14 sept 2026

Dedicación Basílicas de San Pedro y San Pablo

Hoy meditamos el Evangelio según San Mateo 14, 22-33. En su vida sobre la tierra, Jesús siempre encontraba tiempo para rezar, incluso cuando los planes parecían complicarse. En la escena que contemplamos hoy se ve como, con divina astucia, manda a los discípulos que se suban a la barca y le precedan, mientras él despide a la muchedumbre. Pero su verdadero propósito era estar a solas con su Padre.

Lo que sigue en aquella noche es una clase de fe que tiene como protagonista a Pedro. Los discípulos estaban luchando con el viento contrario y un mar agitado. Es lo que ocurre cuando nos alejamos del Señor y nos encontramos sacudidos por las olas de la incertidumbre y del desaliento.

Es algo que Dios había previsto para volver a encontrarnos: “No tengáis miedo, Yo soy”, dice utilizando el nombre que Dios había revelado a Moisés en el monte Sinaí (Ex 3,14). En este momento Pedro, con su gran fe, toma la iniciativa loca de ir hacia el Maestro: “Manda que yo vaya a ti sobre las aguas”.

Lo había aprendido de Él: “En verdad os digo que cualquiera que diga a este monte: «Arráncate y échate al mar», sin dudar en su corazón, sino creyendo que se hará lo que dice, le será concedido” (Mc 11,23). Lo que aquí pide Pedro no es que un monte se eche al mar, sino volver a Jesús en un momento de dificultad.

¡Qué alegría la de Jesús al ver este acto de fe profunda del príncipe de los apóstoles! Los actos de fe son una de las cosas que vuelven loco a Jesús: “¡Qué grande es tu fe!” (Mt 15,28).

Pero faltaba algo a esta demostración de fe y Pedro empieza a hundirse... hasta que grita: “¡Señor, sálvame!”.

La verdadera fe no es fruto de nuestra fuerza, sino algo que viene de la mano de Dios, si le suplicamos y nos abandonamos en Él.

(Frases extractadas (https://opusdei.org/es-py/gospel/2024-11-18/)

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