Anna Paula Servián nació en Ciudad del Este, es hija de padre paraguayo y madre brasileña y cursó en la capital de Alto Paraná sus estudios hasta el nivel secundario. En 2025 se graduó en Cinematografía y Audiovisual en el Centro Universitario de Bellas Artes de São Paulo, Brasil.
Su recorrido adquirió una dimensión inesperada con FrutaFizz, cortometraje dirigido por Kauan Okuma Bueno, en el que se desempeñó en la dirección de arte. La película, una ficción de 20 minutos, acompaña a Mauro durante una pausa en un viaje de trabajo. Al pasar por el pueblo de su infancia, el protagonista queda rodeado por recuerdos que parecen surgir en cada esquina.
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El proyecto nació entre compañeros de la universidad, pero pronto trascendió el ámbito académico. Fue uno de los 12 cortometrajes seleccionados entre más de 1.090 propuestas para el 53º Festival de Cine de Gramado, donde recibió el premio a Mejor Cortometraje Brasileño.
En febrero de 2026 tuvo su estreno internacional en el 48º Festival Internacional de Cortometrajes de Clermont-Ferrand, en Francia, como el único representante brasileño de la competencia internacional.
En septiembre, la producción sumó su estreno en Inglaterra, dentro del Bolton Film Festival, después de recorrer numerosas muestras y festivales de Brasil y Francia. Para Servián, sin embargo, el valor de la experiencia no se reduce a los reconocimientos. Detrás del recorrido internacional existe una historia de migración, aprendizaje y afecto por los lugares que construyen la memoria.
—¿Cómo fue para vos, como joven nacida en Ciudad del Este y estudiante paraguaya en Brasil, formar parte de un cortometraje que terminó ganando en Gramado?
—Fue simplemente irreal. Cuando recibí la noticia, me tomó muchísimo tiempo aceptar que lo que estaba viviendo era real.
A finales de 2019, cuando estaba terminando el colegio, me di cuenta de que quería seguir la carrera de Cinematografía y Audiovisual en Asunción, en la Universidad Columbia, pero debido a la pandemia tuve que interrumpirla. Sin embargo, el tiempo que estudié allí fue esencial para no desistir del sueño de continuar formándome.
Con el incentivo de mi hermana mayor, que ya había migrado a Río de Janeiro en 2011, decidí mudarme a São Paulo. Llegué a Brasil con muchísimo miedo, en la misma semana en que comenzaban las clases en la facultad. Aunque ya tenía fluidez en el idioma, me costó mucho comunicarme, debido a lo inmenso que es Brasil y a que cada región tiene su propia manera de entenderse. También me costaba comprender algunas clases por el peso cultural propio del país que estaba presente en ellas.
Cuando recibí la noticia del premio, después de tres años viviendo, estudiando y trabajando en Brasil, sentí una gran confirmación de que todo el esfuerzo y el cariño que estaba poniendo en mis trabajos no eran en vano. Más aún porque realizamos el cortometraje puramente por amor, sin pensar en festivales, muestras o remuneración; lo hicimos solamente por las ganas de contar esa historia.
—¿Qué significó personalmente el momento de recibir el premio?
—Cuando ganamos, no podía parar de llorar. Todos los recuerdos del esfuerzo mental que implicó migrar y trabajar en FrutaFizz volvieron de una manera muy fuerte. Recibir el mayor reconocimiento de nuestra categoría nunca fue algo que imaginamos que pudiera suceder. No porque creyéramos que el cortometraje no estuviera a la altura de las demás obras, que eran todas increíbles, sino porque se trataba de una producción independiente, nacida de estudiantes universitarios con poca experiencia en la industria.
Fue increíble. Es uno de mis recuerdos favoritos y, mientras escribo esto y vuelvo a aquella noche, no puedo parar de sonreír. Realizar FrutaFizz fue extremadamente difícil, pero al mismo tiempo muy hermoso. Aprendí tantas cosas y tengo un amor enorme por esa época de mi vida.
—Dentro del cortometraje estuviste a cargo de la dirección de arte. ¿Cuál fue el principal desafío?
—El corto transcurre en una ciudad del interior de São Paulo, por eso mi mayor dificultad fue representar, mediante los escenarios, los objetos y la vestimenta, una comunidad de la cual nunca había formado parte. Nunca había vivido en el interior de Brasil ni conocía São Bento, la ciudad donde se desarrolla la narración. Mi experiencia más prolongada en el país había transcurrido en São Paulo, una metrópolis que no tiene nada que ver con la ciudad que estábamos retratando.
