Blas Brítez - Periodista | bbritez@uhora.com.py
Cuando era jugador profesional, Daniel Baldi (32) no prescindía de los libros. Tanto que terminó escribiendo varios a la par de su carrera futbolística y hoy es uno de los escritores más exitosos de Uruguay en cualquier género: su libro Mi Mundial (2010) vendió 15.000 ejemplares y se convirtió por dos años consecutivos en el Libro de Oro en Uruguay. Ahora publicó en Montevideo la segunda parte de esa historia que se adentra en los entretelones del fútbol y su lógica no siempre humana cuando se refiere al éxito y el negocio. Estuvo en la Libroferia Asunción y conversó con el Correo Semanal.–Un futbolista que escribe. Hay prejuicios siempre sobre los futbolistas y la pluma.
–Es así. Está bien que haya prejuicios también, porque el jugador de fútbol tiende a ser jugador de fútbol y nada más. Te diré que es el 98% de los casos. Yo creo que acá debe ser muy similar a Uruguay. Pero también siempre digo que hay un mecanismo perverso detrás de todo eso. En Uruguay se da que los clubes son pobres, los salarios de los jugadores no son buenos y sin embargo, tenemos los representantes más millonarios del mundo. De hecho, Uruguay es un país exportador de jugadores, pero no a clubes de bajo perfil, sino a clubes importantes en el plano internacional. Tenemos jugadores en las principales ligas. Sin embargo, esa plata ¿dónde está? Eso es lo que más me aterra, que muchos jugadores están sin equipo y no saben qué hacer, y apostaron al fútbol, y el fútbol los dejó por el camino y no tienen plan B. O jugadores que sí llegaron y podrían estar en una buena posición, pero nunca tuvieron a nadie que los aconsejara bien o una educación para una vez que reciben el dinero saber utilizarlo. Yo creo que es tan importante que jueguen al fútbol, que practiquen el deporte, como que sigan sosteniendo una educación en paralelo.–Hoy día hay una fuerte presión sobre los jugadores jóvenes para surgir.
–Eso es algo que también se está dando, porque los padres proyectan lo que ellos no fueron en los hijos, y ven dinero en ellos porque juegan bien a la pelota, empiezan a hostigar al niño con que tienen que ser Luis Suáres, Diego Forlán, Edinson Cavani, y empieza a generarse una presión en el niño. Yo no tuve esa presión, solo me gustaba jugar al fútbol y me gustaba mucho leer. Recién en el liceo empecé a escribir cuentitos. Y tuve la suerte de, a los 19 años, debutar profesionalmente en Plaza Colonia, el club de mi ciudad, Colonia del Sacramento, y después jugué en México, en Venezuela, en Arabia Saudita, en Italia, y siempre me llevaba mis libros, mi computadora, y allí escribía como un pasatiempo. Recién en el 2006 me animé a llevar parte de esos manuscritos que había reunido a lo largo de muchos años, y hubo uno que sí le gustó a una editorial de Montevideo, y así publiqué mi primera novela que se titula La Botella F. C.–Y con jugadores con quienes compartiste vestuarios y cancha, ¿hubo afinidad en este plano de los libros?
–Mi novela más exitosa, la que me trajo al Paraguay en definitiva, que se llama Mi Mundial, tiene el prólogo de Diego Lugano. Nos hicimos muy amigos con Diego en Plaza Colonia, un club muy chico de Uruguay. Yo debuto en 2001 en la B, ese año tuvimos la suerte de ascender a la A, y estando en la A Diego llega a Plaza como refuerzo, a préstamo de Nacional. Siempre compartimos la misma visión, de que para nosotros en el fútbol uruguayo –debe ser en todos lados igual, y acá debe pasar lo mismo– no estamos de acuerdo con el manejo que se da en torno al futbolista. Lamentablemente tenemos una visión bastante negativa si se quiere de estos representantes. Entonces a mí se me despertó este interés por crear historias, novelas, ficción, empapadas en la realidad. Entonces yo lo llamé a Diego cuando quería escribir Mi Mundial, que habla de un joven jugador de fútbol uruguayo que sale de Colonia de Sacramento, de un barrio bastante humilde, porque la mayoría sale de ahí. ¿Por qué? Porque es donde van los representantes con dinero y es donde se les hace más fácil obtener un montón de jugadores. La estadística marca que va a llegar menos del 1% al profesionalismo. Y ese restante 99% es el que a mí me interesa, sobre todo qué es de la vida de ellos. Conocemos el 1%, porque lo vemos en las fotos, en los diarios, en la tele. El otro 99% que queda en el camino, ¿qué está haciendo de su vida? Entonces quería armar esta historia de un fenómeno al que todo el mundo lo ve, y cree que ya va a ser jugador profesional, que ya está su futuro sellado porque lo vienen a ver del Milán y se lo quieren llevar. Y cuando un representante lo lleva de Colonia a Montevideo, él se pregunta ahora qué va a pasar con mi familia, me irá bien o me irá mal. Esto pasa mucho en Uruguay, que se invierten los roles, que este niño que debería estar jugando al que el papá lo seguía, ahora pasa a ser el sustento familiar. Pasa a tener hasta un rol paterno. Es esto lo que pasa con este jugador de mi historia.–Tiene una segunda parte ahora esta historia, ¿no?
