso para reagrupar sus fuerzas y limitar los avances rusos.

Miedo, crueldad y esperanza

La tenaz resistencia fue una de las razones por las que los rusos infligieron semejante destrucción a la ciudad, dijo a EFE Vladislav Chuguyenko, que regresó recientemente de tres años y medio en cautiverio.

Este oficial de 26 años de la 36.ª Brigada de Infantería Marina fue testigo de cómo las fuerzas rusas bombardeaban edificios de viviendas con civiles dentro.

Aunque los atacantes eran aproximadamente 12 veces superiores numéricamente, temían los contraataques ucranianos, aseguró Chuguyenko, capturado en abril de 2022.

También describió la crueldad sistemática que sus compañeros y él sufrieron durante su cautiverio, basada en la deshumanización a través de la propaganda.

En una de las manifestaciones celebradas en Ucrania el fin de semana para expresar apoyo a los cientos de defensores de Mariúpol que siguen en manos rusas, Chuguyenko sujetaba una pancarta con la foto de su hermano Stanislav, todavía cautivo.

Le preocupa que cada año de ocupación ayude a Rusia a adoctrinar a los niños de Mariúpol en el odio contra Ucrania.

“Muchos todavía esperan que Mariúpol vuelva a ser libre. Las madres de los defensores caídos y los que perdieron allí sus hogares sueñan con caminar de nuevo por la ciudad”, dijo Olga Grianik.

Fuente: EFE

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