Opinión

Diez Nobel para creer

El domingo pasado recordaba que las crisis también pueden ser oportunidades de cambio, y que esta provocada por la pandemia es de tal magnitud que, por esa misma razón, puede ser la que necesitábamos para darle un vuelco radical a nuestra historia. Justo unos días después llegó a mis manos un informe del estudio que realizó un equipo de investigación de la Universidad de Duke titulado “Paraguay pospandemia”, una propuesta académica sobre cómo transformar esta crisis sin precedentes en un salto definitivo al futuro.

La Universidad de Duke integra la élite de las academias de investigación de los Estados Unidos. Fue fundada por cuáqueros en 1838 y está vinculada a la obtención de diez premios Nobel, incluyendo el de Química en 2012. El equipo que realizó la investigación estuvo coordinado por la especialista en políticas energéticas Christine Folch, una enamorada del Paraguay que antes escribió sobre las oportunidades que supone para el país el uso inteligente de la energía de Itaipú.

Es imposible detallar aquí todo lo que abarcó el estudio. Mencionaré, pues, solo algunos puntos que llamaron mi atención. El estudio señala, por ejemplo, la necesidad urgente de instalar una infraestructura digital estable y sostenible, y de conseguir una reducción drástica de los costos de conectividad, como claves para lograr un cambio radical en la economía.

Folch y su equipo sostienen que la columna vertebral de toda economía moderna es una banda ancha de línea fija, un servicio al que hoy solo accede el 3,4% de la población paraguaya. A esto se suma que los costos de conexión son sencillamente prohibitivos. De acuerdo con el informe, el costo fijo de la banda ancha en Paraguay equivale al 7% de su producto interno bruto, contra un 4% en la Argentina y apenas un 1,5% en Brasil. Esto deja fuera del mercado regional y mundial a cualquier micro, pequeña y mediana empresa paraguaya, y a cualquier persona que pretenda vender desde Paraguay.

La solución que plantean es radical; una conexión directa con la línea submarina de la internet que se encuentra en la costa atlántica, algo parecido a la gigantesca línea de 500 Kv de Itaipú, cuya existencia reduciría los costos del servicio en un 87%.

Su segunda propuesta es apostar a la producción de hidrógeno ecológico y pilas de combustible, como puntal de despegue de una economía de alta competitividad tecnológica. El hidrógeno ecológico se obtiene sin el uso de combustible fósil, separando el componente del agua mediante un proceso denominado electrólisis. Ese proceso requiere del uso intensivo de energía eléctrica limpia. Los investigadores recuerdan que el país cuenta con los componentes que hacen al 70% del producto; agua y energía eléctrica limpia en abundancia.

El equipo sostiene que Paraguay puede atraer capital para instalar en el país industrias que produzcan pilas de hidrógeno. La demanda de esta nueva tecnología crece de manera exponencial debido al desarrollo de automóviles y máquinas que emplean energía alternativa al petróleo y sus derivados. De acuerdo con sus proyecciones para el 2026, solo las importaciones de Estados Unidos, Japón y Corea representarán un mercado de 126.000 millones de dólares.

Como era de preverse, en el documento advierten que, para que todo esto sea posible, es indispensable reformar el modelo educativo. Y recuerdan solo algunos datos para graficar los resultados catastróficos del modelo vigente. De acuerdo con el informe del Foro Económico Mundial, de 138 países analizados, en cuanto a calidad de la educación matemática y científica, Paraguay ocupa el puesto 137. Según el último informe de PISA, solo el 36% de los estudiantes de 15 años aprenden lo mínimo en lo que se refiere a comprensión lectora; y apenas el 8% lo básico en Matemáticas.

El informe sirve para dibujar una clara hoja de ruta y para recordarnos que a veces los cambios definitivos comienzan con lo más básico, como concentrar esfuerzos educativos para destacarnos en Matemáticas y Ciencias; sigue con medidas más audaces, como apostar a una conectividad absoluta; y cierra soñando en grande, como convertirnos en desarrolladores de tecnología ecológica de punta.

Sé que cuesta creer que podamos hacerlo, pero, por alguna razón, en una academia con 10 premios Nobel en su haber están convencidos de que sí.

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