20 abr. 2024

Cuquejo conoció de niño a Chiquitunga y hoy atesora parte de ella en su anillo

El ex arzobispo de Asunción monseñor Pastor Cuquejo estuvo en sus años escolares cerca de María Felicia Guggiari. Siempre se sintió su gracia, dice, pues se encomendó a ella en sus horas más difíciles.

Retirado. Monseñor Cuquejo, a sus 78 años, vive  en el ex Seminario Metropolitano.

Retirado. Monseñor Cuquejo, a sus 78 años, vive en el ex Seminario Metropolitano.

Es quizá una de las pocas personas vivas, por fuera de familiares y amigos de Chiquitunga, que se cruzaron en más de una ocasión con quien hoy es la primera beata paraguaya.

En los pasillos de la escuela redentorista Perpetuo Socorro, de Asunción, cuando apenas orillaba los 12 años de edad el ex arzobispo –cuenta– que admiraba con otros compañeritos suyos a una maestra distinta a las demás.

“En esa época, Chiquitunga era maestra en la escuela. No era maestra mía, nunca llegamos a dar la clase juntos, pero siempre nos veíamos en el momento del recreo o en que ella iba a visitar a las hermanas que tenía su casa dentro de la escuela”, relata, y recuerda que “con un grupito de cuatro o cinco alumnos que la seguíamos; la veíamos, la admirábamos, pero era algo natural”.

En ese entonces eran –dice– aspirantes de la Acción Católica (AC) y ella era miembro de la Asociación de Señoritas de la AC; “y nos gustaba cómo era ella aunque no hemos tenido un contacto personal durante esos años”, recalca.

La veía siempre muy de paso durante los primeros años de 1950 cuando María Felicia se mudó con sus padres a la capital. Él cursaba el 4º grado y Chiquitunga enseñaba en grados menores.

“Nos llamaba la atención cómo era ella, porque era diferente a las demás maestras: siempre andaba con trenzas, dos grandes trenzas a los costados, a veces una sola trenza larga; con sandalias la mayor parte de las veces. Nos llamaba la atención sus sandalias grandes y los pasos siempre largos”, apunta.

Querida. Cuquejo califica hoy a María Felicia como una “mujer muy apostólica” que puso mucho interés en la educación religiosa de los niños, “siempre con un carácter festivo y agradable”. Recuerda, a su vez, que Chiquitunga usaba un cinto negro encima del guardapolvo; esto era otro distintivo que la diferenciaba un poco del resto de las maestras.

“Lo que sabíamos de ella es que era una buenísima maestra, los chicos estaban contentos con ella. Enseñaba en grados menores y siempre me dio la impresión de que era una persona especial, marcada por Dios”, subraya.

Cada vez que la veía o se cruzaba con ella le daba esa impresión. Y pone un ejemplo: “Al entrar a la casa de las hermanas, lo primero que hacía era ingresar en la capilla, a hacer una corta oración”.

Reliquia. En el 2011, cuando las hermanas carmelitas exhumaron sus restos, por la cercanía que monseñor Cuquejo mantuvo con ellas le regalaron un pedazo de piel de Chiquitunga que se conservó misteriosamente al paso del tiempo, al igual que su cerebro incorrupto. “Lo puse en un anillo de plata que mandé hacer como un lugar donde guardar ese pedazo de la carmelita. Eso es lo que me queda de Chiquitunga”, indica. Desde que se consagró al sacerdocio –cuenta– solía visitar a las hermanas carmelitas.

Asistía a las festividades de la Virgen del Carmen y siempre hablaban de Chiquitunga: “De esa fuerza santificante que tenía ella”, rescata, y cree que no tardará en ser canonizada.