19 abr. 2026

Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán

Hoy meditamos el Evangelio según San Juan 2,13-22.

Poco antes de la Pascua, Jesús sube a Jerusalén y realiza un gesto acompañado de unas palabras cuyo sentido no se comprenderá del todo hasta su resurrección.

Para entender el contexto, conviene recordar el profundo significado del Templo y del aniversario de su Dedicación para los judíos.

En esta fiesta, los judíos conmemoraban la consagración del Templo realizada por los Macabeos, en el año 164 a.C., después de que hubiera sido profanado tres años antes por Antíoco IV Epifanes.

La fiesta se llamaba también “de las luces” en referencia al candelabro de siete brazos que, siempre encendido, simbolizaba la presencia de Dios, que todo lo ve y que es luz del mundo, en medio del Pueblo.

Donde estaba esa luz, se disipaba la oscuridad del paganismo y la idolatría.

En este contexto, Nuestro Señor purifica y “consagra de nuevo” el Templo, la casa de su Padre, por la que su celo le consumía.

Tanto aquellos hombres como nosotros estamos sometidos a la tentación de hacer de la vida religiosa y del templo un “mercado”, un negocio, esto es, usar a Dios para el propio interés. Y esto es, en el fondo, una profanación del Templo.

Pero en la casa de Dios solo puede haber un Señor, solo Dios puede ser el que dé razón de todo lo demás, y nunca una excusa para otro fin.

Por tanto, con la expulsión de los mercaderes y los cambistas, Jesús nos invita a purificar nuestras intenciones, de modo que nuestra búsqueda de Dios sea lo más pura y desinteresada posible. Amor verdadero.

Pero templo de Dios no es solo el edificio de piedras, sino que es, en último término, el Cuerpo de Cristo, la Iglesia. Ella es casa de Dios en sentido estricto. En ella mora, iluminándola y vivificándola.

Jesús nos anima a mirarla con esos ojos y a mantenerla, en lo que dependa de nosotros, sin mancha ni arruga. Cada uno de nosotros ha de sentirse responsable de eso con su propia vida.

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