El folclore no es una pieza detenida en el tiempo ni una simple celebración del calendario. Vive en la lengua, las costumbres, la música, los saberes transmitidos de generación en generación y aquellas prácticas cotidianas que permiten a una comunidad reconocerse a sí misma.
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En el Paraguay, esa memoria colectiva enfrenta hoy el desafío de una sociedad atravesada por la globalización, la tecnología y una creciente distancia de las nuevas generaciones respecto de sus propias raíces.
En el marco del Día del Folclore, que se conmemora cada 22 de agosto, el investigador, escritor y periodista Mario Rubén Álvarez plantea la necesidad de recuperar la valoración de esas expresiones como parte esencial de la identidad paraguaya.
“Sigue siendo de relevancia capital preservar, conservar y difundir nuestro folclore porque —así como la lengua guaraní— es nuestra identidad”, sostiene.
Para Álvarez, el folclore establece un vínculo entre el pasado, el presente y el futuro. “A través de la memoria y de las prácticas vinculadas al saber popular —folclore— nos conectamos al pasado, nos afirmamos en el presente y nos proyectamos al futuro para seguir siendo paraguayos de cultura mestiza”, señala.
Una identidad amenazada
El investigador observa que los cambios producidos por la globalización y las nuevas formas de comunicación también tienen consecuencias sobre las culturas particulares.
“La globalización, el universo de la comunicación tecnológica, tiende a borrar identidades, a convertir en polvo las costumbres y tradiciones para imponer sus códigos despersonalizados y deshumanizantes”, afirma.
En ese proceso utiliza deliberadamente la expresión “des-hacernos”, con guión separador, para advertir sobre el riesgo de dejar de constituirnos como pueblos que resisten desde sus saberes particulares y procuran seguir pareciéndose a sí mismos.
La amenaza, sin embargo, no proviene únicamente de los cambios externos. También existe una pérdida de valoración dentro de la propia sociedad. “Hoy el folclore está minusvalorado por nosotros mismos, los paraguayos”, afirma.
La escuela, históricamente uno de los espacios de transmisión de las tradiciones, tampoco escapa a esa realidad. Según Álvarez, el folclore “casi no pasa de ser una fecha del calendario para bailar, recitar y tal vez comer algo típico”. En la educación secundaria, sostiene, “ya casi está desaparecido”, mientras que en las universidades “es un desconocido”, entendido como enseñanza, valoración y práctica.
Entre la población urbana, agrega, el conocimiento es cada vez menor y la vivencia esporádica puede reducirse a una fiesta de San Juan o a la aparición ocasional de algún ñe’ẽnga.
Un saber que cambia sin dejar de ser propio
Preservar el folclore no significa congelarlo. Álvarez reivindica justamente su capacidad de transformación como una de las características propias de la cultura popular.
“El folclore, al ser parte de las vivencias colectivas e individuales de seres humanos, cambia, muta. Su código es dinámico y lleva en sí mismo la capacidad de renovarse sin traicionarse”, explica.
Las nuevas formas, sostiene, no necesariamente significan una ruptura con la tradición. Una manifestación puede transformarse y continuar siendo reconocible en sus raíces.
Como ejemplo menciona al mbeju: permanece el preparado tradicional, austero y sabroso, pero también aparecen innovaciones que no le hacen perder su identidad, centrada en el almidón de mandioca.
Al mismo tiempo, existen expresiones que desaparecen cuando dejan de practicarse y transmitirse. Álvarez menciona entre ellas el jejuvykue jejora, el ykua rape y la antigua forma de unir rollos de madera para construir una especie de catre denominado hangada, utilizado para transportar la madera desde el monte hasta los aserraderos.
“Hay folclore que desaparece (...) y surgen otras manifestaciones”, resume.
Los jóvenes, el eslabón perdido
Uno de los puntos de mayor preocupación para el investigador es la relación de las nuevas generaciones con las expresiones culturales paraguayas.
“Los jóvenes, salvo excepciones, son el eslabón perdido del folclore. Lo conocen poco, si lo conocen. No practican y no lo aman”, sostiene.
Álvarez considera que la responsabilidad por esta situación alcanza a la educación formal e informal, a los padres, a los medios de comunicación y a otros actores sociales.
Una de sus formas de medir esa distancia es preguntar a los jóvenes si escuchan música paraguaya. La mayoría, cuenta, responde que no y, entre quienes contestan afirmativamente, son pocos los que consiguen mencionar más de tres títulos de canciones, autores o intérpretes.