–Sí, se llama Mi Mundial 2, que no ha llegado todavía a Paraguay. La primera parte queda con un final abierto. Cada vez que iba a una escuela me decían que tenía que venir una segunda parte. A mí esto era como que me causaba una presión tener que escribir, porque tengo que estar a la altura de las circunstancias. Bueno, un día me animé y lo hice, y más o menos salió. Y también invité a Diego a que escribiera un segundo prólogo.–Ambos libros fueron presentados en fechas de Mundial
.–Eso fue algo hecho a propósito, pero el mensaje de la novela no tiene que ver con el Mundial en sí. Yo era un escritor que ya era conocido por otras obras. Y me dije que el mensaje que tenía en ese momento podía ser esclarecedor para las familias, porque muestra el manejo que tiene el joven jugador de fútbol uruguayo. Lo quería escribir como que el joven fuese el escritor, por eso está escrita en primera persona, por eso le puse Mi Mundial. En realidad, cuando leés el libro te das cuenta de que no tiene nada que ver con el fútbol.–¿Los autores que escribieron sobre fútbol que te gusten: Fontanarrosa, Soriano, Sacheri?
–He leído y los disfruto mucho. En Uruguay tenemos el caso de Eduardo Galeano, el mismo Mario Benedetti escribió un cuentito alguna vez. De todas maneras, nunca estuvo muy enlazada la literatura con el fútbol, de hecho se han dado bastante las espaldas. No hay una gran historia de literatura futbolística. Lo poco que he leído pero nunca fui gran fan de la literatura sobre fútbol que hay.–¿Los autores en general que te gustan e influenciaron?
-Yo recuerdo que el autor con el que hice un clic y en el primer año del liceo me encontré con su obra, y soy un agradecido a él porque gracias a esa obra fue que empecé a devorar libros, fue J.R.R. Tolkien con El señor de los anillos. A mí siempre me atraían las historias de ciencia ficción y de terror. También por la misma época conocí a Stephen King, luego pasé a Edgar Allan Poe.Extracto de Mi Mundia
lMe llamo Fernando Tito Torres y tengo quince años. Nací y crecí en un barrio de la ciudad de Colonia de Sacramento, llamado Los Nogales. Soy el mayor de cinco hermanos y, desde que tengo uso de razón, poseo un maravilloso don: jugar al fútbol.
En mi niñez nunca nada me entretuvo tanto como la pelota. Esto, creo yo, fue lo que me llevó a desarrollar una admirable habilidad (perdón por mi falta de modestia, je, je). Me pasaba todo el día con el balón. Lo elevaba por el aire, sin dejarlo caer, durante el tiempo que se antojara.
Con apenas ocho años jugaba durante horas al fútbol en el fondo de casa, en la calle, en el patio de algún vecino, en la escuela y, sobre todo, en el baldío que se extiende bajo el puente La caballada, al costado de mi barrio.
Aún hoy, cuando recuerdo la etapa de mi vida, veo a mi madre retándome cuando volvía de la escuela, almorzaba y, sin haber hecho todavía los deberes, salía para jugar con la pelota, juego que se prolongaba durante toda la tarde. Luego volvía a casa, me bañaba y volvía a practicar pases de fútbol en el cuarto que compartía (en esa época) con tres hermanos.
Mi madre entraba de improviso y, al encontrarme jugando, se ponía a rezongar. Me decía que era tardísimo y que todavía no había terminado de hacer los deberes.
*Fragmento del primer capítulo