La dirección de arte tiene el poder de transportarnos al espacio filmado, por lo que sentí una gran responsabilidad: debía conseguir que ese universo fuera creíble.
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—¿Cómo encontraste los códigos visuales para construir ese universo?
—La película trabaja profundamente con la memoria y la nostalgia. Para superar aquella dificultad decidí abrazar esos dos elementos y partir de lo que ya conocía: Hernandarias y la casa de mis abuelos paternos, así como Maringá y la casa de mi abuela materna. A través de esas ciudades y de esos ambientes pude comprender dónde habitaba la nostalgia y cuáles eran los códigos espaciales que São Bento podía tener en común con aquellos lugares que me transmiten ese sentimiento.
Tuve que entender el espacio de São Bento como una dimensión afectiva. Las ciudades ya poseen una poesía que representa códigos corporales, políticos y estéticos determinados por sus habitantes mucho antes de que yo llegara y comenzara a pensar cómo retratarla. Es decir, la poesía no se impone sobre lo real y lo existente; ya se encuentra allí.
Después de mi primera visita a São Bento logré identificar cuáles eran los elementos necesarios para retratar la ciudad y a las personas que la habitan.
—¿Tu mirada paraguaya también influyó en esa búsqueda?
—Sí. Las ciudades latinoamericanas son profundamente expresivas y, como paraguaya, puedo explicarlo a partir de mi propia ciudad. Los colectivos, por ejemplo, están llenos de códigos corporales, políticos y estéticos: dedicatorias a familiares, decoraciones interiores con elementos típicos del Paraguay y frases cargadas de ironía y gracia, dentro y fuera de los vehículos. Una vez vi en un colectivo de Ciudad del Este la expresión: “Tuicha mba’e la envidia”.
Puede parecer algo banal, pero son justamente esos detalles los que me permiten comprender el espacio no como un simple escenario, sino como una dimensión afectiva, una superficie en la que se inscriben memorias, prácticas sociales y flujos de pertenencia.
Después de comprender Hernandarias, Maringá y São Bento —y, en cierta medida, todos los lugares del mundo— como organismos de intimidad, el trabajo fluyó mucho más. Las ciudades son reservorios de vivencias que moldean nuestra manera de ser y de vivir. Filmar en un barrio, una casa o una vereda no implica solamente registrar un ambiente físico, sino entrar en contacto con sus capas afectivas, sus usos y sus historias invisibles.
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—¿Qué lugar ocupa entonces la dirección de arte dentro de tu idea del cine?
—La dirección de arte opera como un gesto de escucha. Antes de reproducir símbolos, reconoce que los propios habitantes ya produjeron una estética, una organización poética del espacio que antecede a la mirada cinematográfica.
El cine, por naturaleza, es un arte de la memoria. La dirección de arte, a su vez, es el dispositivo que materializa esa memoria en el espacio y transforma dimensiones invisibles —como el tiempo, el afecto, la pertenencia y la pérdida— en imágenes sensibles y concretas.
—¿Cómo nació FrutaFizz y por qué decidieron desarrollarlo fuera de los plazos académicos?
—El cortometraje comenzó con una idea del director, Kauan, quien guarda muchas memorias de infancia en la ciudad de São Bento, del mismo modo en que yo conservo las mías de Maringá, una ciudad que desde niña visitaba una vez al año.
Tuvimos la oportunidad de realizarlo como trabajo final de nuestro sexto semestre en la facultad. Para aquella entrega disponíamos de apenas cuatro meses para completar la preproducción, la producción y la posproducción. Era muy poco tiempo para la dimensión del proyecto que queríamos realizar.
Decidimos respetar el tiempo que la película nos pedía. Entregamos algo más sencillo para cumplir con la evaluación académica y reservamos FrutaFizz para hacerlo con el cuidado y la dedicación que sentíamos que merecía. Tuvimos siete meses de preproducción, filmamos en marzo de 2025 y la posproducción se extendió hasta finales de julio de ese año.
Sin duda, fue la mejor decisión que tomamos, porque por primera vez realizábamos un cortometraje no para obtener una nota y pasar de semestre, sino pura y exclusivamente por amor a la historia que estábamos construyendo.
—¿Cómo fueron las jornadas de filmación?