La preocupación no se limita a la música. También alcanza a la lengua guaraní, entendida como una de las principales vías de transmisión de la cultura.
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Guaraní, mucho más que una lengua
“El guaraní no es solo un código lingüístico de intercambio de significados sino un vasto abanico de transmisión de la cultura”, afirma Álvarez.
Desde esa perspectiva, la pérdida, el debilitamiento o la alteración de la lengua implican también una pérdida de los contenidos culturales transmitidos por ella.
El investigador observa, además, la incorporación creciente de préstamos innecesarios en el habla cotidiana y plantea la necesidad de recuperar palabras que continúan siendo comprensibles y forman parte del patrimonio lingüístico.
“Admito que sin préstamos el guaraní sería muy limitado, pero tienen que ser parte del habla solo cuando es inevitable su uso para comunicarse”, sostiene.
La defensa de la lengua forma parte, en su mirada, de una defensa más amplia de la identidad. No se trata de cerrar las puertas al mundo, sino de establecer primero una relación sólida con aquello que constituye el propio ser para luego dialogar con otras culturas.
La nostalgia de un regreso
Al ser consultado sobre una expresión musical que sintetice su vínculo con la cultura paraguaya, Álvarez elige Hekovia techaga’u, polca de Mauricio Cardozo Ocampo y Epifanio Méndez Fleitas.
Aclara que la mayor parte de las canciones paraguayas son de inspiración folclórica, pero no necesariamente folclore en sentido estricto, ya que para que una expresión sea considerada genuinamente folclórica debe proceder de creadores anónimos o desconocidos.
“Elijo la polca Hekovia techaga’u, de Mauricio Cardozo Ocampo y Epifanio Méndez Fleitas, en un guaraní excelso”, expresa.
La canción, agrega, “retrata el paraguayísimo sentimiento de la nostalgia que navega en aguas de tristeza que se cura con el encanto inenarrable de la felicidad del regreso, del abrazo entre seres queridos”.
Y concluye desde su experiencia personal: “Lo viví mil y siete veces en sus dos orillas”.
Conocer para reconocernos
Para Álvarez, la preservación del folclore no puede reducirse a una fecha anual ni a una representación ocasional de las costumbres tradicionales. Implica conocimiento, práctica y afecto por aquello que forma parte de la propia historia.
“Le diría que para ser paraguayo de veras, con identidad, tenemos que conocer y amar las diversas manifestaciones del folclore así como nuestra lengua”, afirma.
Su planteamiento queda sintetizado también en una expresión en guaraní: “Ñandete hag̃ua jaikuaava’erã ñande reko ha ñane ñe’ẽ”, que significa que, para ser verdaderamente nosotros mismos, debemos conocer nuestro modo propio de ser y nuestra lengua.
Para el investigador, ambos elementos constituyen una suerte de documento esencial de pertenencia: “Son nuestra cédula de identidad”.
Conocer otras culturas, aprender otros idiomas y abrirse al mundo no está en contradicción con ese principio. Por el contrario, Álvarez considera que el encuentro con lo universal necesita partir de una identidad reconocida y fortalecida.
“Tenemos que afirmar nuestro ser de paraguayos para luego abrirnos al resto del mundo”, sostiene.
Finalmente, advierte que cuando una sociedad pierde el vínculo con sus raíces queda expuesta a una forma más profunda de desorientación: “Si no tenemos la fortaleza de lo nuestro seremos náufragos perdidos en los oscuros mares de la des-identidad y seremos presa fácil de los manipuladores al acecho”.
El folclore como identidad viva
Para la docente de Folclore Macarena Morel, las manifestaciones tradicionales paraguayas no deben ser entendidas únicamente como expresiones del pasado, sino como parte de una identidad que continúa viva y se transforma junto con la sociedad.
“El folclore paraguayo está presente en nuestra vida cotidiana a través de la música, la danza, los mitos y las leyendas, la artesanía, la gastronomía, las creencias, los refranes, los káso ñemombe’u y tantas otras expresiones que se transmiten de generación en generación”, señala.
Desde su perspectiva, la enseñanza cumple un papel fundamental para evitar que estos saberes queden limitados a una fecha conmemorativa.
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“Es importante que las nuevas generaciones no solamente conozcan estas manifestaciones, sino que puedan valorarlas, practicarlas y comprender que forman parte de nuestra identidad”, sostiene.
En ese sentido, considera que el Día del Folclore Paraguayo, que se recuerda cada 22 de agosto, constituye una oportunidad para volver la mirada hacia esos saberes populares y reconocer su vigencia dentro de la cultura nacional.