Sábado|26|ABRIL|2008
Existe una manera empírica de distinguir al que “se hace el loco” del que en verdad ha perdido el sentido de la realidad. Las conductas extrañas del primero solo le reportan beneficios, jamás lo perjudican.
Suelen tratarse de tretas de un avivado para estafar a incautos que lo toleran por tratarse de un desequilibrado. En el segundo caso, los actos irracionales frecuentemente producen daños y perjuicios al propio sujeto.
Ni se me ocurre insinuar que Nicanor Duarte sufra algún tipo de desequilibrio emocional. Pero desde hace años el debate sobre si es o “se hace” se instaló en la prensa y la ciudadanía, y mi intención solo es presentar una reveladora cronología de hechos. Ningún otro político colorado construyó poder de una manera tan gradual e incontenible.
Una impresionante saga de triunfos lo llevó de ministro a presidente de la República. Asumió con aires de estadista moderno y reencauzó la economía del país en sus dos primeros años de mandato. De vez en cuando afloraban algunas argelerías -como los maltratos en público a sus colaboradores- que eran atribuidas a rastros de un cierto resentimiento social. No se entendía bien por qué. Al fin y al cabo, lo tenía todo, era Nicanor I, emperador del Paraguay. Promediaba su mandato y casi todo el Partido Colorado era nicanorista.
Muchos dicen que fue entonces cuando algo hizo “clic” en su cerebro y los muros de contención mental cedieron. Sus discursos fueron convirtiéndose en una profusión de gritos amenazantes y de arranques de vulgaridad y machismo. Aun citaba a la Biblia, pero solo para recitar sus pasajes más agresivos -"tragarán vómito"- y necesitaba obsesivamente encontrar enemigos. Si no los había los inventaba. Así atacó a la prensa -a sus propietarios, a los jefes de redacción, a los periodistas-, a los empresarios, a la Iglesia, a Fernando Lugo, a Castiglioni y a los liberales. A todos, al mismo tiempo. Nada lo detenía, ni las crecientes muestras de irritación de la gente, ni una enorme concentración popular de protesta, ni los índices de rechazo en las encuestas, ni los consejos de amigos.
Hasta ese momento, todavía había quienes afirmaban que “se hacía” porque al paraguayo le gusta el que sabe mandar. Pero también había cada vez más gente que no entendía por qué se comportaba así. Era evidente que no ganaba mucho con actitudes tan arrogantes. Al contrario, se hacía daño y perjudicaba las chances de su propia candidata. Pero la soberbia se había desatado hasta grados que hacían imposible que se percatara de que crecía una sorda resistencia, un sólido hartazgo. Era ya solo una caricatura de sí mismo. Quedaba poco del estadista de unos años atrás, pero nadie pudo con él. Ni él mismo. Logró que su candidata ganara a duras penas las internas partidarias, pero en una noche desapacible -¡Que Luchito no haga el ridículo!"- fracturó para siempre las chances de unificación colorada.
Lo demás ya es conocido. Con el sueño de reelección hecho añicos, fue ascendido a “mariscal de la derrota”. Algo que los colorados no perdonan. Imagínese que hasta ahora denigran la memoria de Egusquiza y Escurra por “entregar al partido” en los albores del siglo pasado. Pero ni la constatación de la caída lo apacigua. Sigue infligiéndose daños a sí mismo. ¿Entiende mi hipótesis? No “se hace”, es.