Abre paso con su silla de ruedas. Impetuoso. Es el último viernes de otoño en el Seminario Metropolitano, su casa. En la sala, está él como inmóvil en cada una de las fotos que rescatan las diferentes etapas de la vida del arzobispo emérito de Asunción.
Fue el coordinador de la visita del papa Juan Pablo II hace 27 años. Es el monseñor Pastor Cuquejo, quien luego de leer en línea el “Laudato Si”, la mitad de la primera encíclica del papa Francisco: “Es una poesía enorme. Práctica, hermosa. Da gusto de leer”, valora el hombre que pudo conocer de cerca a los tres últimos pontífices.
De Juan Pablo II a Francisco, algunas diferencias nota. Habla de la organización de las visitas apostólicas. En 1987 se conformó una comisión mixta, como la comisión central de hoy. “Aquí se está organizando muy ordenadamente. No hay tantas fricciones como antes”, dice.
Esperando a Francisco, Cuquejo recuerda los momentos difíciles que tuvo la organización como cuando hubo una negativa del gobierno de Alfredo Stroessner para que el Papa llegara hasta Concepción, por un supuesto mal estado de la pista de aterrizaje. Con monseñor Benítez viajó a Roma seis meses antes del arribo de Juan Pablo II para hablar sobre este inconveniente que cambiaba el itinerario papal. “Llegamos el 11 de diciembre de 1987 y el 12 quisimos una audiencia, pero no nos daban porque nos fuimos de repente”. No hubo caso. Pero Juan Pablo los invitó a cenar. Así en vez de tener 15 minutos con el Papa, hablaron durante una hora.
“El Papa nos dijo que haría un homenaje muy especial a Concepción estando en Villarrica. Así fue. En la misa de los gua’i, los concepcioneros recibieron como protectora a la patrona de Polonia. La gente vibró”.
Un día antes, ese día 16 de mayo de 1988 de lluvias torrenciales, el pueblo llenó el aeropuerto Silvio Pettirossi. Juan Pablo II no tuvo su bienvenida a la intemperie como estaba previsto. Al bajar, pasó del avión al aeropuerto en auto. Había un coro de niños en la azotea. Los pequeños cantaban y lloraban. Cuquejo recuerda que la impresión que el ahora santo causó era muy grande. “Todo el mundo se sintió tocado”.
Los obispos lo recibieron, también el presidente por ser una visita oficial. Hubo intercambio de saludos y la fiesta se trasladó directamente a Ñu Guasu, en lo que fue la misa de los mojados del Paraguay. Se calculó una asistencia de entre 400.000 fieles. “Mucha gente, para un día lluvioso. Fue una tarde bendecida, a pesar del frío, por la canonización de San Roque González y los dos mártires compañeros suyos”.
El encuentro. De Ñu Guasu, Juan Pablo II pasó a la casa de gobierno. Ahí hizo un llamado al trabajo comunitario, dialogado y participativo. Así le hablaba el Papa a Stroessner. Sin ser muy explícito y crítico. Para un buen entendedor buenas palabras, se dice. Después, el Papa se encontró a solas con el presidente y no sabemos lo que le dijo”.
Los religiosos también se encontraron privadamente en la catedral con Karol Wojtyla, el 264º papa de la Iglesia católica, apenas durante una hora. La intención era concreta: renovar el espíritu de fidelidad y de coherencia de la Iglesia local. Los suertudos pudieron saludarlo a la entrada y a la salida. El programa fue acortado porque el Pontífice debía ir hasta Villarrica en auto, debido a la inclemencia del tiempo. “Lo bueno es que hace 27 años el tránsito no era muy pesado”.
Para llegar a Mariscal Estigarribia no había opciones. Juan Pablo tomó el vuelo de TAM. Se sentó adelante y tomó clases de guaraní con el entonces arzobispo coadjutor Cuquejo, de 48 años. “Mientras yo pronunciaba y él hacía los signos de la fonética. Y lo hizo muy bien ante los indígenas, por ejemplo, ‘rohayhu’”.
Al volver del Chaco, se produjo el encuentro con los constructores de la sociedad en el Consejo Nacional de Deportes. “Fue bastante crítico. Vale un mate”.
La negativa. Ya unos días antes de la visita, el Gobierno quiso sacar del itinerario porque consideraron que era un programa político. El Papa en Bolivia dijo que si sacaban ese programa “él no vendría al Paraguay. Porque era un rechazo, pues”.
Los que estuvieron ahí recuerdan a un árbol muerto. Los espacios reservados para las autoridades nacionales, vacíos. El baile y los ramos de flores que poblaron el árbol. El mensaje del Papa. Los laicos con bocas tapadas. “La gente se comportó. Había tantos informes cada día, de posibles atentados de todos los colores. Eran tantos que no les hacíamos caso”.