—Todo el equipo estaba allí por la historia que queríamos contar o porque deseaba volver a un set y reencontrarse con viejos amigos. Las dos jornadas de rodaje estuvieron llenas de aprendizaje y emoción. Terminamos entre lágrimas porque, después de ocho meses de esfuerzo, dedicación y perseverancia, finalmente habíamos concluido la filmación.
—¿Qué les confirmó aquella selección?
—Nos confirmó que las historias nacidas del deseo genuino de contar algo y realizadas con cariño encuentran una buena recepción. También nos demostró que el afecto que sentimos por la narración importa muchísimo.
El guion pasó por muchos tratamientos hasta llegar a su versión final. Kauan y Anthony, como guionistas, fueron ejemplares al dejar de lado el ego que muchas veces atraviesa a los artistas cuando crean sus propias historias. En vez de aferrarse a las ideas iniciales, se concentraron en lo que la historia realmente necesitaba y no en aquello que habían idealizado.
FrutaFizz comenzó inundada por los recuerdos de Kauan. Para él fue esencial retirar algunas capas de esa memoria inicial y permitir que la historia pudiera ser comprendida y compartida por más personas. Esa depuración fue clave para que la narración encontrara una forma más abierta y sensible. Me hace extremadamente feliz imaginar que también mis coterráneos podrán conectarse con la historia y con el espacio filmado.
—Después de este recorrido, ¿qué expectativas tienen para el próximo proyecto?
—Estamos evitando generar demasiadas expectativas para que no contaminen nuestro próximo proyecto, que surgió como trabajo de tesis. Al igual que con FrutaFizz, decidimos desarrollarlo posteriormente y con más calma. En su lugar entregamos la tesis escrita y un pequeño corto experimental.
Como toda tesis, fue un proceso difícil, pero lo disfrutamos muchísimo. Primero nos enfocamos en comprender qué queríamos comunicar y registrar, en lugar de tomar la cámara y seguir adelante solamente con una idea en la cabeza. Fue muy enriquecedor comprender mediante la palabra aquello que queríamos transmitir antes de traducirlo visualmente.
—¿Cómo imaginás tu futuro dentro del cine?
—Actualmente trabajo en publicidad, en una productora llamada Pródigo, en São Paulo. Trabajo con mujeres increíbles, cuyas capacidades y talentos me impresionan constantemente. Ellas me inspiran y me enseñan mucho en el día a día.
Al mismo tiempo, no quiero pensar mi futuro en el cine de una manera cerrada, porque sé que mi vida puede avanzar por múltiples trayectos y no quiero limitarla ni cerrar ninguna puerta. Sé que el cine siempre estará presente en mi vida, incluso si no trabajo en él de forma remunerada.
Al menos para mí, el cine habita en todas partes: cuando veo una despedida en un aeropuerto, familias en un parque, amigos en un bar o personas simplemente siendo humanas y viviendo sus días con normalidad, mientras sienten toda la gama de emociones posibles. Todo eso es una escena de una película, un corto o un documental. Todos somos personajes.
El cine que imagino en mi futuro es ese: producciones que reflejen la complejidad y, al mismo tiempo, la sencillez de las personas; la contradicción humana. Obras que inviten a reflexionar sobre cómo nuestro tiempo en el mundo es pasajero y sobre el valor de nuestras vivencias y memorias como historias que merecen ser contadas. Me veo trabajando en producciones que me hagan sentir feliz y agradecida por las memorias que creé en este mundo.
Premios y recorrido internacional
Además del reconocimiento a Mejor Cortometraje Brasileño en el 53º Festival de Cine de Gramado, FrutaFizz recibió el premio a Mejor Guion en el Festival Santa Cruz de Cinema; el voto popular a Mejor Cortometraje en el Festival Curta Campo Grande; el Premio Especial del Jurado en Cine Minhocão, y el premio a Mejor Actor en el Festival Internacional de Cinema de Itabaiana.
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De acuerdo con el registro proporcionado por el equipo, la película integró también las programaciones del Festival Kinoarte de Cinema, Goiânia Mostra Curtas, Kinoforum-Festival Internacional de Curtas de São Paulo, Levante Festival de Curtas-Metragens de Pelotas, Festival de Cinema de Arapiraca, Mostra de Cinema das Missões, Mostra Internacional do Cinema Negro, SEDA–Semana do Audiovisual SP, Festival de Cinema de Paranapiacaba, Les 12 Courts de Minuit, Court C’est Court, Cine Estacionamento, Curta na Serra, Cinefest Votorantim e Infinita-Festival de Cinemas Negros e Indígenas, entre otros espacios de Brasil, Francia e Inglaterra.