El recrudecimiento de la interna colorada es, más que una consecuencia del resultado del 4 de octubre, el fruto de una decisión estratégica: poner sobre la mesa la fuerza de la gestión nacional en una elección local. Así lo sostienen las politólogas Gisselle Costa y Agustina Falak en su análisis.
Las elecciones municipales dejaron a la ANR ante un escenario de doble lectura. Por un lado, el Partido Colorado ganó en 187 de los 263 municipios, recuperó la intendencia de Encarnación y volvió a conquistar 52 distritos que estaban en manos de la oposición. Por otro, las derrotas en Asunción y Ciudad del Este abrieron interrogantes sobre la estrategia electoral del oficialismo.
Para las autoras, la clave está en pensar en 2028 antes que en 2026. Desde un inicio, el oficialismo apostó a nacionalizar su oferta como antesala de la presidencia y en medio de la disputa por las candidaturas. Al definirse las postulaciones desde arriba, el presidente Santiago Peña entró en la campaña y convirtió la contienda municipal en un plebiscito de su fuerza a nivel nacional.
Mientras tanto, los votantes urbanos localizaron sus demandas y separaron al candidato de las listas del partido, de las jefaturas políticas, de la Junta Municipal, del Poder Ejecutivo y del rumbo del país. En esa pulseada, el oficialismo perdió la elección en la capital y ganó la multiplicación de sus problemas internos.
Costa y Falak explican que la nacionalización electoral comprende tres dimensiones claves de los contratos electorales: la oferta o los liderazgos, las demandas y el sentido del voto. En ese análisis, plantean quiénes y dónde definen las candidaturas, qué variables tienen en cuenta y quién comanda la campaña. También se preguntan si los votantes deciden pensando en el país o en su localidad y si, el día de la elección, priorizan sancionar al Gobierno nacional o atender las necesidades más inmediatas de su comunidad.
La ANR llegó a octubre más nacionalizada que nunca. En las internas de junio, los candidatos respaldados por el cartismo se impusieron en 240 de los 263 distritos. En Asunción, la candidatura de Camilo Pérez, a quien las autoras describen sin trayectoria en la vida partidaria de la ciudad y sin arrastre en las bases asuncenas, fue definida por Horacio Cartes y Santiago Peña mediante una decisión “irrevocable”.
Según las autoras, la estrategia partió de la presunción de que el sentido del voto sería optar nacionalmente por una continuidad o un cambio y de que los números de la gestión de Peña serían suficientemente valorados por los electores.
Agustina Falak resumió ese error al señalar: “En lo que falló (el oficialismo) fue en leer el tesón de los votantes, renuentes a traspolar el apoyo de 2023 a su voto de 2026, y reticentes a dar su visto bueno a paracaidistas por representar simplemente la decisión oficial”.
Las autoras advierten que la apuesta por nacionalizar las elecciones también implica el riesgo de que los resultados sean leídos en esa misma clave, tanto en caso de victoria como de derrota. Por eso, sostienen que el origen de la situación que hoy tiene a la ANR partida a la mitad no está en octubre, sino en las decisiones que llevaron a ese resultado.
Uno de los aprendizajes de las municipales, según Costa y Falak, es la necesidad de separar los contratos electorales. Cuando los votantes eligen intendentes, apuestan a la gestión inmediata: miran el estado de las calles, la recolección de residuos, la limpieza de los desagües, la transparencia en el uso de los recursos y cómo estos se traducen en servicios para la ciudadanía.
Cuando eligen presidente, en cambio, firman un contrato de rumbo: piensan en la economía pasada, presente y futura, atienden a lo que se hace por su seguridad y se mueven por una identidad política. “Leer el primero como si fuera el segundo es un error de categoría”, sostienen las autoras. En buena parte del territorio, la estructura partidaria alcanzó para renovar contratos de gestión sin necesidad de liderazgos excepcionales. En Asunción y Ciudad del Este, en cambio, el contrato se evaluó cláusula por cláusula, y el voto cruzado lo demuestra.
En la capital, uno de cada siete votantes de la lista colorada no acompañó a su candidato a intendente, mientras que en Ciudad del Este la lista de Yo Creo superó en diez mil votos a su propio candidato.
El voto cruzado también dejó en evidencia el acierto estratégico de la oposición. El PLRA dueño de la estructura territorial más extendida de la alianza, aceptó acompañar en lugar de encabezar la candidatura en Asunción. Las urnas confirmaron esa decisión: Soledad Núñez obtuvo unos 31.000 votos más que las listas de concejales de su propia coalición.
Sin embargo, Costa y Falak advierten que ese voto es un préstamo, no una herencia. El riesgo aparece cuando la discusión rumbo a 2028 comienza por quién se pone al frente de la fórmula y no por quién es capaz de sostenerla.
Gisselle Costa advirtió sobre esa posibilidad: “La oposición puede olvidar en la mesa de negociación lo que aprendió en la capital. Definir la fórmula por peso orgánico sería, al fin y al cabo, repetir la decisión que acaba de costarle Asunción al oficialismo”.
Las 187 intendencias conquistadas por la ANR representan una red territorial desplegada en casi todo el país. En una elección presidencial a una sola vuelta, como la de 2023, esa estructura constituye una ventaja para la campaña. Sin embargo, las autoras advierten que contar con intendencias en la mayoría de los municipios no se traduce automáticamente en votos presidenciales, especialmente porque una parte importante del electorado vive en ciudades donde la estructura partidaria no fue suficiente.
El oficialismo tiene un mapa y una oferta nacionalizados, pero le falta lo que no se decide desde arriba: candidaturas con agencia propia, elegidas con las bases y no a pesar de ellas. La oposición enfrenta el desafío inverso. Tiene liderazgos que ganan visibilidad, pero todavía no cuenta con una red sólida. Necesita estructura y, sobre todo, coordinación, en un sistema electoral que castiga la dispersión.
La pregunta que queda abierta,no es quién ganará en 2028, sino si el oficialismo sabrá leer una derrota que no fue un plebiscito y si la oposición sabrá leer un triunfo que todavía no es una mayoría.