Sucesos

Descubrió una verdad que lo llevó a matar a sus padres

Hace 16 años, un macabro caso de parricidio ocurrido en Luque sacudía a todo un país.

Este fue otro de los crímenes que dejaron huellas en Paraguay.

El sol ganaba de a poco su protagonismo cuando Constantino Villalba bajó de un bus de la Línea 30 (verde), que lo traía a casa luego de trabajar toda la noche como sereno en un taller de arte del barrio Villa Morra de Asunción.

Saludó a don Eligio, su vecino de toda la vida, y luego, con paso lento, fue directo hasta el portón de su casa, ubicada en la esquina de las calles Pantaleón García y Mariscal Estigarribia, del segundo barrio de Luque.

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Seguramente pensó que iba a tomarse unos mates con su esposa Castorina Patiño y luego echarse a la cama para tratar de recuperar las horas perdidas de sueño. Ese sacrificado hombre no sabía que estaba en la antesala de una pesadilla.

Se sorprendió al no encontrar a su señora en su habitación y más aún cuando irrumpió su hijo Ricardo Constantino Villalba Patiño, quien luego de preguntarle si era verdad que era adoptado apretó tres veces el gatillo de un revólver y de esa forma le sacó la vida.

Ricardo se había quedado en vigilia esperándolo para terminar de realizar un macabro plan que comenzó a ejecutarse la noche antes, pero que ya estaba planeado dos años atrás.

“Desde hace dos años comencé a distanciarme de mi familia, por reproches que me hacían, sobre dónde me iba, qué hacía a tal o cuál hora”, le confiaba al siquiatra Roque Vallejos (ya fallecido), que lo definió como un joven retraído, de poco hablar y corto de respuesta que por ese entonces experimentaba la rebeldía de la juventud que se dejaba ver en sus salidas nocturnas y las rondas de tragos con los amigos.

Confesión. Ricardo Constantino Villalba confesó el hecho al siquiátra Roque Vallejos.
Confesión.  Ricardo Constantino Villalba confesó el hecho al siquiátra Roque Vallejos.
Confesión. Ricardo Constantino Villalba confesó el hecho al siquiátra Roque Vallejos.

confesión. El miércoles 9 de enero de 2002, el muchacho, luego de que su padre salió para ir al trabajo, mantuvo una fuerte discusión con su madre que acabó de la peor forma. “Ella me dijo que era muy haragán y que no me quería más, y que no era ni siquiera mi madre. Ahí me dijo que era adoptado”, le confió días después a la jueza Lourdes Cardozo, a quien confesó con detalles el momento en que se convirtió en asesino.

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Con sangre fría relató que utilizó un revólver de su papá y disparó tres veces a la mujer que lo había cuidado durante toda su vida. Como esta no caía, la golpeó en la cabeza y allí cayó muerta.

El joven dijo que contó con la complicidad de su amigo Lorenzo Antonio Miranda, con quien bebía cerveza en su casa.

En su declaración dejó claro que este lo ayudó a enterrar el cuerpo de la mujer en el patio y que después siguieron disfrutando de la espumante bebida y escuchando música a todo volumen.

Miranda también habría estado en la siguiente jornada, cuando Ricardo mató a su segunda víctima, cuyo cuerpo no fue enterrado en el patio, sino fue guardado en un tambor. Como no cabía en la improvisada tumba, fue cortado por la mitad a hachazos.

el descubrimiento. El 13 de enero de 2002, días después, los vecinos llamaron a la Policía para denunciar el comportamiento violento de Ricardo y su amigo Lorenzo por ruidos molestos y disturbios.

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La denuncia fue derivada al entonces fiscal Francisco Vergara, quien se acercó al lugar para indagar y recibió la queja de los más próximos a la casa, sobre un fuerte olor que se despedía del patio. Allí comenzaba a descubrirse el telón de esa terrorífica escenografía.

“¿Tus padres dónde están?”, le dijo el investigador al joven inexpresivo, que contestó primero con una mentira: “Están de viaje por el interior”.

El fiscal volvió a hacer la misma pregunta dos veces más y allí Ricardo ya no quiso andar con vueltas. “Les maté. Mi mamá está enterrada cerca del portón y mi papá está adentro en un tambor”, relató sin exaltarse y el fiscal confiesa que le subió un escalofrío por todo el cuerpo.

Ricardo fue detenido y condenado a 24 años de cárcel, mientras que su amigo fue absuelto en el juicio oral.

Hoy en día, 16 años después, ya con 38 años, pasa sus días en la cárcel de Tacumbú.

No puede evitar caer en pozos de depresión y hasta en consumo de drogas que no le permiten participar de los trabajos para forrar termos y otras actividades que se realizan en el pabellón Libertad, donde está su celda. “Está con nosotros, pero de repente sale y se va. Está tratando de salir adelante, pero no es fácil; está solo”, dijo el pastor Ignacio Chamorro, uno de los coordinadores del pabellón.

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